miércoles, 22 de mayo de 2013

Jamás sucedió

ACTO ÚNICO
Dos mujeres en una cafetería esperan con impaciencia, ambas están sentadas con las piernas cruzadas tomando café. Ana tiene un periódico abierto en la parte social que relee diciendo los nombres de los fotografiados con voz fuerte y clara.
Ana.-  Lorenzo… Carlos… Chucha Villareal… Adolfo…
Mira con detenimiento las fotografías. Acerca su rostro al papel. Bebe un sorbo de la taza. Sigue diciendo los mismos nombres.
Ana.-  Lorenzo… Carlos… Chucha Villareal… Adolfo…
En  frente tiene a Laura sentada junto a la ventana, tamborilea los dedos sobre la carta, la cual levanta como pensando ordenar algo más. A cada rato sacude la mano para posicionar el reloj y ver la hora.
Son las únicas clientas. La cafetería es pequeña y acogedora, tiene unas cuantas mesas para dos personas. La ambientación es bohemia. En el fondo hay un cartel invitando a un concurso de poesía en atril. Del otro lado de la cafetería se ven pósters de jazzistas reconocidos. Sin embargo, la música de fondo es instrumental contemporánea, suave y ligera, parece soundtrack de una película hollywoodense. Eso no impide que se oigan los ruidos de la calle. 
Ana y Laura entrecruzan las  miradas. Sonríen. Ana regresa a su labor de lectura de los nombres de la página de Sociales.
Ana.- Lorenzo… Carlos… acá está Adolfo.
Se concentra en el nombre. Observa a Laura que está a unas cuantas mesas de distancia, pero ella no presta atención a lo que la otra hace, se limita a revisar los datos de su celular. Lo guarda, lo vuelve a sacar de su bolso desparramado sobre una de las sillas, teclea algo, ve el reloj de mano con impaciencia.
Ana se aclara la voz con sonoros carraspeos mientras Laura que está arañando el teclado del celular. Se anima un poco exhalando una bocanada de aire puro.
Ana.- ¿Mucho calor, eh?
Laura.- Así parece. Nadie sale sin una botella de agua (con el rostro ladeado hace muestra a los transeúntes).
A través de la ventana se ven sombras de personas que están caminando. Se oyen los bocinazos de carros alternándose con los ladridos de los perros. Un gato maúlla. Laura ve todo. Ana contempla por un rato a Laura que se distrae con el exterior.
Al enmudecer el escándalo, probable hora pico, Ana sonríe cortésmente a Laura, que aleja la vista de la ventana y voltea hacia Ana. Devuelve el gesto. Se nota que no está interesada en platicar. Baja la mirada y teclea números en el celular. Los sonidos del aparato son los únicos de la cafetería. Laura no logra la comunicación. Se oye el tono de llamada cortada.  Guarda el celular. Ana sólo la observa. Enrolla un poco el periódico casi maquinalmente. Bajito dice Adolfo.
Ana.- Adolfo… Adolfo…
Laura parece no oírle.
Laura.- No, no, no. ¡No puede ser!
Laura asesta un golpe sobre la mesa con el puño cerrado. Se contiene. Gira la cabeza en redondo para tronar los huesos del cuello. Ana sorbe un poco de café. La sigue observando. La ve muy tensa.
Laura guarda el celular. Vuelve a ver la pantalla y exclama.
Laura.- ¡Carajo!
Ana.- ¡No se moleste!  Yo tengo un BlackBerry que a cada rato me falla… ¡y para lo que me cobran! ¿No cree? ¡No deberían fallar estas mugres! –mueve con la mano su celular.
Laura no presta mucha atención. Se limita a hacer una mueca social que  parece una sonrisa.
Laura.- Creo que no es el celular lo que está fallando...
Ana se  acomoda sobre su silla. Suspira. Laura le imita, ajusta las mangas de su blusa y acomoda el flequillo que le cae en la frente. Ana abre el diario para leer. No puede concentrarse.
 Ana.- Usted se me hace conocida (cierra intempestivamente el diario doblándolo sin mucho cuidado).
Laura.- No me parece, de ser así yo también le recordaría. Dispense, creo que me confunde.
Laura sonríe, se rasca la oreja y manipula el celular como si fuera juguete. Teclea algo con rapidez. Se oye que está mandando un mensaje porque el timbre es diferente. Sus dedos se aporrean bruscamente sobre el aparato.
Ana.- Sí. ¡Claro que le conozco! Usted estuvo el año pasado en el Hotel Mirador festejando el Año Nuevo. ¿No es así? Estaba con un señor de cabello negro, alto, de ojos miel…
Laura.- Mi “ex” marido. Desde hace tres meses nos separamos. – responde rápidamente. Ladea la cabeza hacia su interlocutora poniendo la mano sobre la barbilla. Tiene la boca semiabierta mostrando los dientes como si fuera a morder.
Ana.- ¡Qué pena! ¡No tiene idea de cuánto lamento que no haya funcionado! Me acongoja saber que muchas parejas no logren cumplir con la promesa del para siempre.
Laura.- Así sucede. Más ahora que antes, pero así es.
Ana.- Me gustaría saber si hay niños de por medio, es realmente muy lamentable que los hijos sufran. Dígame,  ¿ustedes los tienen?
Laura.- No, no tengo. De hecho nunca tuvimos.
Ana.- En ese caso no sé qué decirle. Quizá diría qué bueno que nunca los tuvo porque ahora puede reiniciar de cero su relación y tener la familia que en su matrimonio anterior no logró…
Laura.- Sí – se seca disimuladamente una lágrima a punto de caer - quizá eso es lo conveniente que no hubo niños en esta relación.
Ana.- Pero por otro lado, un niño siempre da fortaleza al matrimonio. Por los hijos las mujeres soportamos y somos capaces incluso, de sobrellevar las penas más amargas que ni siquiera en las telenovelas se han contado. Dígame,  ¿nunca quiso tener hijos?
Laura.- Pues la verdad…
El celular de Ana suena, está timbrando con una tonada estridente. Laura se limpia la nariz. Solloza un poco. Respira hondo. Cierra los ojos. Ana pregunta quién es, nadie le contesta y guarda su celular.
Ana.- Disculpe…
Laura.- No se preocupe, no tiene importancia.
Laura sonríe. Bebe café. Ana sacude la mesa con su periódico arrugado.
Laura.- ¿Y usted tiene hijos?
Ana.- ¡Claro que tengo! Al mes de casada comencé a prepararme para la concepción. Fui al ginecólogo hasta cuatro veces a la semana por los tratamientos de fertilidad. Ahora soy madre de tres hermosos pequeños. ¡Y todos vinieron en una sola cesárea!
Laura.- Me da gusto por usted. Creo que su doctor la dejó demasiado fértil.
Ana sonríe,  Laura le sigue el protocolo social. Está cansada de la conversación. Bebe un poco de café. Se rasca la cabeza. Relaja los brazos y vuelve a poner los ojos en su aparato.
Ana abre el diario y repite un solo nombre.
Ana.- Adolfo, Adolfo…  - Laura le oye. Guarda el teléfono.
Laura.- Ahora que lo menciona, me parece que usted es la hija de don Alfonso Gracián, el médico de la García Villalpando-Loeza, la que sale mucho en el diario.
Ana.- Bueno, no es mi papá –ríe un poco-. Esa es una broma que Alfonso, Poncho como le digo, y yo nos gastamos frente a los extraños. En realidad Poncho es mi marido.
 Laura.- ¿En serio? – cruza los brazos-, eso sí que no me lo esperaba.
Ana.- Sí, ya ve que somos muy diferentes, yo muy joven, él no tanto.
Ambas ríen. La publicidad local les distrae. Ana se levanta y camina hacia la mesa de Laura para ver lo que pasa afuera. En la ventana están los edecanes de la Coca Cola anunciando  la nueva bebida energética que será lanzada en el Carnaval. Las sombras desaparecen. Ana regresa a su asiento y abre el periódico. Durante todo este tiempo Laura tiene la boca abierta y una ceja levantada, de manera natural, como si no fuera su intención lucir expectante.
Laura.- ¿Sabe qué? Yo nunca pensé que el doctor Gracián estuviera casado. Es decir, pensaba que era o alguna vez lo fue, hasta que…
Ana pretende ignorarla. Sigue leyendo en voz alta los nombres.
Ana.-  Lorenzo… Carlos… Chucha Villareal… Adolfo…
Laura.- Ahora que lo menciona, yo le he visto un par de veces en Plaza La Bonita. Creo que una vez coincidimos usted y yo en la tienda de antigüedades.
Ana.- Sí –cierra el diario con fuerza-, usted compró allí un candelabro marroquí.
Laura.- ¿Cómo lo sabe?
Ana.-  Porque ahora que me lo recuerda a mí me parece que hemos coincidido varias veces.
Laura.- Ahora que me doy cuenta… Hemos estado cerca, muy cerca, tanto que ni cuenta nos damos.
Sonríen. Laura saca un cigarrillo y ofrece le ofrece uno a Ana, ella niega con la cabeza entrecerrando los ojos mientras un ademán con la mano sacude el humo de su café.
El disco termina. El mesero que está detrás de la cafetería y por eso no es visible al público, cambia la melodía. Ahora pone música clásica, igual de volumen bajo y amable para la conversación.
Ana.- Me gustó mucho (Laura aspira una bocanada viéndola).  Ejem (carraspea), esa noche usted tenía un vestido hermoso.
Laura.- ¿Disculpe? –finge que no le ha puesto interés.
Ana.- Su vestido, el que usó en la noche de Año Nuevo, me gustó mucho. Recuerdo que era dorado…
 Laura.- Negro (interrumpe).
Ana.- Sí, negro… con, con…
 Laura.- Pedrería.
Ana.- Sí con pedrería. Era muy hermoso. Mi marido me comentó que le quedaba muy bien.
 Laura.- ¿Sí? ¿Su marido le dijo eso de mí?
Ana.- Sí, él es amante de la belleza femenina. Es uno de los pocos hombres que adora la alta costura.
Laura.- Sí, recuerdo que me veía mucho. Me lo dijo Adolfo Castellanos, mi ex marido, y él también ama la alta costura. Precisamente me comentó que esa noche se fue él solo al showroom de la Chío Mendoza, la diseñadora española, esa que todos los días sale en el diario, a ella le compró mi vestido... Más bien, a ella se le compró.
Ana no presta atención en la aclaración semántica.
Ana.- ¿Ah sí? ¡Qué considerado!
Laura.- Sí… ¿A usted no le molestó el comentario de su esposo? Digo, si a mí mi marido me sale con que le gusta otra mujer, a lo mejor tendría ganas de jalarle los pelos a la infortunada.
Ana.- ¡Para nada! Es normal que a los hombres les gusten las mujeres. ¿No cree? Es la naturaleza del varón fijarse en el par de arriba, el par de adelante y… ¡Qué le puedo decir! Yo siempre estoy encantada de que a Poncho lo enloquezcan las mujeres. Siempre he adorado a los hombres viriles, machos…
Laura.- Bueno, sí… Todo eso es cierto. Muchas deseamos estar con un hombre que exude testosterona. Ya que lo menciona, mi ex esposo me dijo que conocía, más bien conoce, a su esposo.
Ana.- ¿Usted cree?
Laura.- Seguro. De hecho su marido le acompañó a elegir el vestido que yo me puse en Año Nuevo.
Ana.-Poncho no me dijo nada. ¿Sabe qué? Creo que confunde a mi marido. Él no es capaz de hacer algo así.
Laura.- ¿Hacer qué, exactamente si aún no le he dicho nada?
Ana.- Sí ya sé, pero creo que me está dando una confidencia que no corresponde con lo que hace mi Poncho. Verá, cuando vamos al centro comercial él es quien menos se fija en los zapatos que traigo, si cambié de ropa, de perfume. Una vez no notó que me había cortado el pelo a ras y así estuvimos una semana. Tuve que pararme con un baby doll rojo frente a la televisión, interrumpir el juego del Necaxa contra el Cruz Azul, y decirle “bueno, nene, qué no te das cuenta de lo que traigo acá”. Y se me abalanzó como un toro… Ya luego, tiempo después, le dije que tenía un corte nuevo.
Laura.- Claro, no lo dudo… Pero no trate confundirme, Poncho y Adolfo son cuates, usted lo sabe. Ya, vamos a ser directas, por favor, no tengo 15 años.
Ana.- Alfonso y Adolfo… ¿Adolfo se llama su esposo?
Laura.- Hace un rato se lo comenté, le dije quién es, le di hasta su apellido.
Ana.- Soy una despistada. ¿Y a qué se dedica su Adolfo?
Laura.- Primero, no es mío; segundo, es arquitecto de interiores, trabaja acá cerca en una tienda de muebles de diseño por encargo.
Ana.- ¡Un artista en casa!
Laura.- Tenía un artista en casa, y qué artista… Pero por favor, no me salga con que no lo sabía si lo tiene clarísimo. Desde hace rato ve la foto de su nuevo bar. Esta mañana lo vi en las redes sociales. Junto a él están sus amigos íntimos, los de la secundaria, y con ellos está su marido. Desde hacía rato que deseaba abrir un bar para socializar y… voilá, que tiene su bar.
Ana.- Sí está Poncho con ellos, ¿y eso qué? ¿Lo dice porque me vio repitiendo los nombres? Bueno, no se inquiete, trataba de recordar cómo es que los conocía. Verá, en la casa siempre tenemos cenas con los amigos y nunca me los había presentado.
Laura.- No nos hagamos a las ingenuas – fuma una larga bocanada-, usted sabe muy bien por qué me divorcié y seguro piensa qué será de su vida sin su Poncho.
Ana.- Señora, usted no tiene ningún…
Laura.- Dígame Laura y yo le diré…
Ana.- Ana, mi nombre es Ana.
Laura.- Bien, Ana. Ya sé que no debo entrometerme en tu vida, y quizá sea cierto, tú sabes lo que haces. Seamos francas, ¿por qué te embarazaste de él? ¿Qué buscabas? ¿Dinero, fue por eso? ¿Lo querías revertir? Eso no se puede, yo muchas veces lo intenté.
Ana.- No tengo idea de lo que dices, Laura.
Laura.- Sí sabes, no te hagas. Ves la fotografía, tú no estás, si todo marcha a las mil maravillas por qué no estás…
Ana.- Porque me dijo que fuera y no pude, ese día uno de los niños se enfermó y tuve que quedarme en la casa con la niñera para atenderlo, y yo le dije “anda, diviértete, siempre te preocupas por nosotros, mereces un tiempo para ti solo y conocer nuevas amistades”, así se lo dije, es más…
Laura.- Mire, no me tiene que convencer de nada… -le interrumpe.
El celular de Laura suena. Contesta. Repite síes monosilábicos. Ana toma café, ya no hay más, llama al mesero. No llega. Laura cuelga. El disco que estaba sonando para. Ya no hay música.
Laura.- Ya que esto se pone interesante me sale con que llegará…
Ana.- ¿Una amistad?
Laura.- Por ahora somos amigos, si tengo éxito será un potencial marido.
Ana.- Ojalá tengas suerte.
Laura.- No hay suerte, Ana. ¡Uno se hace su destino! Cuando me separé pensé que nunca iba a ser feliz. Fui a terapia, estuve con varios psicólogos, leí como mil libros de autosanación, acudí a congresos de superación personal y ahora soy toda una convencida. Es cuestión de creérsela. Sí se puede Ana, ¡se puede! Hay un más allá de- que tienes que explorar. ¡Anímate! No veo cómo puedas salir del embrollo en el que estás metida a menos que un día te levantes, te llenes de amor propio, salgas de esa casa donde vives y con la frente en alto digas “no más, merezco una mejor suerte”, y te largas, así como así, yo lo hice y no me arrepiento.
Ana.- Laura, no sigas, tienes una vida por delante tú sola, eres valiente, decidida, tienes muchas cualidades…
Laura.- ¡Y tú también!
Ana.- Yo tengo hijos. No puedo dejar a Poncho y salir con los niños, ellos no lo van a entender. ¡Ellos no son culpables! ¡Es mi culpa! Algún día me pedirán cuentas y no deseo que llegue ese día. Querrán explicaciones y no se las puedo dar, es mi culpa, sé que es mi culpa.
Laura.- No me digas que no te diste cuenta.
Ana.- No lo sabía. Cuando lo conocí era muy afectuoso con las mujeres. Yo era estudiante de enfermería. En mi casa siempre fuimos muy pobres. Mi mamá apenas lo vio me dijo que era buen partido. Era mi maestro. Cuando acababan las clases me quedaba a echar relajo en la cafetería con él, y allá estábamos todos, mis compañeros y él. Se iba de fiesta con mis colegas y nadie sospechó nada. Nadie me dijo nada. A mí me encantaban sus clases, siempre tan bien parecido, recién bañado por la mañana, oloroso, vestido de traje, con ese porte de conocedor, barba entrecana, alto…
Laura.- Porque él es un macho. Eso pasa, él es el “macho”.
Laura se ríe a carcajadas. Prende otro cigarro. Abre la ventana para espantar el humo. Ana está llorando. Laura la ve con desprecio.
Laura.- ¿Y nunca lo notaste en la intimidad?
Ana.- Pues me pedía cosas inusuales.
Laura.- A ellos les encanta el anal. Yo de tanto hacerlo acabé en la clínica porque se me salía la mierda a chorros. La verdad es que no me gustó para nada. Hasta el día de hoy me da asco.
Ana.- A veces me pasa.
Laura.- ¿Por qué no lo dejas?
Ana.- ¿Y mis hijos? No puedo permitir que crezcan sin padre y con las mismas carencias en las que yo crecí. En mi casa nunca tuvimos más de una tele, y eso sin canales de paga. Yo siempre acudí a escuelas públicas, vestía las ropas usadas de mis primas, ellas sí tenían para el maquillaje, las fiestas, conmigo eran siempre encierros con mi madre, estudios, lecturas, exámenes, comidas caseras, nada de restaurantes, nada de revistas de moda, nada de nada con nadie. Con Poncho he sabido lo que es viajar más allá de México. Él me enseñó a vestir ropa fina, a dejar de preocuparme por los precios y fijarme en la calidad, a comprar productos con filosofía. ¡Esto es vida! ¡Así quiero educar a mis hijos! Deseo que mis niños vayan a un colegio donde tengan más fiestas que clases, que se lleven con los que tienen las llaves de la ciudad en las manos, que sean de los de arriba que mandan para los de abajo. Sueño con tener hijos triunfadores, Laura, tú como no tuviste hijos no lo puedes entender. No sabes lo que significa que amanezca el día y te pregunten si hay de comer, si se puede tener en el plato un poco de huevo con tocino y te responda tu mamá que ya comiste mucho, que hay que dejar para mañana porque el cartón de huevos tiene que durar la semana. No sabes lo que es comprar una coca cola y relamerse los labios para hacer si aunque sea así el sabor dura un poco en los labios porque hay que esperar toda una semana hasta que mamá vuelva a casa con unos pesos de más y compre otra botella de un litro para todos. No sabes lo que he vivido, lo que he paso, y la gloria que para mí es ser la esposa de Alfonso. ¡No tienes idea de lo que dices, Ana!
Laura no se inmuta ante los gritos de Ana. El mesero no llega. La luz de la cafetería baja de intensidad. Una falla eléctrica apaga la luz. Oscuro total. Se oye la explosión de un transformador de la CFE a lo lejos. La respiración de Ana es tan fuerte que casi opaca los latidos de su corazón. Parece que le va a dar un paro cardíaco. Laura está quieta. Bebe café. Regresa la iluminación.
Laura.- Dime… ¿no crees que tus hijos eventualmente van a saber quién es su padre? Se los digas o no, les expliques o no, ellos acabarán por darse cuenta. Ana, no tengo respuestas a todas tus preguntas, lo que te puedo asegurar es que uno atrae su suerte. Debes ser más positiva, confiar en ti, más, mucho más. Todos hemos tenido malas rachas. Yo tampoco fui rica cuando era una niña, de hecho no considero serlo. La gente cree que lo soy porque con Adolfo iba a espectáculos de gala, cenas, paseos, viajes, collares caros, ropa muy elegante, amistades bonitas, carro del año… Pero eso es material. ¡Lo material pasa! Todos estamos de paso en la vida y mientras así sea tienes que vivirla, lo espiritual y como tú te sientas es lo que vale. Si no te sientes bien, ni modo, no te sientes bien y se acabó. Tan-tan. Terminas la relación, buscas a otro, y adelante. Por lo que entiendo tienes una carrera para ejercer, o si no la tienes, puedes trabajar de lo que sea, cualquier cosa, y darle a tus hijos lo que tanto anhelas.
Ana.- Yo no soy como tú. Yo no puedo hacer eso. No tengo las amistades que podrían ayudarme a subir. No conozco a quién que desee contratarme como enfermera y se nota que no trabajas, que no sabes cómo están los precios. ¿Sabes cuánto gana una enfermera? ¿Sabes cuántas horas tendría que trabajar todo el día para mantener a mis hijos y darles la calidad de vida que siempre he deseado? ¿Conoces las chingas que se llevan los de abajo, los malos tratos, las envidias de los compañeros, la mala saña, las friegas? ¿Verdad que no lo sabes?
Laura.- Eres justo como yo, pero tienes miedo. Y déjame contestarte, yo sí trabajo, soy agente de seguros. Todo lo que me dices es puro miedo. Está en ti, en tu cabeza. Nada malo te pasará, vas a estar bien.
Ana.- No sabes qué es lo que he vivido. No entiendes nada de lo que te digo. Eres una burguesa cabeza hueca, como muchas que he conocido desde que me casé con Poncho.
Laura.- Supongo que dices bien, no sé lo que es la pobreza, pero tú no has pasado lo mismo que yo, no. Lo mío es mucho peor.
Ana.- No es un concurso. Acá ninguna de las dos acabará ganando nada.
Laura.- Dices bien, no es feria. Pero déjame aclararte algo, la noche en que me viste, en Año Nuevo, con ese vestido, el que me mencionaste, bueno pues fíjate que no era para mí. A mí no me lo compraron. Los zapatos tampoco eran para mí. El perfume ni siquiera era de los que a mí me gustaban. Nada de lo que traía llevaba mi esencia. Adolfo bien sabía que odio los escotes y no me gusta vestirme como callejera. Te dirás, ¿cómo saberlo? Lo mismo le dije, ¿cómo esperabas, idiota, que lo supiera si mandaron la caja a mi casa con un moño rojo y un ramo de flores encima? Lógicamente pensé que me lo había comprado, sobre todo porque el mes pasado aborté un hijo de él. Sucede que no fue así, todo eso era para él, para que él lo luciera en la noche de Año Nuevo con su amante de toda la vida, y ese mismo día, ese cochino día, planeaba dejarme una nota diciéndome “lo siento, no funcionamos”. Todo eso se lo saqué en ese mismo baile. Camino a casa me soltó todo mientras manejaba. Con entereza bajé del carro, saludé al vecino que estaba festejando con toda su familia, recibí llamadas de felicitación por celular, a primos y parientes que fueron a la casa a darnos el tradicional abrazo, y créeme que a nadie, nadie, le pude decir “esto ya valió madres porque mi marido siempre ha sido la nena de otro hombre, gracias por el pavo, vuelvan otro día”.
Ana.- Esa noche estuviste platicando conmigo…
Laura.- Porque él salió del restaurante del Hotel…
Ana.- A pelear con Poncho, él le dio el vestido…
Laura.- Para sellar el compromiso –fuma.
Ana.- ¿Lo sabías cuando te casaste?
Laura.- Me casé virgen. Me pidió matrimonio en el atrio de una iglesia. Salimos del coro, en ese entonces yo cantaba para la misa de mediodía y él también. Echábamos relajo, salíamos en grupo con los demás. El día que me pidió matrimonio me dijo que no deseaba vivir en pecado mortal, que quería purificar sus penas. Que nunca había estado con una mujer, jajaja, ahora lo entiendo, jajaja. Después que tuvimos sexo en la noche de miel, me di cuenta que no estaba a gusto conmigo. Al paso de los días me era muy clara su homosexualidad. En la cama nunca le gustaba lo que le hacía, en más de diez años de casados pocas veces llegamos a unirnos como hombre y mujer. Apenas lo hacíamos se sentía culpable, se metía al baño y se tallaba el pene hasta que se le desprendiera. No dudo que tu Poncho haga lo mismo.
Ana.- ¿Cómo fue que lo confrontaste? ¿Cómo fue que antes no acabaste con él?
Laura.- Cuando terminó de discutir con Poncho me pidió que nos fuéramos a la casa. Estaba llorando. En el carro me confesó todo. ¡Se lo pregunté y respondió! ¡Lo amaba! “¡Amo a otro hombre!”. Y yo le dije, “ya lo sabía, cabrón, crees que no me he dado cuenta”. Hubiera podido quedarme con él hasta veinte años por lo mismo que tú estás atada a ese Poncho, un gay es el mejor amigo para una mujer. Disfrutaba su compañía, las pláticas de arte, el escuchar la música  juntos, que fuéramos a veladas bohemias por las noches para escuchar lecturas de poesía. Amaba mi vida de casada.
Ana.- ¿Y el sexo?
Laura.- ¡El sexo no me importaba! ¿Para qué tener un hombre adentro que no sabe moverse si me puedo comprar un consolador? ¡Así se lo dije! Le dije: “te perdono que seas marica, que te guste el bate con las pelotas, lo que no te perdono es que vistas de mujer, trates de ser una mujer y cojas como una mujer, porque acá la de los ovarios soy yo”. Agarré mis cosas y salí de mi casa. Lo dejé plantado. De verdad, creo que perdí un buen matrimonio. Jamás peleamos, jamás tuvimos problemas maritales serios. Pero no le perdono que se vista de hembra y ande con sus joterías por la calle dejándome en vergüenza, dando de qué hablar sobre mí. Tampoco le perdono que sea el mayate de tu marido.
Ana.- ¿Ellos se conocían desde antes?
Laura.- Creo que eso ya lo sabes. Estudiaron juntos la preparatoria. Iban juntos a los campamentos de los Boy Scouts. Fueron acólitos de la misma iglesia. Y en la pubertad empezaron a jugar con eso de “tú eres maricón”, “no, tú eres maricón”, hasta que una vez comenzaron a mamársela por gusto.
Ana.- Fue algo muy inocente.
Laura.- Nena, abre los ojos. Cuando te juegan el queso no hay nada de inocencia en ello, así tengas cinco o treinta años.
Ana.- Pero no se acostaban…
Laura.- ¿Te gusta pensar eso, verdad?
Ana.- Es que Poncho no es como Adolfo. ¡Mi marido no es gay!
Laura.- ¿No crees que ya te di mucha información?
Ana.- Cuando le dije que deseaba ser madre no se opuso.
Laura.- ¡Pues no! ¡Cómo se opondría si le hiciste un favor! ¡Le diste el hijo que Adolfo nunca le iba a dar! ¡Y se los diste por partida triple! –carcajadas-.
Ana.- Pero él los ama –llora-, los quiere. Cuando estamos los cinco me dice que vayamos al parque y juega con ellos hasta caer rendidos.
Laura.- La cosa no es si ama a sus hijos o es buen padre, la cuestión se resume a si eres feliz, si te satisface como mujer. Yo no puedo vivir una farsa sabiendo que el hombre con el que estoy no me ama, no desea mi cuerpo.
Ana.- Acabas de decir que te hubieras quedado con él más tiempo.
Laura.- Sí, pero… Desde que me divorcié tuve mis dudas, pensé que jamás volvería a tener la suerte de encontrar un hombre. ¿Y sabes qué hice?
Ana.- ¿Qué hiciste?
Laura.- La verdad es que mi psicólogo me ayudó un poco. Me dijo que la única manera de saber si volvería a tener este tipo de experiencia era ofreciéndome libremente y sin ataduras a un hombre.
Ana.- ¿Y así es como conseguiste a este amigo que estás esperando?
Laura.- No… esa es otra historia… Lo del psicólogo fue simple, si quieres te lo presto –ríe-.  Como te explicaba hace un momento, pues resulta que así sin más, estaba acostada en el diván y él me preguntó “Laura, si te ofreces a un hombre sin esperar más promesas que lo que pueda pasar en el presente, verás que esa mala racha pasará”. Mientras me decía eso me tocaba la pierna sosteniendo esa mirada hipnótica que tienen los hombres letrados. Yo lo dejé y dije “sí, me ofrezco libremente”. En ese momento me quitó el pantalón, se levantó la túnica de monje budista y comenzó a follarme como nunca en mis trece años de casada. Es la primera vez que de verdad me sentí mujer. Su barba áspera me lijaba muy sabroso los pezones –cruza las piernas repetidamente- , sus manos grandes y fuertes sostenían mis nalgas al aire para penetrarme con fuerza… Me dijo, “esto es kamasutra, tomé un curso para dar placer, siente mi verga, me estoy conteniendo para no venirme pronto dentro de ti”, y de verdad, estuvo así como casi cuatro horas. ¡Me encantó! Jamás había gritado como hiena, no sabía que un hombre puede hacer eso, tener tantas posiciones, contenerse tanto, aguantar y proveerme de casi mil orgasmos al minuto. Ana, no sabes qué es lo que te estás perdiendo.
Laura saca un pañuelo de su bolsa. Suda. Ana comienza a frotarse la pelvis disimuladamente con su celular. Laura bebe un poco de café. Se aclara la vista. Ana apoya la cabeza sobre la mesa, exhala fuertemente. Detiene su excitación. El mesero puso música romántica.
Ana.- Yo quiero vivir eso.
Laura.- ¡Claro que lo debes vivir! Es más, ofrécete en un bar a cualquier borracho y emborráchate tú también, para que al día siguiente no tengas que vivir con la culpa.
Ana.- ¿Lo has hecho?
Laura.- Cada fin de semana. Así fue que conocí a Sebastián, el amigo que está a punto de llegar.
Ana levanta las caderas, tiene las piernas cerradas, es obvio que se está estimulando. Laura fuma y la ve. Sonríe. Ana se detiene aterrada.
 Ana.- No, yo no puedo.
Laura.- No quieres. Piensa positivo y atraerás lo positivo. Empieza a desear vivir más experiencias, mejores revolcones, mejores parejas. Vive la vida.
Ana.- No puedo dejar lo que he alcanzado. Ahora soy alguien. Entro a las tiendas y me respetan. En las fiestas me piden mi nombre o de plano ya los reporteros de Sociales no me lo preguntan y aparezco en las portadas del domingo.
Laura.- ¿Y haces las obras de caridad?
Ana.- ¡Sí! ¡No puedo permitir que se enteren de mi vida! ¡No puedo dejar cabos sueltos para que destruyan mi familia! No puedo hacer lo que tú haces, tú no tienes moral.
Laura.- ¿Yo no tengo moral? –se levanta y dirige hacia la ventana- ¡La familia perfecta! ¡Pasen todos, vengan, vean, conozcan a la familia perfecta! – habla hacia la calle como si anunciara a un fenómeno de circo- ¡Acá está la esposa perfecta, la rica mujer que tiene al marido médico, a los hijos preciosos, que sabe de alta cocina, conocedora de los valores morales de la cristiandad! ¡Pasen y vean a la promotora de las buenas costumbres y del recato en la cama! ¡No la dejen ir, pasen y paguen un café para conocerla! ¡Por cada café que compren ellas les dará posiciones de sexo anal para incrementar su vida sexual, vean y conózcanla!
Se oye la rechifla de los albañiles e improperios de los jóvenes que pasan por la ventana. Las sombras se acercan más y más, queriendo descubrir el interior de la cafetería. Ana se levanta y cierra las puertecillas del ventanal evitando ser descubierta.
Ana.- ¡No tienes ningún derecho a burlarte de mí! Yo podría destruirte, arruinarte socialmente. Podría hablar con mis contactos de la Plaza para evitarles la pena de verte, apenas sepan que eres una zorra maloliente verás que no tendrás cabida en ningún lado. No sabes con quien te has metido, no has visto aún lo que soy capaz de hacer… Eres una zorra, ¡zorra mugrosa!
Laura.- Prefiero ser una zorra maloliente a una puta mal cogida.
 La bocina de un camión ensordece el lugar. Otra vez hay fallas con la luz del café. Pasan un par de personas por la ventana cerrada. Los ruidos de la cocina se escuchan fuertemente, al parecer se le rompieron unos platos mientras los lavaba el mesero. Ana está a punto de asestarle una bofetada a Laura. Estalla la bombilla de luz de la cafetería. El interior es iluminado por la ventana.  Se abrazan. El mesero prende desde la cocina una luz de emergencia que estaba del otro lado de la cafetería, frente al ventanal.  Ana y Laura sonríen y ven la luz. Cada una camina hacia su lugar. Ana saca su periódico y lee los mismos nombres… Se cansa de lo mismo. Tira el diario al suelo. Ya no le importa. Saca un estuche de maquillaje y se perfila las cejas. Laura hace una llamada.
Laura.- ¿Vas a venir? ¿No? Bueno, en ese caso nos vemos en la noche en mi casa.
Laura se levanta. Recoge rápidamente sus cosas. Avienta un billete sobre la mesa. Ana nota que está a punto de irse.
Ana.- ¡Qué pena que ya se va tan pronto! Creo que debería hacer lo mismo. Mi acompañante no llegará.
Laura.- Sí, me parece que tiene razón. Si no viene la persona que uno espera, para qué seguir. Que tenga buen día.
Ana.- Gracias, igualmente. Gusto conocerle.
Laura sale aligerando el paso. Ana saca su celular, hace una llamada.
Ana.- Hola Jorge, a lo mejor te acuerdas de mí, soy Ana Hernández, en la secundaria éramos novios. Vi en tu Face que te acabas de divorciar…
La conversación baja de tono, apenas es perceptible. Ana se queda sentada conversando. Los transeúntes pasan en tropel por la ventana. Los perros callejeros ladran. El mesero puso la canción de Moon River, en piano, tocada por Henri Mancini. Ana se alegra.
TELÓN



Erika López Rodríguez.
Escritora.
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.
Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.