domingo, 27 de enero de 2013

León

León salía del colegio a las diez de la mañana, como todos los días. La lluvia había amainado desde muy temprano, pero las calles seguían inundadas dejando charcos en las aceras. Sus zapatos irremediablemente acabaron mojados, sin importar el esfuerzo que hizo para que sus únicos tenis  no se estropearan.
No es que sea muy pobre, León tiene muchas cosas. Su recámara está repleta de juguetes G.I Joe que su padre le dejó en herencia antes de morir. En el tocador de mamá estaban los osos  de peluche y las muñecas que la prima le llevó para que se entretuviera desde pequeño, en parte porque sabían que mamá desde su nacimiento nunca le volvió a comprar juguetes, ni siquiera Santa Claus le llevaba aquellos que él siempre deseaba, esos que anunciaban en los comerciales entre las caricaturas.
Rumbo a la casa, León se percató de que no estaba solo, detrás suyo estaba Chucho. No es que le tuviera miedo, pero a los siete años un perro del tamaño de Chucho es imponente y representa una gran amenaza cuando se tiene casi un metro y treinta centímetros de alto. León corrió con todas sus ganas, Chucho fue detrás de él. Gritando por la euforia, León tenía los ojos bien abiertos, igual Chucho, que mientras escuchaba al niño emitiendo sonidos de loco, ladraba haciéndole compañía.
León llegó a su casa en menos de cinco minutos, el colegio no estaba tan lejos del hogar. Chucho se detuvo frente a León, ladrándole a la cara. El niño comenzó a reír mientras ese perro tonto seguía emitiendo ruidos. No recuerdo si fue “adiós” lo que dijo el jovencito vestido con ese suéter azul de colegio para niños católicos, al parecer sí aunque Chucho no lo dejaría en paz.
Mamá no estaba en la casa, ella siempre sale desde temprano a trabajar y regresa muy noche con uno de sus amigos. Todas las noches es uno diferente, y siempre es el cuento del “tío”. León ya no cree tener tantos familiares, no obstante ayudará a mamá a representar esa farsa del tío y del sobrino porque sabe que mientras duerme, mamá se lo llevará al cuarto para llorar como hacía con papá, con quien en muchas ocasiones gemía al decir sus nombres.
Como es temprano, prende la tele para ver caricaturas y soñar con aquellos días en los que papá llegaba a la casa, mamá estaba esperándole con la comida hecha, y todos eran felices. Una lágrima corría en sus redondas mejillas hasta que el ladrido le sacó del recuerdo que siempre le venía  a la mente a esas horas fúnebres que marcaban todos los días el momento de la partida de papá al Cielo, como dice mamá.
Chucho ladró muy fuerte al pie de la ventana de León. “Vete, anda, lárgate”, de nada le valió pues Chucho seguía llamándole la atención. “¿Qué quieres?”, dijo León al tiempo que se acercaba a la cocina buscando comida para darle. Los ladridos eran más fuertes. “¡Lárgate!, tengo cosas qué hacer”. En realidad no tenía nada qué hacer, sólo lo mismo de siempre, ver tele, recordar a papá, esperar a mamá y hacerle creer que se cree que tiene un nuevo “tío”.
Los ladridos aumentaban de tono, León, harto, le lanzó desde la ventana unas lascas de  jamón de pierna. Chucho aprovechó el manjar que la recolectora de basura nunca hubiera sido capaz de darle.  Cerró la ventana, subió el volumen de la tele y se acomodó para volver a lo habitual. Pero los ladridos se intensificaron. “¿Quieres más?”, y se apresuró a bajar las escaleras para buscarle otras piezas de comida. Él mismo no había comido, seguramente mamá ni cuenta se daba que únicamente comía en los desayunos y cenas con ellas, de resto se la pasaba llorando solito.
La comida acumulada en el refrigerador tenía  ganas de salirse del contenedor de fríos. En un momento, esa cantidad bajó de densidad considerablemente. Un milagro, eso tiene que ser. León sacó la comida para alimentar al hambriento Chucho que esperaba su llegada moviendo la cola de lado a lado. Al acercarse, le dio la comida traspasando con sus manos los barrotes del enrejado. Ambos comieron juntos.
-Mamá nunca me dejaría tener te en casa. Esto es lo último, ¿va? Te lo comes y te vas. Yo no he hecho mi tarea, tengo que hacerla porque si no voy a volver a reprobar. Desde hace meses que no paso ni una materia. Las maestras del colegio siempre llaman a mamá, pero ella cuando llega les dice que para eso les paga, para que vean que estudie. No sé qué pensar, las dos tienen razón. Mi mamá les paga para que estudie, pero las “mises” también tienen razón, porque se me olvida hacer la tarea. No era así, con papá yo siempre hacía mis tareas. Él siempre le pedía a mamá que viera que nada se me olvidara…
Como si el perro lo entendiera, bajó las orejas que tenía paradas en señal de alerta,  León se sentó a su lado y siguieron platicando. A cada palabra de León, Chucho, detrás de la reja, hacía mugidos y le veía con ojitos tristes, casi comprendiendo su dolor. León no lloró frente a Chucho, no quiso parecer débil, pero como si éste lo presintiera, le lamió los ojos rojos que desde hacía rato, cuando comenzó a hablar, traía en la mirada.
Los barrotes no fueron obstáculo para que los dos se entrelazaran en un abrazo fraterno. La lluvia cayó de repente. Era una lluvia torrencial, como la de esa mañana. Chucho tiritaba de frío, León también, pero ninguno de los dos se soltó, amenazantes en la intemperie, ambos desafiaron las leyes de la biología básica, mostrando que las enfermedades no les podían hacer nada. Largo rato llovió, ninguno de los dos se percató de la fuerza de “Wilma” que en la ciudad estaba causando destrozos.
Un árbol fue derribado por el viento ciclónico. Las líneas de comunicación que se tendían sobre las casas como telares de araña estaban echando chispas al aire. Los dos amigos sintieron un fuerte sacudón. Fue un calorcito que nunca antes habían sentido, lo que hizo que nos volviéramos a encontrar.
Al vernos por primera vez, León me preguntó quién era, le dije que era la dueña de las muñecas que estaban en el cuarto de papá y mamá. Nos abrazamos y comprendió todo lo que hice.
Al vernos por primera vez, se quedó helado, como si me hubiera visto desde siempre. Preguntó por mi nombre, le respondí. Descubrió la verdad. Desde entonces nos abrazamos como ese día.
Al vernos por primera vez, quiso explicaciones casi científicas, como las que le daban en el colegio. Tuve que ser paciente y explicarle con el lenguaje del mundo que yo era esa niña con la que debió venir al mundo, pero que por negligencia médica el pediatra me declaró un producto mal formado callando la verdad con su conciencia.  No le dije más.
Al vernos por primera vez, León reconoció que alguna vez éramos uno en algún lado, hace mucho tiempo atrás. No me pidió muchas explicaciones, sólo que me identificara y así fue como reconoció mi nombre en las noches agitadas de mamá, esas en las que hasta ahora mantiene el mismo ritual con sus amigos.
Al vernos por primera vez, León entendió que Chucho era la forma que adopté para traérmelo acá, donde nuevamente él, papá y yo somos uno solo con el Espíritu, como era desde siempre, al principio de la creación.



Erika López Rodríguez.
Escritora.
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