domingo, 27 de enero de 2013

Lo que nunca te conté

Mi historia inicia así. Esta mañana me levanté llena de sueño, pero también con muchas ganas de iniciar el día. Desafortunadamente la noche anterior no pude conciliar bien el sueño porque mi sinusitis agravó mucho mis pulmones. Sentí frío, mucho frío, y de pronto, mis pulmones se llenaron de mocos y estornudé demasiado, tanto que no me imaginé que tuviera tanto fluido en mi interior. Por los mismos mocos no podía respirar, no podía dormir, me enojé tanto que encolerizada le mal contestaba a mi madre por su necedad de que el cuarto estuviera climatizado con aire acondicionado, y yo estornudando tanto, tanto, que contestaba entre estornudos, fui al lavadero a ver la ropa con los ojos llorosos, gastándome los pañuelos desechables para limpiarme la nariz y luego repetir la operación mil veces.
Cuando terminé de ver la ropa del lavabo, seguía estornudando.  Cuando fui al baño para asearme, estaba también estornudando. En la cama con el aire acondicionado prendido, estaba estornudando. Creo que una versión para mí del infierno sería estar en esta misma situación, sintiendo cómo se me sube el cosquilleo en la garganta, llega a mi nariz, me da dolor de cabeza, y luego la presión por expulsar todos los fluidos. Y ese pinche frío, ese maldito frío en los pulmones, y el cansancio muscular, a eso le agrego que por mi condición femenina no pude tener la calidad de vida que he deseado siempre. Cada veintiocho días es lo mismo, la menstruación, ese odioso sangrado que me corroe el alma y me llena de sangre la entrepierna, ahora lo tenía.
No pude dormir, no pude. Si no eran los estornudos eran las ganas de limpiarme y el temor a que se desatara la lluvia roja que siempre me cae en estos días del mes. Y los cólicos, esos putos cólicos. Y el dolor de cabeza, esa miserable cabeza. Ojalá hubiera sido hombre, a los hombres sólo les duele el pene cuando alguna mujerzuela los contagia de equis enfermedad venérea. No creo que sufran. Nunca he visto a un hombre llorar, bueno, sí, pero los que lo hacen o son muy niños o unos fracasados o unos legítimos pendejos, de resto todos son tan machos que no sufren, es más, huyen del dolor. Ojalá yo pudiera hacerlo.
De repente me invadió el sueño.  Creo que estaba en un lugar que me gustaba. No lo sé. A veces me levanto por las mañanas y tengo la impresión de que he recorrido muchas aventuras, pero me cuesta trabajo volverlas a traer a la mente para saber qué hice exactamente. En una ocasión una médium me dijo que tuve un viaje astral mientras dormía y que la fui a ver, no lo descarto, tal vez así fue, pero ese no es el caso de anoche.
Me desperté a las cinco de la mañana porque tenía calor. Mi madre se compadeció de mi y subió la temperatura del aire acondicionado a veintiséis grados, no entiendo su obsesión por el aire acondicionado, a veces creo que es la manera como compensa su frustración por habernos dado una vida de pobres a mi hermana y a mí. De niñas no teníamos dinero, y ahora que todas trabajamos y todas pagamos los gastos del hogar, se logra pagar el aire acondicionado… pero me hace tanto mal.
Despierta y alegre, me dirigí al cuarto del lavadero a tender la ropa. Estaba feliz. No soy propiamente la alegría en persona, pero estaba feliz esa mañana. Insisto, debió ser el sueño. Cuando tendía la ropa, vino a mi mente la sensación de que algo malo sucedería, pero no, no fue así. El cielo estaba muy enrojecido, bastante, como cuando vino el huracán Gilberto. Recuerdo que en ese entonces era una niña y salía a la calle sólo para ver el cielo, y el cielo era rojo. Pensé que Mateo se había vuelto huracán y entraría a Yucatán, y que tendría la oportunidad de volver a ver ese cielo huracanado que me gusta. No fue así. Pero el cielo estaba rojo. Pensé que tal vez si había estornudado tanto no fue por sinusitis sino por mi debilidad para soportar la humedad. Eso es factible. Cada vez que hay mucha humedad la nariz se me llena de agua y comienzo a moquear como hacen las vacas en el campo. Por eso me apodaban La mocos en la escuela, porque mi mamá nunca me puso atención a este problema que me atendí de grande, hace como seis años, mientras tanto, yo en el colegio moqueaba y me limpiaba la nariz con las mangas del suéter, o si no, con hojas de los cuadernos. Incluso en mis primeros trabajos hacía lo mismo, sólo que ya tenía la precaución de llevar mis pañuelos desechables, y ni así, siempre me los gastaba a los veinte minutos o menos, depende.
Entré a la casa y me dispuse a comer mi desayuno. Tomé mi yogurt porque sigo en esos intentos milenarios por bajar de peso, y unas galletas, porque también sigo en los mismos intentos por no dejar el dulce. Tengo un gran mal, aparte de mi problema de las alergias y de la sinusitis y de mis hemorrágicas menstruaciones y de mis cólicos de antología y de mi espalda chueca con escoliosis y de mi hombro dislocado y de mis demás achaques como la migraña, mis fobias, mis paranoias, mis trastornos obsesos-compulsivos, yo, sí coño, yo,  siempre he tenido sobrepeso.
De niña mi madre siempre nos obligaba a mi hermanita y a mí a gastarnos toda la comida que hacía porque no teníamos un buen refrigerador, y como mi madre no sabe medirse cuando cocina, siempre nos hacía ollas enteras de comida. En el fondo no soportó que mi padre muriera siendo ella tan joven. Mi padre comía mucho, eso le exigía preparar demasiada comida, pero mi hermanita y yo éramos unas niñas y no podíamos tragarnos todo; sin embargo, como de la nada, mi madre consiguió que comiéramos como mi padre y todo volvió a la normalidad, ella siguió cocinando grandes ollas de comida y nosotras subimos de peso sin nunca poder bajarlo. Hasta la fecha mi hermana y yo tenemos sobrepeso. Mi mamá sigue cocinando ollotas de comida.
Al terminar de desayunar quise cocinarme pechugas de pescado, lo hice. ¡Ay, Dios, soy tan mala cocinera! Alguien debió frenarme porque lo que hice fue un vomitivo, pero en ese momento no lo sabía, horas más tarde a la hora de mi almuerzo en el trabajo me enteré. Salí rápidamente de la casa para irme a la escuela  a dar clases. Mi madre se levantó para despedirme, aproveché y le pedí que me cerrara la reja porque, de lo contrario, me atrasaría como dos minutos y eso no puede pasar nunca en un colegio, y menos si soy la maestra que inicia la jornada académica. Ella muy amablemente lo hizo y me lanzó un beso al aire, yo estaba manejando y no pude corresponderle.
La radio del auto me daba noticias de muerte. Para variar la lucha del narcotráfico cobraba más vidas. Reflexioné un poco, sólo un poco, y me dije que somos muy injustos cuando decimos que muchas almas se pierden en esta lucha, en realidad, creo, si los medios de comunicación no mienten, espero, la cantidad de muertos corresponden a la cantidad de gente implicada en el narcotráfico. Es decir: no es una guerrilla civil, no matan a civiles, son bandoleros contra policías. En el fondo sí creo que es una guerra justa, si supiera que hay gente inocente implicada, lloraría desgracias, pero no es así, son personas que están corroídas por la codicia, la ambición, que no me parece que sea malo, pero que en cierta forma por eso mismo se dedicaron a traficar drogas y a hacer tratos ilegales. Son malos. Terminé mi reflexión, bastante objetable, lo afirmo, y cambié la estación para escuchar música. ¡Oh, no! Llegué.
En el colegio me sorprendí de que llegué con cinco minutos de anticipación. Saludé a mis compañeros de clase, platiqué con una colega, le pregunté cuándo nos dan nuestro de diploma por asistir a uno de esos aburridos y numerosos cursos de “actualización” que nos obligan a estudiar, pero no me dijo nada que no supiera. Me dio pena decirle que no me reveló el misterio del hilo negro. La dejé. Entré a la sala de maestros y platiqué trivialidades con una colega. Timbraron. Agarré unas libretas revisadas y subí al salón. En la clase di los buenos días a todos, me lo devolvieron. Empecé a repartir libretas hasta que me di cuenta de que no eran las de ese salón. ¡Rayos! Ni modo, no podía trabajar con la libreta. ¿Qué hago? Los años de experiencia me han dado “colmillo”  y, ¡tarán!, “niños saquen su libro”, les dije, recordé que hay ejercicios en el libro. Con decepción me di cuenta de que están mal preparados para presentar un examen, de entrada muchos no llevaron su libro, aparte, a mí se me olvidaron las libretas de ellos, es decir, no me fijé de que no eran sus libretas, además, les pedí que leyeran y parecía que entonaban el canto de los burros cuando rebuznan. Nefasto. Los regañé. Timbraron. Cambio de salón.
En el otro salón corrí con más suerte. Se me aclaró la voz y pude dominarlos. Por lo mismo que tengo el puto catarro de las alergias, que no es catarro en sí, son mocos, pero yo le digo catarro y hablo con tanta impropiedad que cuando me corrigen les pongo cara de “me vale madres tu opinión” o “métete tus palabras en donde mejor te quepan”. Gracias a que mi voz regresó más clara que nunca pude dar una clase decente, pero ni tanto. Odio ser mujer, odio tener cólicos. Detesto con toda mi alma cuando siento que me baja un coágulo de sangre y se aplasta en mi toalla sanitaria pringando en los bordes de mi calzón, y es que ni que lo acomode como debiera, ni con los años de vida que llevo como mujer, nunca consigo que los accidentes por manchas no me ocurran. Me pregunto cómo le harán las putas, esas que de seguro  viven con las piernas abiertas todo el día esperando que uno entre y el otro espere. Yo no podría ser puta, ni que quisiera, tengo tantas enfermedades, soy tan enfermiza, que creo que al primero que se me lance le diría “vete, coño” o “déjame en paz”. Sería una puta muy pobre, no tendría clientela. Por eso doy clases.
En fin, grité el tema desde mi “mesa”,  porque no sé por qué, bueno, sí lo sé, la directora de mi plantel cree que los maestros somos unos flojos que sólo entramos a sentarnos en la silla, asentar nuestras pertenencias y platicar con los alumnos, por eso acabó con las mesas grandes y metió unas mesitas de niño para los maestros, para que cuando pase a inspeccionar vea que estamos dando clases parados. Pero sus intenciones me valieron cinco kilómetros de verga y di el tema sentada, de todas formas, el alumno que quiere aprender no necesita que el maestro esté dando de brincos como payaso, simplemente atiende y se acabó.
Recuerdo que cuando recién inicié a dar clases daba mis temas parada, rayando el pizarrón, modulando mi voz para parecer maestro normalista, de esos que se entonan como políticos de pueblo, y no me sirvió. Con el tiempo entendí que hay contextos donde eso funciona. En las escuelas privadas eso es importante porque el alumno califica al maestro, y con calificar me refiero a sacar al maestro. En las escuelas públicas mientras más flojo, mediocre, malo y, como dicen ahora, huevón sea el maestro, mejor, es clase libre. Tomando esto en consideración, y mis cien mil días de clase transcurridos frente a grupo, justifiqué no pararme para rayar el pizarrón como hago cuando estoy “normal” (menos enferma). Ese día no era una persona “normal”, aunque en realidad lo aparento y la gente cree que lo soy porque me quedo callada.
Otra vez el timbre y entro a la sala de maestros a comer mi comida preparada por mí. El vomitivo me supo a vómito y quise vomitar. No vomité. Desafortunadamente no tengo mucho dinero, estoy ganando como dos mil pesos menos y apenas y me alcanza a cubrir mis gastos. Pienso en la posibilidad de vender drogas, traficar armas, prostituirme, bailar tubo, bailar con tubo, que me metan el tubo y lo suba a YoTubo, y me canten esa de Juan Gabriel “sí te tuve, cuando tuve, te mantuve y te di…”, pero a mí nadie me ha dado nada. Los hombres con los que he estado han sido unos patanes, pobretones, ignorantes y miserables. Y eso que digo “estado”, porque ignoro qué tanto hemos “estado” juntos. Sólo un valiente estuvo conmigo seis años hasta que lo dejé ir por falta de maña para atraparlo. Se casa en agosto.
En la sala de maestros una compañera llegó de la nada y soltó que se divorcia de su marido, a lo mejor buscaba comprensión por parte del grupo, tal vez quería que la acompañáramos en este proceso que atraviesa en su relación de pareja, y más que tiene un hijo, pero nadie la comprendió a ella y sí al pobre marido que la tuvo que soportar. Creo que nuestro mutismo se interpretó como un qué bueno por él. Hasta hace unos días esa loca estrafalaria entró a dar clases con una blusa ceñida al cuerpo en color amarillo, unos mallones violeta, zapatos de tacón alto tipo sandalia, y como su piel es negra como la noche, tuvo la peregrina ocurrencia de entintárselo de rojo bermellón, para colmo me envidia y trata de bajar de peso como yo, de usar zapatos de tacón alto como yo, de ponerse perfumes finos como yo, de maquillarse como yo, de vestirse conforme a la decencia y al decoro como yo hago, sólo que no es yo. Un día se lo platiqué a mi mamá, ella opina que me adora, pues será el sereno, pero lo que sí es que ella no sabe que detrás de mi apariencia aburguesada hay una realidad muy triste, desearía haberme casado con el amor de mi vida, cosa que ella hizo. Estamos a mano.
La alocada maestra comenzó a despotricar en contra de quien antes era su mejor amigo, luego su amante y después padre del hijo de ambos, y finalmente su marido. Encontré muchas similitudes entre la vida de ella y la mía. Yo también tuve un gran amigo, excelente amigo, tanto, que a diario salíamos y no podíamos vivir el uno sin el otro. Entraba al chat y allá estaba, me saludaba, me decía su vida, sus planes, y yo me recreaba en sus gracias. Salíamos y el tiempo nos pasaba de lado, éramos el uno para el otro, en cierto sentido. De pronto me llegaron los celos, con los celos los deseos de posesión, él no se dejaba, siempre se iba, siempre de viaje. No aguanté más sus expediciones de Robinson Crusoe, lo mandé al diablo. Mal. Él sí me amaba y lloró como un niño cuando le dije que no lo quería volver a ver. Se emborrachó, me quiso pegar, estaba fuera de sí. A los dos o tres días entendí que me amaba, le pedí perdón, pero el amor no perdona. Regresó con la mujer con la que había vivido cuatro años, los necesarios para estudiar la licenciatura. Regresé a la soledad. Desde ese entonces no encuentro a nadie más que me llore con tanta desesperación, ni que se emborrache por mí deseando olvidarme. Esa loca sí tiene a alguien así a su lado, esa estúpida se casó con el amor de su vida y hasta hace unos días le engañaba con un español por internet. Una vez me contó que “hicieron el amor” por webcam, ¡qué pendejada!. Cuando yo estaba con el amor de mi vida nunca hice el amor, pero atesoré cada momento. A lo mejor por eso él se me alejaba, porque no hicimos el amor como Dios manda y siempre nos conservamos distantes, atraídos mutuamente pero distantes. Aunque hace unos meses me lo reencontré y me dijo que siempre me vio como su amiga, que se va a casar, que somos muy buenos amigos, que se va a casar, que ella y él quieren estar juntos y por eso se van a casar, y de la nada me besó y lo dejé porque sentí que eso debía pasar. No pasó más.
Me dijo la compañera del colegio que se quiere divorciar porque él se emborracha, sale con “amigas” y no le alcanza el dinero. Yo sé que ella desea vestirse como yo y por eso no le alcanza el dinero, pero la idiota no toma en cuenta que si me visto como me visto y me calzo como me calzo es porque estoy soltera, no tengo novio, no tengo marido, no tengo amante, no tengo hijos, y porque pienso que “santo que no es visto, no es adorado”. Si en mis manos hubiera estado casarme con el que fue mi amigo, lo hubiera hecho, pero no fue así. Ella, por el contrario, se casó como Dios manda y de pronto se dio cuenta de que perdió diversión con el matrimonio, por eso le robó dinero al marido, para irse a un concierto a ver a Chayanne y a Miguel Bosé, y a salir de putas con las amigas, y a emborracharse, dejando a su hijo y al marido en la casa. Apenas hace tres semanas quiso meter strippers a su casa para celebrar su cumpleaños, el marido no la dejó. Si él le pidió el divorcio, ¡qué bueno!, está muy loca, ojalá se asesore bien porque sé que quiere dejarlo en la calle ( como si no lo estuvieran), por lo que entiendo gana muy poco como albañil. Timbre.
Entré al salón a dar la clase de mi última hora antes de brincar de trabajo. Los alumnos me chiflan porque creen que soy un símbolo sexual, tengo que callarlos. Lo callo, les paso lista, inicio la clase. Nuevamente pienso en él, deseo que no se case, pero no puedo hacer nada, él no vive ni siquiera en el país, su mujer es extranjera y se fue a casa de ella en su país natal. Mis alumnos me regresan a la realidad. Se portan tan mal, son tan ingenuos de la vida, creen que unas calificaciones y salidas a las plazas los fines de semana es todo, no es así, pero en un momento yo misma creía que sí lo era. Ojalá regresara el tiempo. Quiero ser feliz. Quiero decirle a mi persona de ayer qué es lo que tengo que evitar, y evitar perderlo. Timbre. Cambio de trabajo.
Acudo al otro trabajo con cierta alegría. Llego, saludo, nadie me contesta, no me importa, hago lo que tengo que hacer. Mi jefe me dice que como llegué tarde debo hacer las cosas rápido y que “le meta acelerador”, eso hago, el resto lo termina él, aunque pudiera terminarlo yo. No hablo a nadie, no me comunico con nadie, solamente el chat me sirve de recurso para decirle a mi jefe que ya está, que terminé. Termino. Me sobra tiempo y pienso que pude haber terminado yo misma ese trabajo, no hago más, no me dan más. Adelanto lo de la tarde. De pronto los calambres. Voy al baño. Me doy cuenta de que los ríos de sangre se desbordan. Pido permiso para comer, mentira, ya comí, me lo dan y salgo como loca a mi casa a donde llego a limpiar lo que el desastre dejó por su paso. Me siento mal, muy mal. Me acuesto en la hamaca. ¡Maldición! Dormí durante una hora, ahora nadie creerá que tardo dos horas y media en comer. Regreso al trabajo y para sorpresa de todo mundo tengo medio terminado el trabajo de la tarde, pero no me esperan, no me saludan, digo que ya terminé y todos se van. Terminé, solamente la secretaria me espera porque no le queda de otra. Me voy a la casa.
En casa descanso lo que puedo. Veo un capítulo de esa fastuosa novela que le gusta a mi madre, me siento mal. Veo los comerciales, me siento mal. Me baño y los ríos de sangre caen como lodazal rojo empastando las losetas azules del baño, me siento mal. Regreso a la cama para dormir, me siento mal. Hago una oración para pedirle a Dios que mi suerte cambie.
Amanece, me sigo sintiendo mal. A veces Dios no escucha mis ruegos.
Un día más, como todos los anteriores, sin nada para contar pero con mucho que decir. La vida transcurre lentamente entre clase y clase, entre idas y venidas. El cansancio me pesa cada vez más. Los dolores de cabeza me atan a un sufrimiento inmerecido del que la única salida es perderme en los ensueños de la droga legal, aunque a veces presiento que una buena muerte me libraría de tantas molestias.
El día me muestra su luz, pero no lo sé aún. Espero a que me dejen las ensoñaciones nocturnas, quizá si cierro los ojos y aprieto los párpados con más fuerza conseguiré que no sea del todo temprano, más bien, retendré por más tiempo mi merecido descanso. No es así. El despertador amenaza con seguir timbrando si antes no lo apago. La tecnología. Mi celular, convertido en despertador, hecho agenda, me indica que es tarde para llegar al trabajo. Rápidamente me levanto de la cama, me dirijo al baño, me lavo los dientes, orino, me enjuago la zona rosa, me subo los calzones, verifico si me ha dejado esa odiosa mancha roja que siempre me atormenta durante una semana al mes. Al fin se largó. Maldita, ojala no regrese nunca. En serio, siempre pienso que no debí ser niña, debí ser hombre, o si no se puede, pues nacer vieja y menopáusica, no fértil, aunque no sé si soy fértil, nunca me he embarazado, nunca lo haré, ya es tarde para mí, aparte de que no me gustan mucho los niños, pienso que deben cuidarme, protegerme, todavía estoy conociendo el mundo. Es tarde. Salgo del baño, me cambio de ropa, me peino, me voy a la cocina a beber un yogurt líquido y comer unas galletas. Mientras tomo mi lácteo me embuto las pastillas de siempre: mis vitaminas, porque siempre estoy mal alimentándome por tanta prisa, y mis alcachofas, mi odioso peso, mi horrible peso. Estoy muy gorda. Salgo.
En el auto me doy cuenta de que no me maquillé. Registro mi bolsa mientras conduzco, sí traje mis cosméticos, menos mal. En quince minutos llego al colegio, en cinco me maquillo, en cincuenta minutos doy una clase, en otros cincuenta doy otra, en los últimos cincuenta la tercera y me voy. Luego, el recorrido de siempre. Salgo en diez minutos del colegio, en veinte llego a mi otro trabajo, en quince comienzo a trabajar en la computadora, en ocho horas estoy en casa. Llego a mi “hogar” más bien hotel con aliento a casa, y en dos horas ceno, en tres termino mis pendientes del día siguiente, en treinta minutos o una hora comparto la tele con mi madre viendo una novela odiosa cuya trama me parece trillada y poco original (la calidad de tiempo), y en dos minutos me alisto nuevamente para dormir. Recuerdo que hago una oración. En tres minutos hago la oración. A dormir. La rutina nunca falla.
Me pasan los días como me pasan las horas, como me pasan los minutos, como me pasan los segundos, como mientras ahora escribo sin darme cuenta, o tal vez porque me doy cuenta de que soy tan predecible por el duro ajetreo del trabajo diario, me pasa el tiempo volando entre las manos. Y ahora más que nunca me quejo de nunca haber realmente vivido, y te recuerdo a ti. Mi memoria se llena de momentos fugaces, de flashazos de cosas que una vez, hace algún tiempo experimenté a tu lado, y ahora ya no los tengo porque tampoco tú estás conmigo. A tu lado estaba más viva que nunca, y la rutina no era rutina, los días no eran días, el tiempo no se me iba volando, y mientras platicábamos, todas las cosas de pronto cobraban un nuevo y renovado sentido. Yo misma valía la pena de vivir mis dolores porque sabía que me los consolabas y eran nuestros dolores, y tus quejas eran nuestras quejas, y formábamos una entidad indivisa en la que no hablábamos porque sabíamos lo que queríamos el uno del otro. Y en esos tiempos en los que era tan feliz, los días no eran predecibles, el predecible eras tú. Yo sabía cómo reaccionabas, me memoricé todos tus gestos hasta el grado de reproducirlos en tu ausencia, ahora apenas puedo lograr que mi mente dibuje tu rostro de cuando platicábamos. No lo sé. No lo entiendo. No soy yo. No somos.
Fue un día, fue un feliz día cuando te conocí, y luego vino otro infeliz día cuando te perdí. Y tan sólo de pensar que ese tiempo que me pareció eterno ya no está, me parte el alma, se me agita el espíritu, se me aguan los ojos. Creo que no te valoré, más bien, no me di cuenta de lo vital que eras para mi hasta que me dijiste que regresabas con ella después de que tú y yo éramos una entidad durante cuatro años. Ese día quise morir, pero en realidad desde mucho antes quería morir. Odiaba que nunca hicieras nada por mi, que cuando querías salir siempre me pedías que yo pasara por ti, que te fuera a buscar, que te llevara al cine, que dividiéramos la cuenta, que te vea en tu casa y tú nunca vinieras a la mía, que te ayudara en tus problemas y te los resolviera mientras tú nunca hiciste nada por los míos, que te tuviera que enseñar a comportarte como un adulto cuando tus gestos y acciones delataban tu inmadurez, que seas tan egoísta que nunca pensabas en mis necesidades y me anteponías las tuyas para cualquier cosa, que siempre viajaras y me dejaras sola con la esperanza de verte en el chat para platicar hasta que me salieras con que ya te cansaste, que te ibas a dormir, todo eso lo odiaba de ti, pero la codependencia me hacía bien, nos hacía bien.
Tú no eras nadie sin mi, hasta ahora, presiento que no eres nada sin mi. Me necesitas tanto como yo a ti. ¿Ella te ayuda en tus problemas, te los resuelve, antepone tu egoísmo al suyo, te es condescendiente, te psicoanaliza para evitarte la pena de razonar por ti mismo, te auxilia mientras deja todo lo que le es importante porque cree que eres tú lo más sagrado que Dios le puso enfrente, lo hace? Porque yo sí lo hice, y lo sabes. Y con todo eso tuviste el descaro de decirme que volverías con ella, que nunca la dejaste de pensar, que siempre habías platicado con ella mientras estudiaba su maestría en Canadá y acá tu humilde pendeja resolviéndote las dudas, amándote hasta el grado de comer tu mierda del mismo bacín donde te cagas en tu orgullo. No me parece justo. Ignoro si a veces tienes conciencia de que mi aparente frialdad escondía un profundo amor por tu persona. Mi madre siempre me enseñó que los hechos son más importantes que las palabras, creo que ese fue mi error, me faltó su cursilería para hacerte entender lo que hasta hoy representas para mi. Siempre me burlé de esas idiotas que escriben cartas de amor a los fulanos que se las cogen, pero veo que eso es importante, tanto como follar como animales. ¿Me dejaste porque nunca hicimos el amor? Si fue por eso, te traigo aquellos eventos en los que estuvimos a “un a punto de”, y siempre pasó algo. Hubo una vez en la que tú no quisiste, otra en la que nos interrumpieron, también está aquella en la que no pudimos vernos porque te ibas de viaje, siempre viajando, siempre, de todos los hombres me tuve que enamorar de un vago errante. Pero la más especial de todas fue cuando me pediste que fuera a tu casa, no estaban tus padres y de repente, que se me cae aquello. Maldita menstruación. No te lo dije por vergüenza pero la furia roja estaba en mi entrepierna, manchó mi calzón y mis pantalones de mezclilla. No me entendiste, no te expliqué. Y me fui dejándote intrigado y deprimido, aunque no sé qué palabra sería la mejor para ese rostro. Lo peor es que de todas las veces que estuvimos saliendo, la de nuestro último año fue cuando te vi más sincero y hasta enamorado de mi.
Siempre fuimos amigos, amigos grandes, de parranda, de fiestas, de salidas. Contigo nunca hubo un no, para todas las veces era un sí. ¿Quieres salir? Sí. ¿Quieres ir al cine? Sí. ¿Quieres ir a cenar? Sí. ¿Quieres ir a mi casa? Sí. ¿Quieres ir a Progreso? Sí. ¿Quieres…? Sí, sí, lo quiero todo contigo, en ese momento y hasta ahora. Pero no se dio lo que esperaba, y no me refiero al sexo, ni al romance, sino a la relación. Desde que te conocí supe que serías especial para mi, y lo eres. Lamentablemente nunca fuimos novios, nunca pude presumir que éramos pareja, fuimos amigos, yo la conocí a ella cuando era tu novia, cuando te dejó, cuando la cortaste. De esa vez me acuerdo que nos fuimos a un bar y me dijiste borracho y llorando que todas las mujeres eran iguales, unas putas que jugaban con los hombres, y yo te limpié la boca mientras se te caía el alcohol mezclándose con los mocos de tu nariz. Viste mi blusa con bolitas de peluche pegadas en el cuello, inspeccionaste mi maquillaje chorreado en mi cara porque desde la mañana que salí de mi casa para el trabajo hasta esa hora, no me lo había retocado, y me comentaste que mi blusa era horrenda y que no te gustaban las mujeres que fuman. Te ignoré porque me convenía, pero sí me lastimaste. Yo nunca te dije nada, te adoraba, hasta ahora te adoro. También me vienen imágenes de cuando estábamos en tu departamento viendo películas y te sentías tan a gusto conmigo que te pedorreabas en mi cara, sin dar muestras de pudor, y yo, loca por ti, aspiraba esa fina fragancia que salía del recóndito escondite donde esperaba algún día posarme desnuda. Nunca pasó.
Tal vez eso fue, no fui lo suficientemente cabrona contigo, no jugué con tus sentimientos, no me acosté contigo, no te di explicaciones por falsos pudores, y ahora me pregunto por qué demonios no hice nada de eso. Quisiera  retroceder el tiempo, verme a la cara y aconsejarme lo que ahora sé de ti, de mi, de ambos. Le diría a mi yo de hace seis años, cuando te conocí, que desde la primera vez te dejara en claro que no somos amigos, que soy una mujer ardiente y deseosa de una follada fenomenal, que mis piernas no conocen otro norte que el que les diera tu lujuria. Me arrepiento de no haberlo hecho, porque hasta donde comprendo, sé que ella sí lo hizo, y mira, ¡te vas a casar!.
La vida me transcurre con rapidez, gracias a Dios. No soporto la idea de estarme quieta viendo las nubes pasar, aunque donde estoy no hay nubes, sólo personas. Muchachos que bajan las escaleras, las suben. Jovencitas que cuchichean entre ellas como si lo que dijeran fuera tan grave que nadie debiera escucharlo, en realidad son boberías. No me atrevo a romperle las ilusiones a nadie, nadie lo hizo conmigo. Recibí mil consejos y a la hora de enfrentarme con las circunstancias, ninguno me sirvió en realidad.
Hace algunos años leí un libro, no me acuerdo del nombre, hay cosas que me son significativas, como tú, pero hay otras que por vitales que sean, no me dan oxígeno, en tu caso el tiempo va en pasado: dieron. El libro en cuestión decía algo como que la vida es una obra teatral en donde cada quien es el protagonista de su destino, pero analizo lo que he hecho y me siento víctima del destino. Las veces en las que más me he aferrado a mis convicciones, han sido las que más me han traicionado y Dios mismo me muestras que el destino solamente él lo decide, porque cuando lo hago yo, las cosas nunca salen a mi favor. Lo mismo aplica en tu caso. Cuando decidí ya no verte, no me imaginé que sería para siempre y que tú estuvieras esperando la llegada de tu ex a la que no veías desde el tiempo en el que salíamos como amigos. Yo supuestamente decidí cortar esa relación asfixiante que me ataba a ti, pero sucede que tú te entendías a mis espaldas con ella. Es raro. Esa semana, semanas antes, tú y yo estábamos teniendo cierta intimidad y cercanía, pero tus viajes, mis viajes, tú te fuiste con tus amigos a Belice en Cuaresma, yo me fui de misiones, eso no te gustó y empezamos a tener roces. Sabías que soy una creyente, sabía que eres un anticlerical y hereje, supuestamente tú eras tolerante, yo a ti te respeté tus groserías contra la fe que profeso. Una psicóloga del grupo de oración oyó mis quejas de ti, me aconsejó que nunca te volviera a ver y dándome su teléfono me dictó que te dijera que no nos viéramos, eso hice. ¿Te acuerdas? Al día siguiente caí en la cuenta de que le das energía a mi vida, te pedí perdón, te llevé chocolates, y para mi sorpresa estabas muy borracho, me quisiste pegar, me pediste que pasara la noche contigo y no lo hice por miedo. Quince días después le pagaste su boleto de regreso a esa mujer que ahora será tu esposa. No entiendo.
Los días pasan con total rapidez. Las horas se montan una a otra, el trabajo se me atiborra sobre la mesa, las libretas con innumerables ejercicios para calificar, los papeles de registro de tareas esperan mi firma, unas páginas que debo llenar para entregar. El trabajo hace las veces de mi marido. Me cela, me impide que salga a deshoras, me restringe a una estricta disciplina evitando a toda costa que me distraiga siéndole infiel. Y me encanta. Tal vez no he sabido encontrar el oxígeno más puro para respirar mejor. Llevo dos años con una presión en el pecho que por las noches impide que concilie el sueño. A lo mejor la sinusitis, tal vez sean las putas migrañas, o posiblemente mi corazón me dice que pronto dejará de latir porque no respiro lo suficientemente bien como para inyectarle aire a las venas, arterias, qué se yo, esas chingaderas que tenemos adentro los seres humanos.
Hace un par de días me sorprendí llorando en medio del sueño, creo que está mal. Fui con el médico para pedirle que pare mis múltiples dolores y el muy nefasto no hizo nada por ayudarme. Otro médico me dio, hace como dos años, unas pastillitas milagrosas que se llaman Clonazepan, que es algo como el Diazepan. Quise buscar qué era y el Internet (esa fabulosa enciclopedia electrónica), me dijo que con esa fantástica sustancia sería feliz. Y durante un tiempo lo fui. El Clonazepan es un antidepresivo muy poderoso, lo amo. Cuando lo tomaba dormía como 12 o más horas. No había dolor, no había sufrimiento, no mocos, no menstruación, no dolores de cabeza, no agitaciones, no problemas, no mundo, no nosotros, no tú y no yo. Pero este otro bastardo del demonio no me quiso dar esa pastilla. De verdad, solamente porque el trabajo me mantiene ocupada, he podido vivir un poco, aunque siento que no estoy en este mundo y que a lo que le llamo vida para otros que no conocen mi situación emocional, afectiva, social, ideológica, de salud y todo lo demás, simplemente está muy por debajo de lo que se merece alguien que pertenezca al género humano.
Soy un robot, una máquina, un autómata, una alienada mental. Rutina es lo mismo que no tener alma. Supuestamente los hombres son creadores y libres, mi rutina no me permite nada de eso. Todo está estructurado de antemano, todo lo sé desde antes que vaya a ocurrir. Todo está calculado, es tan predecible que hasta las máquinas me envidian. Mañana iniciaré otro día en el que me levantaré tarde, lucharé contra mí misma y mi modorra, iré al baño, me lavaré los dientes, haré pipi, veré mi calzón, desayunaré yogurt, galletitas, vitaminas y alcachofa, manejaré para el colegio, me maquillaré en la sala de maestros, cincuenta minutos de corrido en tres salones diferentes, las mismas clases de hace un año, dos o tres, saldré rápidamente del colegio, iré al trabajo, ocho horas más tarde regresaré a la casa, descansaré, veré tele mientras platico con mi madre, la novela, la novena, y a dormir.
Nuevamente me despierta el calor del sueño, por alguna extraña razón me oprime el pecho, creo que es mi conciencia que me recrimina mi tibieza, mi falta de arrojo para no atraparte. Muchas mujeres le hacen hijos a los hombres y se salen con la suya, ¿por qué no lo pensé?, ¿por qué demonios permití que los puritanismos decimonónicos de las viejas de la oración y de mi propia madre penetraran en el fondo de mi alma?, no fui nunca una mujer de mi época, y de alguna manera siento que mi deber era estar a la moda en todo, en forma de vestir, de actuar y de pensar. Debí hacerte un hijo, como todas las demás, debí entregarme al placer contigo una y otra vez, ver cien mil videos de pornografía, aprender a masturbarme con dildos, despertarme de alguna manera la lujuria, el deseo y apetito carnal sin remordimientos ni golpes en el pecho, sin confesiones dominicales, sin misas, sin ninguna atadura con lo sobrenatural, porque desgraciadamente, aunque los padres y curas, las monjas y religiosas me quemen en leña verde; con Dios no puedo entregarme como siempre he querido estar con un hombre. Hay amores que son diferentes, y el que proporciona el hombre es muy especial.
La noche me pesa, la luna es redonda, muy redonda, tanto como mi odiosa cara que ni haciendo la dieta del hambre se desinflama. Mi cuerpo agotado por las largas jornadas de trabajo carece de estética, mis manos cansadas de arrastrar el lápiz y la pluma en tantos cuadernos mal escritos, mal contestados, lloran de frustración por las caricias que desde hace mucho tiempo guardaron para ti, aunque nunca tuvieron la oportunidad de dártelas. Mis ojos lagañosos están más rojos que nunca, a lo mejor las lágrimas ya no me lubrican como quisiera, a lo  mejor las lágrimas dan rozaduras. Tanto tiempo laboral se me va en nada, no tengo momento para irme a un gimnasio a moldear mi figura, no tengo tampoco el dinero para pagarme un buen pedicure, no me puedo pintar el cabello, no soy lo suficientemente hembra para arreglarme para un hombre, porque no tengo dinero. Mis gastos únicamente comprenden el pago del auto, de la gasolina, dos o tres trapos, unos cuantos zapatos, ayudas en la casa, comidas en la calle, salidas con los compañeros, gastos medicinales, gastos hospitalarios, gastos de toallas femeninas, gastos de pañuelos desechables, gastos de útiles escolares para las clases, y ya. Si fuera como las demás, como esas señoras que le sacan dinero al hombre, marido o no, únicamente para sus lujos. Yo nunca te supe sacar dinero, ¿ves? ¡No soy una buena mujer! Siempre compadeciéndome de ti, siempre pagué mis salidas porque te pobreteaba hasta el hartazgo, y como te dije: yo no soy tu puta madre.
Es casi hora de irme al trabajo, de darle inicio a la rutina que todos los días me engancha en un círculo vicioso que únicamente me embrutece. Siempre caigo en la monotonía de trabajo-para-vivir-vivo-para-trabajar, siempre estoy enganchada en lo que mis alumnos llaman como “el sistema”. ¡El sistema son mis alumnos! ¡El sistema es mi otro trabajo de oficina! ¡El sistema son mis compañeros putañescos que envidian mi creatividad y no se esclavizan como yo para obtenerla a costa del sacrificio de las relaciones personales! Y dentro de todo, lo que más deseo es que el sistema seas tú, para que tenga el excelente pretexto de amarte-para-vivir-vivo-para-amarte.
Amanece. Otro día más. Mi lucha no tiene fin. Cada día peor. Cada día más depresiva. Mis alumnos. Mis compañeros. Mis clases. Mis llamadas de atención. Mis gritos. El timbre. El cambio de salón. Lo de nuevo. La revisión de libretas. Las juntas del colegio con la directora. La hora de cambiar de trabajo. La entrada a la oficina. La puta-secretaria-querida-del-jefe-en-su-pinche-actitud-de-miardera. Los compañeros de la oficina que se quejan de mi porque no les hago caso. La grilla. La llamada de atención porque no hice lo que me dijo el gato del organigrama de la empresa. La grilla del gato de la empresa. La molestia de la puta-secretaria-querida-del-jefe. La hora de comer. La hora de volver a la oficina. La hora de salir de la oficina. Llego a la casa. Ver la novela con mamá. Hacer la novena de Mamá María. Dormir. No puedo dormir.
Recuerdo que en algún lado dejé la receta del Clonazepan, pero no sé dónde está. No puedo dormir. Mi llanto interno se combina con el externo y lloro doblemente, sangro por todos lados, me duele la cabeza, subí tres kilos de peso, camino como loca alrededor de la casa infructuosamente. No puedo dormir. Recuerdo que estaba en la cocina, en la alacena, reviso y nada, checo otra vez, nada. Me altero. Prendo la computadora y mi consuelo encuentra remedio al verte conectado y me saludas con tu “hola hola”, así, sin signos de admiración, sin comas, como eres tú, despreocupado, rebelde, haciendo las cosas a tu modo, sin que nadie ni nada te lo impida. Platicamos, de pronto dejé de llorar. Haces maravillas en mi, no te digo, me da pena, pero deberían patentarte los psiquiatras y psicólogos, hasta los charlatanes, médiums y tarotistas. Con todos ellos he ido para que me hablen de mi futuro, no sé por qué pero desde que no te tengo me han entrado las ganas de saber cuál es mi futuro, y la verdad, mientras hablo contigo olvido que tengo mis momentos de depresión, ya ni me acuerdo cuando contemplé largas horas el envase de ácido muriático, tampoco estoy segura sobre si le dije al doctor que pienso meterme un cuchillo afilado entre las piernas, ignoro si aventé los libros contra la cara de mi abnegada madre, igualmente no me queda claro si me oriné de rabia el domingo pasado mientras estaba en la misa viendo al padre que pedía la castidad para las parejas jóvenes. Pero me siento tan bien contigo, tan, pero tan bien que hasta el ánimo me vuelve a la vida. Y charlamos, y reímos, y hasta me platicas de tu nueva relación, de esa vieja con la que según tú te vas a casar y yo simplemente no te lo creo. ¿Por qué te casarías con ella si yo te amo? ¿No te das cuenta de que es ridículo? Me da gracia pensar eso de tu boda. Estúpido, tú no te puedes casar con ella, me lo dices porque quieres darme celos, quieres que me enamore de ti. Seguiré tu juego, te haré creer que no te quiero para ver si tú caes en el mío y te dan celos y vienes y me dices qué onda. A lo mejor así reaccionas y te fijas que siempre te he amado. ¡Idiota!
Anoche dormí como niña, como cuando era una bebé. Nada me angustiaba, mis alergias de repente desaparecieron, pude dormir. Inicio labores como siempre, bajo el mismo ciclo, la misma rutina. Pienso en la conversación que tuvimos en el chat. Mi mente no se concentra mientras estoy con mis alumnos. Uno de los muchachos me dijo que soy muy guapa, no es cierto, subí tres kilos y estoy dispuesta a bajarlos de peso porque sé que vendrás a la ciudad, y según me dijiste, vendrás solo. Quiero que me veas delgada, para que cuando hagamos el amor yo no me avergüence ante ti y deje que recorras mi cuerpo en todos lados y me hagas de todo en todo. He estado viendo películas pornográficas hardcore. Vi a una fulana que se metió un dildo doble que le daba placer en el ano y en la vagina, si quieres, eso podemos hacer. También había una chica cabalgando a un negro potente de un pene del tamaño de un caballo, me pregunté como cuánto mides y recordé que una vez me comentaste que calzas del 26, creo que entonces tu “chiquito” debe medir como 26 centímetros. Me prepararé mentalmente para eso. Otra cosa que vi en el Internet fue a un enano dándole a un par de asiáticas, y así, la verdad, me entretuve bastante. ¿Te das cuenta, amor? Me estoy haciendo a la idea de que estaremos juntos. Desde esta semana me he propuesto ver al día como 3 horas de videos exclusivos súper pornos, aunque mi máquina se llene “extrañamente” de virus.
Mi vida, de verdad, ya me he decidido a hacer todo con tal de enmendar mi error. Antes era de mente muy cerrada, gracias a ti estoy descubriendo un mundo lleno de sensualidad y placer que jamás pensé que existiera. La verdad, ¿sabes?, no soy imbécil, siempre supe de esos placeres pero los ocultaba, trataba de acallar mi naturaleza sexual en pro de mi intelectualidad, como dice Freud: lo sublimaba. Siempre canalicé mi líbido hacia las artes, las letras, el estudio, el deporte, cuando te debía abrir el coño en flor, papi. Te amo con toda mi alma, te deseo como no te imaginas. Eres mi luz, eres mi sol, eres mi todo. Desde que veo pornografía asiduamente me doy cuenta de que te tengo que entregar el culo para que seas mío. ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡El hombre literalmente piensa con su verga! Todos los hombres que se han casado este año lo han hecho porque primero desvirgan a las mujeres que eligen de esposas, y cuando las mujeres tienen otras experiencias de relaciones anteriores, ¡más las aman! ¡Por eso el libro de que “El hombre ama a las cabronas”!. Pues claro, una pobre ingenua como yo no sabe ser lo suficientemente hembra para satisfacer a un hombre y por eso nadie nunca me ha pedido matrimonio, ni que sea su novia, su amante, sólo amiga y ya. Pero eso va a cambiar, desde ahora, te lo prometo. Este mismo día iré a la sex shop más cercana a comprarme un dildo en forma de “c”.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.

Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.

Mirones

Desde afuera
Ayer vino el Lector al cuarto, estuvo escribiendo en la libreta mientras nosotros estábamos en el taller de carpintería. Nadie lo molesta cuando está escribiendo, entre los del grupo él es el letrado. Muchas noches pide al bibliotecario que le dé el mismo libro una y otra vez, quizá le gusta. Cuando lo termina se pasea un rato en el jardín de atrás, luego viene, se baña y entra a la cama para otra vez volver a escribir. Escribe en las mañanas antes de que salgamos a la terraza para el ejercicio, luego escribe cuando lee el libro y a veces, en las noches, vuelve a escribir.
El Peluches le preguntó una vez si lo que escribe es poesía, no contestó. Nadie sabe qué es lo que escribe, y tampoco se lo hemos querido preguntar. La única ocasión en la que nos habló de sus gustos fue cuando se puso a cortar el pelo gratuitamente. La pelada no es contribución, hay que darle una ración más de comida para que nos quite las hebras de la cara y de la cabeza, pues acá estos cabrones se ponen muy bravos con las tijeras.
El único amigo que tiene es el bibliotecario. Juanelo es la única persona con la que se acerca a platicar. Le escuché decir una vez que en Estados Unidos la cosa es diferente, que allá la paga es sabrosa y la chinga es dura, pero sabrá Dios, a lo mejor solamente lo dijo para quedar bien. Como todos saben, la joda de los mexicanos es que no tienen de dónde, pos cómo, los trabajos están amarrados pa’ los sindicatos o los hijos de los ricos, y no se puede. Allá, dijo, uno con que le meta ganas sale adelante y hay pa’ todos.
El Juanelo no es raza. La verdad, no sé qué decirle, El Lector supo bien a quién escogía como su confesor, pues con eso de que Juan es “hermano”, cuando hace un juramento se lo promete a Dios que no lo dirá y lo cumple, por eso ignoro qué se traía entre manos.
Esta mañana fue cuando oí decir a un policía que la excavación la tenía estudiada, y solamente porque usted dice que estaba aprendiendo de construcción, le creo que chance y de veras El Lector se instruyó, pero como le digo, no lo sé. Creo que no le soy de mucha ayuda en su investigación

En la mirilla divina
Por la noche estuvo en su cuarto con la pluma en la mano y la libreta asentada sobre el catre. Una delgada hebra de luz natural iluminó la oscura habitación a mitad de la noche. Los ronquidos podrían haberlo mantenido despierto, también los ecos de una violación anal que desde celdas atrás se escuchaban pese a la férrea seguridad policial. En realidad, las ganas de salir de ese lugar eran las que lo mantenían en vela desde hacía 450 meses, dos días, 3 horas y 20 minutos.
El diseño era muy rústico, quizá necesitaría de maderas de la carpintería para mantener el techo firme y evitar así el bochorno de ser atrapado con la consecuente pena de añadirle más fechas a la condena. De inmediato descartó la idea, los custodios notarían que está robando material y sacarían a los perros para dar con el ratero. Además, el robo no era su fuerte, los asesinatos sí, las violaciones también, pero jamás despojar a nadie de sus pertenencias, hasta para delinquir habían límites, se decía.
Por la mañana continuaría con el ritual que él mismo se impuso desde que entró. El hermano Juan, un aspirante a elder de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sería su cómplice sin saberlo. Juan deseaba terminar su apostolado en el penal para regresar a Hidalgo a predicar la palabra salvadora en el pueblo donde prometió guiar hacia el recto sendero a un rebaño de ignorantes niños dejados a su suerte por el Gobierno y la clase política. El Lector, como todos le apodaban, sacó provecho de su ingenuidad para pedirle libros de arte sacro, en particular donde hubiesen catacumbas, persecuciones religiosas y creación de nichos subterráneos para profesar la fe cuando es perseguida. El Hermano, creyendo ingenuamente que había logrado conquistar un alma más, le dio clases gratuitas de diseño arquitectónico ya que se dio la feliz casualidad de que abandonó los estudios de arquitectura para abonar al campo de la prédica moral.
El Lector le dijo que en su pueblo un grupo de pistoleros lo acorraló cuando estaba leyéndole la Santa Biblia a dos huerfanitas, y que, como no quiso que los bandoleros les quitaran la inocencia a la fuerza, tuvo que cometer el agravio de muerte contra los presuntos malhechores. Los pobladores, a sabiendas de que actuó como todo un justiciero, decidieron denunciarlo con el Alcalde del pueblo, un reconocido priista hijo de otro político más grande que estaba emparentado con un ex Gobernador de Nuevo León. Con esta traición lo encarcelaron cuando llegó a Veracruz, de allá salió bajo fianza, pero como le tienen filo, en Yucatán lo encarcelaron otra vez, pues las muertes y las violaciones, dijeron en su pueblo, iban a ir en aumento si no daban con el que se quiso pasar de listo con la autoridad.
Juan creyó todo lo que escuchó con los diez dedos abrazados en posición de oración. Ambos lloraron por las injusticias que hay en México, por las penas que han sufrido, y en un acto sublime de caridad le bajó un libro de arte, con explicaciones sencillas y fáciles como para que cualquier niño pudiera documentarse sobre la creación de catacumbas. El Lector juró solemnemente con la mano en el corazón, que apenas salga del CERESO construirá una cueva para que el hermano Juan siempre les pueda leer la Santa Palabra a los desprotegidos. Desde ese día, El Lector crea y recrea en su mente la manera en la cual hará su hueco para salir del reclusorio.
No obstante, El Lector sabe que afuera del penal hay un parque abandonado y que en punto de las cinco de la mañana hay cambio de guardia, de cuatro a cuatro y media todos están dormidos y que los guardias a esa hora se ponen en la fila de enfrente a platicar dejando que las cámaras graben todo cuando no se dan cuenta. Pero las cámaras tienen un punto ciego: el jardín trasero que sirve de estercolero a los perros. Y aparte, por las noches, cuando se cree que todos están dormidos, en realidad sus compañeros están dedicados a sus ocios nocturnos.
Después de varias noches en las que estuvo merodeando, descubrió, luego de varios intentos por pasar desapercibido, que los perros  duermen mejor cuando les lanza bolitas de algodón con cloroformo. En la carpintería hay muchos líquidos que una persona bien ilustrada como El Hermano puede utilizar, claro, siempre que se tenga la necesaria visión y creatividad para darle uso al conocimiento.
Notó que con tres bolitas se duermen.  En quince minutos se cava un huequito de apenas veinte centímetros de profundidad y, para que no se den cuenta, lo llena otra vez con mierda blanda y así al día siguiente sigue excavando. Apenas se acercan las cuatro y media va al área de duchas a darse un baño profundo. Pasa por las celdas de los violadores que no pueden contener su vicio, luego sigue con la de los delincuentes contra la salud que inhalan bolitas de pintura o resistol, le sigue la de los homicidas que buscan acallar su instinto masturbándose profusamente con ambas manos unos a otros, hasta que llega con sus compañeros de celda, los rateros de poca monta.
 Jamás ha confiado en sus colegas, por eso en sus días de secuestrador usaba a mujeres como cómplices de sus delitos. Después de que ellas lo ayudaban a meter al fulano en la cajuela y lo encerraban en un sarcófago dentro de la tienda mortuoria que le servía para tapar su verdadero negocio, cuando cobraba el pago a los deudos metía el dinero en un nicho religioso, procedía a meter la caja en el auto con la ayuda de sus mujeres, la tiraba en una calle abandonada, llamaba a los familiares, iba al negocio, festejaba con licores, luego amarraba a la compañera en turno a una silla, le hacía el amor con su consenso y siempre terminaba con los descuartizamientos apenas recobraba el aliento del clímax. Por eso lo atraparon, porque la última le salió exageradamente chillona mientras le rebanaba las piernas con una sierra.
Al fin, luego de varias noches de adormidera con los perros y de ocultar las heces fecales con cajas de cartón sacadas de la biblioteca, de las últimas novedades de libros de arte sacro, El Lector vio en su libreta el diseño original y el final. La comparación duró unos cuantos minutos y al fin se decidió a sacar las cajas con hojas pintarrajeadas donde estaban los mil y un bocetos que dieron origen a la versión final. Arrastró el cuerpo en el orificio de noventa y cinco centímetros de diámetro, al minuto 28 estaba totalmente bajo tierra; en el minuto quince vio la luz del otro lado, cuando dio el minuto cuatro los silbatazos de cambio de turno estaban afinando el sonido terminal para concluir la labor de la noche. En el minuto uno respiró aire del otro lado. Libertad.

La realidad desde dentro
Creo que esto no puede volver a repetirse, la verdad es que ya estamos hasta la madre de estas pendejadas. Vea, vea lo que le digo, nomás me pongo a platicar con usted y la pinche vieja esta manda a sus guarros. Hay que hacer algo, le digo, no podemos seguir así.
Ayer hablé con la señora para decirle que no estamos de acuerdo, que esto del Paso Deprimido no es de yucatecos. ¿Sabe qué hizo? Me colgó, o sea, ¡me colgó!.
Como ciudadana, independientemente de que tenga más afinidad con el PAN, le digo, esto no es de gente decente, ¿y así se dice Alcaldesa de Mérida?
Creo que si nosotros somos personas que amamos a Mérida, cosas como la de ayer, como la del 4 de julio, no deberían repetirse, y lo que vamos a hacer nosotros es que la sociedad jamás lo olvide.
 Yo ese día estaba acá, acá mismo, y hoy, repito, como gente decente que ama a Mérida, he vuelto, para que la gente tenga memoria del horror, de la violencia que vivimos ese horrible día en el que la democracia decantó en servilismo, en cacicazgo, en las viejas mañas del PRI.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.

Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.

El único amigo

Pablo siguió al pie de la letra las recomendaciones que le dio la maestra. Tenía que hacer bien el trabajo para evitar la golpiza que los chicos iban a darle si no conseguía los diez puntos de la calificación final. Las hojas en blanco iniciaban con las oraciones acompañadas de las imágenes de la Revolución Mexicana. Solamente con ello tendría la mitad de los puntos asegurados, la otra parte dependía de la exposición de mañana. Pensó que era buena idea explicar las razones por las cuales creía en las causas que dieron inicio al brote de las luchas agrarias para evitar que la profesora se fijara en la haraganería de sus compañeros.
Toda la noche trabajó solo en su habitación con los libros de la biblioteca. El piso de cemento se manchó con la tinta que chorreaba de los bolígrafos. En ese momento Mamá veía “Los amores de Lucía” en la televisión. Cuando a Pablo se le acabó el Resistol fue a pedirle dinero a su madre para comprar el repuesto. Mamá gritó desde su hamaca que se estaba rajando el cuero lavando de casa en casa ropa sucia para pagarle todos sus caprichos y que era un maldito desconsiderado pues desde hacía dos meses esperaba que “Enrique Alberto” le declarara su amor a ”Lucía del Carmen”. Sin moverse de su lugar concluyó su retahíla de comentarios maldiciendo el nacimiento de su hijo.
En su mente Pablo difería de la opinión de Mamá, jamás la había visto matada al trabajo como ella decía. Su padre tampoco era un ejemplo de virtudes laborales, siempre llegaba con aliento a “Jerez” de 24 pesos. La madrugada de la exposición no iba a ser diferente. Esa noche Papá llegó a la casa tambaleándose entre los muebles antes de sentarse en el sofá para ver a la rubia gritona de los infomerciales que le aconsejaba recobrar su potencia sexual. Apenas la vio con su escote a medio pecho, Papá se metió la mano dentro del pantalón.
Era ya de madrugada y Pablo seguía trabajando en los carteles. Sin el Resistol era casi seguro que se ganaría una paliza. Le faltaba pegar los recortes de las planillas en las hojas en blanco. Acostado en su catre pensó en la manera de robar algo de pegamento a las secretarias.
Pablo nunca había tenido éxito con las autoridades. Si Jaimito Ruiz iba con su rostro blanco lleno de largas pestañas y cejas abundantes a solicitar un préstamo, las secretarias cedían a sus encantos. Muchas veces los favores para Jaimito estaban acompañados de halagos, uno que otro apretón de mejillas y saludos a la madre por haber tenido a un niño tan lindo. Pero la cosa cambiaba mucho cuando el joven moreno Chi Puch Pablo, de orejas saltonas y dientes montados entre sí, acudía con las doñas a pedir favores.
Si el robo del pegamento no funcionaba con las secretarias, la otra opción eran las niñas del colegio. Sabía que era muy arriesgado sustraer cosas de las oficinas aunque estuvieran atestadas del material que necesitaba para las clases. No podía permitir que los prefectos vieran que robaba Resistol, eso le costaría la expulsión inmediata de la “Secundaria Técnica 20”. El hurto iba a manchar su historial de buena conducta, además no valía la pena que por un atraco de poca monta dejara de prepararse para ser un buen ingeniero, como esos que son los jefes de Papá en la construcción.
Sí, las niñas siempre llevan al salón estuches de colores, tajadores de formas graciosas, gomas para borrar con la silueta de Hello Kitty, plumas de sabores, estuches con la cara de Hannah Montana, lápices de fino flecos, entre sabe Dios qué tantas chucherías les compraban sus padres.
Faltaban dos horas para entrar al colegio. En 120 minutos muchas cosas pueden suceder, presintió. Sin haber dormido toda la noche Pablo comenzó a pensar en las posibilidades de que las cosas salieran mal. A lo mejor el perro orina sobre el trabajo o el gato lo araña, quizá hasta Mamá lo tira a la basura pensando que es otro de sus fallidos bocetos arquitectónicos.
Con la garganta seca se levantó del colchón yendo en dirección a la sala. Papá se había quedado dormido con la televisión prendida. Era mejor actuar rápido, tenía que sacarle la billetera del pantalón. Los pocos centavos que tuviera son de mejor inversión para el trabajo de Historia que para el café de la borrachera.
Una actriz que fue muy famosa en los ochentas estaba hablando en la tele sobre cómo cambió su vida cuando se puso la crema antiedad de los laboratorios Vichy. Mamá dormía con la boca abierta sobre la hamaca, el perro estaba debajo suyo hecho un ovillo mientras que el gato negro salía y entraba a la casa en busca de ratones y cucarachas. Papá balbuceaba unas palabras incomprensibles en el sofá. Las imágenes de los prefectos sacándolo como bolsa de basura del colegio venían a su mente al igual que las risas de las niñas que siempre lo ignoraban, y los golpes, tantas magulladuras de los que se sientan atrás, los comentarios halagüeños de las secretarias hacia Jaimito y las burlas, pinches burlas.
Pablo sigilosamente acercó una mano a la bolsa de su pantalón. El frío de sus huesudos dedos provocó que ese toro de más de cien kilos lo sujetara por la mano acercándolo hacia sus dientes cariosos que expedían el vaho del licor.
-Yo siempre he pensado que eres un putito. Sólo los putos van a la escuela; los machos trabajamos – dijo con voz grave en su oreja.
Pablo apenas pudo susurrar: “No tengo Resistol, Papá”. El padre ya estaba algo más despierto y colérico le reprochó “¿y por un pinche Resistol vienes a manosearme, cabrón?”. Pablo notó que sus ojos rojizos apenas distinguían su presencia en esas horas del amanecer. “¿Sabes lo que tengo que hacer todo el día mientras tú nada más te la pasas pensando en tu pinche Resistol?”.
Pablo no tenía respuestas para tantas preguntas. En primer lugar, él no se la pasaba pensando todo el día en el Resistol, solamente horas antes de ir a la escuela se le ocurrió que quizá sería conveniente comprar en la tienda de la esquina algo de pegamento para colocar las figuras que faltaban. En segundo punto, ¡por supuesto que Pablo conocía la clase de trabajos que Papá desempeñaba en la constructora! Varias veces lo había visto durmiendo sobre las pilas de cemento en pleno mediodía con el ombligo aire. Sus compañeros le permitían que desde las diez de la mañana se ausentara para ir con el jefe al bar más cercano a festejar que ya llevaban quién sabe cuántas casas edificadas. Pero la cosa iba más allá, en realidad Papá era el bufón de la cuadrilla de albañiles. Cuando salía de la cantina se ponía a mentar madres, bajarse los pantalones, bailar con los homosexuales que ofrecían sus servicios en las esquinas, y como telón de fondo, sus compañeros y los mismos ingenieros y arquitectos le lanzaban monedas para que, cuando se agachara, le dieran nalgadas con los sacos de cemento.
-¡Contéstame! ¿No te han enseñado que cuando te pregunta una persona mayor tienes que responder, eh?  ¿Para eso vas a la escuela, para ser un pendejo? ¿Por eso me pediste el Resistol, porque quieres ser un idiota? A mí ningún hijo de su chingada madre viene a jugarme el pito, ¿lo entiendes?
Sus brazos se alzaron al aire para descargar su ira en las mejillas de Pablo. Un hervor sanguíneo recorrió por sus venas cuando a borbotones le salieron las lágrimas sobre su cara. Mamá se levantó desesperada preguntando “¿qué pasa?, ¿pero qué sucede?”. El padre se quitó el cinturón de soga que suspendía aquellos pantalones blanquecinos ensuciados por la cal.
-¡Déjalo, déjalo! ¡Lo vas a matar! Cálmate, Eusebio, ¡cálmate! ¡Déjalo en paz! ¡Eusebio, por favor! ¡Déjalo en paz, coño!
Pero era en vano. Papá tenía como objetivo fijo a Pablo, aunque eso significara que luego tuviera que llevarlo al hospital. “¡Un maldito Resistol, mi hijo el puñal me mete la mano en la verga por un ‘jueputa’ Resistol!”, repetía incansablemente ante los gritos de la señora que veía a su hijo doblegarse con los golpes.
Los Padrenuestros de Pablo no fueron suficientes para que ese furibundo hombre suspendiera los impactos de mano que su mujer daba a su espalda. En pocos minutos la camisa de algodón con leyenda “Vota por Mario el 7 de julio” se abrió por los costados permitiendo que la carne viva de su hijo quedara expuesta.
Los vecinos oyeron varias veces los gritos de “ya, Papá, perdóname, lo siento, no me pegues, Papá, ya no me pegues, lo siento”, pero nadie se atrevió a intervenir por temor a lo que Eusebio les hiciera después. Su mal carácter cuando se emborrachaba tenía bastante fama en el barrio.
Mamá fue por la escoba para asestarle un trancazo en la cabeza a su marido. Eusebio cayó al suelo por el primer golpe. Una parte de la escoba partida en dos por el impacto en la cabeza salió volando hasta la puerta de entrada. Por poco rompe la tele que en ese momento mostraba los últimos avances de las noticias. “En Palestina un grupo de rebeldes del gobierno amenaza con lanzar una bomba”. El perro huyó apenas notó que la violencia minaba la casa; ya era el padre, luego la madre, ahora la tele...
El otro palo de la escoba partida lo usó Papá para metérselo a Mamá entre las piernas. Por los comentarios de la colonia sabía Pablo que su madre era una callejera muy visitada por los hombres, y que gracias a Eusebio tiene una vida decente, honesta y honrada. A medida que su padre le horadaba las entrañas con cucharas y tenedores volvió a saber de la historia ahora narrada por Papá. Cuando estaba ya más tranquilo, como veinte minutos después, se acostó junto a ella a dormir. Mamá se quedó con la cara bocabajo ahogando el llanto. La falda del vestido que decía “Visita Progreso” quedó manchada de sangre.
Pablo salió de la casa con los moretones guardados bajo la rigidez del uniforme. En una mano traía el trabajo responsable de sus desgracias. A medida que caminaba sentía que la escuela iba a ser un refugio. En la puerta del salón estaba la maestra esperando a su grupo. Usualmente le preguntaba cómo le había ido en casa, pero ese día ella también tenía sangre entre las piernas, y lo peor, le duraría una semana. Su mal temperamento lo descargó sobre Pablo cuando vio que faltaban los recortes de Venustiano Carranza. “¿Qué dije sobre los papeles en blanco?”, preguntó. Lástima, se dijo Pablo, desperté a Papá en balde.
-Oye, Ratón, ¿por qué no hiciste el trabajo? Por tu culpa la maestra no nos va a poner diez puntos –le dijo uno de los compañeros del equipo de estudio.
Pablo no contestó, demasiados problemas tenía en casa y ahora con la maestra como para continuarle con los compañeros.
-Armando te hizo una pregunta, Ratón –y acompañó su gentileza por el otro compañero con un libretazo en la cabeza.
La maestra abandonó al grupo para irse a cambiar la toalla femenina, era cuestión de minutos para que sea el hazmerreír del grupo. Antes de que ocurriera el penoso accidente recomendó que leyeran la página 17 porque iba a hacerles preguntas.
Apenas salió del aula se oyó desde el fondo -Oigan, el Ratón no entregó la tarea. Dice que toda la noche estaba comiendo queso –en eco se oyeron las carcajadas de los compañeros que supuestamente estaban trabajando.
-¿Cuál queso? Si este Ratón sólo come puro chile, es Ratón Chilero. Dice que el queso de lejitos porque le da asco –espetó el Rulos avivando la risa grupal.
-¿Ya lo viste, Ratón? Además ‘ta sordo este “guey”, deberíamos llamarlo Dumbo por sus orejas – indicó Mario jalándole los lóbulos por detrás.
-No porque Dumbo está gordo, éste a duras penas tiene para comer. Es como su padre, le gusta el “marisco”. Por cierto, ayer lo vi con los travestis de la 50, ¿qué te parece, Ratón?
Pablo miraba los rombos de cerámica del suelo mientras oía detrás suyo a la banda que prometió darle una paliza. Los puños se le agrietaron con cada comentario de sus compañeros de clase. Las niñas que estaban a su lado con los libros asentados encima de las faldas se distribuían miradas de complicidad por los insultos que, entre broma y broma, mostraban mucho de la personalidad del que apodaban Ratón, pues todos sospechaban que traía las mañas bisexuales del padre.
La maestra entró al salón con sus habituales “cállate y siéntate”. Cada vez que se apretaba el vientre por las pulsaciones de los cólicos, papeles con saliva hechos bolita chocaban sobre los cabellos aplastados por el gel. A Pablo le pegaron en la espalda varias leyendas que lo señalaban como homosexual.
Durante el tiempo que duró el primer bloque horario de enseñanza reconoció que a nadie le importaba, ni siquiera a los que se decían sus compañeros pues lo usaban para que les hiciera las tareas. Las niñas no lo tenían de fiar por sus modos muy finos de tratar a la gente; siempre con voz delicada, preocupado por hacer bien la tarea, por colorear los bordes de las libretas con los colores prestados, ¿acaso no se los podían comprar?, se preguntaban.
Los chicos tampoco lo invitaban a los partidos de fútbol porque no sabía cómo patear la pelota. Les molestaba verlo tan pendiente de seguir las indicaciones del docente en turno. Además no podía ser varón por esas maneras delicadas de escribir, con mucho detalle en el arqueo de las vocales redondas, ningún hombre hacía eso, y menos se iba de lambiscón con los maestros para platicar sobre sus vidas personales y pedir asesoría.
Cuando timbraron para el receso varios de sus compañeros decidieron demostrarle que no formaba parte de ningún bando, ni las niñas lo querían ni tampoco los niños. El adorado Jaime Ruiz estaba presente cuando todas sus pertenencias fueron arrojadas en la cancha principal.
-Esto es porque me caes mal –dijo uno al momento que lanzaba al aire sus libretas de Cemento Maya.
- Esto es porque no hiciste la tarea como quedamos –dijo otro doblando en más de tres partes los lápices de la Coca Cola, de Vota por Mario y del Carnaval 2005.
- Porque eres una mariquita – señaló un tercero pateando la bolsa de plástico de Dunosusa que le servía de mochila escolar porque Mamá no cosió el fondo del sabucán de Pollerías El Milagro.
Pablo suspiró con tristeza viendo que sus humildes pertenencias eran despedazadas en la cancha. Unas hojas con las firmas de los maestros volaron en dirección a su cara y no le importó. Los borradores gastados por el uso terminaron su ciclo de vida siendo mordidos por el bello Jaimito, quien no pudo evitar las ganas de sumarse al festín de la degradación ajena.
El área deportiva siempre recibe monitoreo por los prefectos, pero ese día era especial. El tal Mario Vargas acudió a la escuela en busca de simpatizantes y los maestros del partido tricolor salieron a su encuentro. La maestra de Historia que usualmente había sido apolítica, tuvo que tragarse su orgullo y varias pastillas contra los cólicos menstruales para solicitarle al aspirante a Gobernador que le diera más horas laborales.
Pablo estaba solo en el mundo. En casa Papá seguiría ultrajando a Mamá porque no le perdonaba su pasado. En la escuela no tenía a nadie que lo defendiera de las patadas, puñetazos, ofensas, salivazos, comentarios denigrantes, extorsiones y miradas burlonas, de esas que demuestran conmiseración fingida. La maestra de Historia no era su amiga, los prefectos sólo cuidaban el orden. Su mote de Ratón por su físico reflejaba muy bien sus intenciones de hacerse de bienes ajenos.
A medida que la sangre le comenzó a salir de la nariz se imaginó a las secretarias defendiendo a Jaimito del ataque en la cancha. Algo tramarían para señalarlo culpable del azote escolar. “Pero si era juego, él lo propició todo”, “los niños revoltosos tienen lo que buscan”, “así son las cosas”, “son jóvenes”, “donde vive está acostumbrado a este tipo de interacción social”, “lo vimos todo, él empezó”, “si así tratan al padre, qué podemos esperar del hijo”. Esas voces de las secretarias, los prefectos, los maestros, del orientador, de todo el personal de la escuela que ahora estaba con el político retumbaban en su cerebro. En casa el padre le diría: “¿ya lo viste?, salgo a trabajar y tú te metes en problemas, te encanta que te carajeen tus compañeros, ¿para eso me parto la madre todos los días?”.
Bajo los cuerpos amontonados sobre el suyo se preguntó en silencio: ¿dónde está Dios que no me lleva con Él? ¿Por qué no me he muerto? Sus lamentos cobraban sentido. Al fin la solución salía a  la luz cicatrizando las heridas recibidas desde anoche.
Antes del beso entre “Enrique Alberto” y “Lucía del Carmen”, Mamá le dijo, entre tanto parloteo,  que su nacimiento era uno de los errores más grandes que había tenido en toda su vida y de los cuales aún, a pesar de 14 años de unión con Eusebio, seguía arrepentida.
Anoche Mamá le volvió a gritar claramente que si en sus manos estuviera la posibilidad de regresar en el tiempo jamás hubiera parido al hijo del albañil de Eusebio, hubiera seguido la vida de tragos con los hombres y no la de aguantar a un pobretón que sólo le ha traído problemas. Mientras Pablo centraba su atención inútilmente en la falta de Resistol, esas palabras calaron hondo en su ser, como las otras ocasiones en las que por razones similares las había escuchado de su misma boca.
Cuando los adolescentes se alejaron de la cancha, con los puños más repuestos, Pablo reanudó sus pensamientos en silencio. ¿Para qué vivo si nadie me quiere? ¿Por qué estoy en este mundo si no dejo de ser el hijo que tuvo un albañil con una piruja? ¿Qué clase de sentido puede tener mi vida si nadie me trata como a Jaimito? ¿Por qué no me he muerto si soy un humilde Ratón deseoso de robar cuando no me dan las cosas que necesito para ser ingeniero? ¿Para qué sigo respirando si no tengo un amigo?
Pablo sabía exactamente lo que tenía que hacer en plena tarde, cuando Mamá no estaba en casa porque lavaba ropas ajenas. A las cinco y media cuando Papá seguía ebrio divirtiendo a los alarifes. Justo en el momento en el que la señorita Martínez se cambiaba por tercera vez de ropa interior en su departamento. En la hora exacta en la que Jaimito besó por vez primera a una de las niñas del salón. Por única vez en su vida Pablo bebió una botella de ácido muriático.
El sabor amargo del líquido recorrió toda su garganta. Pasó entre los dientes chuecos con mucho trabajo. Los retortijones de estómago fueron tan agudos que por poco aborta la idea. Un poco más, falta poco, se dijo. Aguantó el tiempo que fuera necesario para que el químico surtiera efecto. Pero esos breves minutos se estaban volviendo una eternidad, así no podría darle pronto fin a su propósito. El hacha de Papá estaba cerca, en la parte de abajo del fregadero relucía con su filo de acero. No pudo levantarse para coger el filo y abrirse él solo la cabeza. La falta de fortaleza en el cuerpo le impidió concluir sus intentos suicidas.
El perro entró al momento de la agonía. Ni tardo ni perezoso lamió una a una las gotas de la comisura. El ácido fue más rápido y letal con el mejor amigo del hombre. Pablo, soltando algunos ayes, lamentó la muerte del único que le tenía un aprecio sincero en esa casa. El desenlace estaba cerca, lo veía venir, allá, en ese lugar donde de nuevo los ladridos caseros lo recibían con alegría en el otro mundo. Al fin Pablo encontró la paz.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.
Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.

Un gato bajo la sombra

He visto tanto que nada me sorprende. En otras casas, en el mismo barrio, la emoción, la alegría, todo retorna como un eterno presente. Ahora está feliz, pero eso no dura. ¿Quién se lo cuidará ahora? Los muros de las casas son como sus dueños, se reservan para sí sin dar para fuera. Sé que el niño habrá de chocar su hocico contra diversos puños familiares antes de reencontrar la seguridad que le daba su cariño.
Hace dos soles levantó sus ramas bajo los rayos dorados que iluminaban la concha en que vivía, desde que los cuervos acallaron su hambre. Nadie lo vio renacer. Ni el gran astro tuvo oportunidad de salir a su encuentro después de tantos días de ensueño entre los gránulos de la muerte.
La cara la tenía aún metida en polvos de otra vida cuando los saciados buitres se posaron sobre árboles más grandes. De un lado y del otro la vida estaba de pie como cada mañana, llegando desde el velo de los sueños y la necesidad de la esperanza.
Consciente de su nuevo estado, buscó la presencia del que lo puso en el eterno descanso y… Nada, no estaba en su despertar. Las bocas antes besadas quizá le hacían compañía en el camposanto, pero no había manera de saberlo. Como él, muchos ya estaban en alturas diferentes, a grandes distancias, inmóviles, atestiguando el paso de las nubes.
No está, se dijo. La agitación de sus hojas atrajo a las hormigas que lo usaron para pasar comida a los oscuros huecos donde moraban. Cerca de él acechaban algunas aves de patio mientras abrían su pico en espera de atrapar a los insectos que cargaban las migajas de pan.
En sus años de humano hubiera refunfuñado por tener un vecindario tan latoso, pero no sería este día. Hoy era el momento de celebrar con los vientos los cambios del clima, que con dulzura iba meciéndolo en una danza interminable mientras caía la lluvia.
Por la tarde sus extremidades fueron agigantándose mientras las sombras jugaban sobre su verde cuerpo. Un abultado abdomen salió vigorosamente de lo que parecía un sombrero enredado en la cabeza. Como el agua y yo nunca nos hemos llevado bien, durante toda la transformación permanecí oculto, con la cola entre las patas, mirándolo desde la cuna improvisada en el interior de una llanta tirada sobre la maleza.
Largo rato entornó su rostro hacia mí. A lo mejor me reconoce por las veces que pisé sus geranios, brinqué sobre su camión en busca de cama para la noche o por las múltiples ocasiones en las que me correteaba con la cazuela, a pesar de que le ahuyentaba a los ratones.
Estuve en su vida tantas veces, que una vez presencié cuando el niño le lanzó una flor sobre su estuche de madera, y en otra, sin quererlo, observé a Felipito por una callejuela buscando en el oscuro rincón la abrazadera del abuelo. Con la cara manchada de líquidos transparentes, emanados tanto de los ojos como de la nariz, sobó sus brazos amoratados todo el tiempo que el moho y la humedad se lo permitieron.
Las nueve vidas que he tenido me permiten asegurar qué pasará en menos de lo que cambian las estrellas. Antes de ser el árbol de ceiba más grande del pueblo, el amor que aún lo ata a la Tierra le servirá de fuerza para sacar el pecho hacia arriba durante la madrugada. Su presencia será tan imponente que ni las gallinas tendrán poder para derrumbarlo. La gallardía de su tronco será el comentario de los grillos que buscarán mecerse entre sus filamentos. Una que otra cucaracha nocturna entablará la infructuosa guerra alada contra sus refinadas hojas. Las ratas sacarán provecho para andar ocultas bajo su tallo, creyendo inútilmente que no las podré cazar.
Sin embargo, aún me faltan más horas para decir que todo lo he visto. Algo me indica que dentro de un par de estaciones su pasado quedará en el abismo del recuerdo. Y así como los críos abandonan el nido en busca de su propio vuelo, los niños sueltan los amarres del cariño para encontrar su propio destino. El nieto dejará de ver al abuelo encarnado en árbol, la gente enternecida por esta historia le colgará columpios para emprender otro ciclo de la vida, y él dichoso se les dará pensando que cumple con la nueva función que está obligado a emprender por la mudanza de cuerpo, tara cruel que persigue a quienes cargamos la pesada inmortalidad.
Hoy despierto con los bigotes remojados en el charco cristalino de la vaguada. Sus ramas acarician la cola de los pájaros en vuelo mientras éstos se dirigen hacia montes encumbrados para alimentar a los hijos. Amigo, has crecido, le digo. Su mirada se mueve de un lado a otro con asentimiento. Un par de hojas caídas estrechan mi alma.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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