Todos me dijeron que me iría muy bien como comunicóloga, pronto tendría un trabajo decente en algún periódico, a lo mejor terminaría como articulista de revistas del corazón, posiblemente me convertiría en una celebridad local… Nada más lejos de la realidad.
A más de quince años de haber salido de la escuela comienzo a replantearme la idea de volver a estudiar para tener otra oportunidad, ser alguien en un futuro no muy lejano para que mis hijos estén orgullosos de mí, para que mi marido no piense que se casó con una fracasada. En el fondo creo que lo hago por mí, pero es bueno ponerlos de pretexto, me parece más loable y la gente no me juzgaría tanto a la hora de comentar que abandoné la crianza de los niños y el cuidado del esposo por un par de libros, tareas semanales e idas de nuevo al colegio.
Lo que me da tristeza es que siempre fui una alumna modelo. Todas las mañanas llegaba al plantel con una gruesa bolsa de libros para estudiar en el salón, más bien para que cuando el profesor me hiciera preguntas pudiera responderle con la ciencia en la mano, sin recurrir a la memoria. A lo mejor debí haber memorizado mejor y más, esas inseguridades de no saber con certeza de lo que estoy hablando aún me persiguen en la edad adulta. La vez pasada uno de los pequeños me pidió permiso para salir y se lo negué porque no hizo la tarea, luego me rebatió que esa tarea no era importante y que lo podía hacer mañana temprano antes de ir a la escuela, su padre también me hizo dudar de mi postura y acabé dándole permiso sin presionarlo para terminar las ecuaciones de tercer grado de matemáticas. Creo que yo tengo razón, pero me cuesta trabajo defender lo más básico.
Mi marido vende en una tienda dentro de una plaza comercial los dulces que por la noche prepara. Me da vergüenza decir que yo tengo un título universitario y él es, nadie. Cuando nos casamos me prometió continuar la carrera de ingeniero agropecuario, pasaron los años, llegaron las deudas, los hijos, y no pudo volver a la universidad tecnológica. Durante todos estos años yo lo he estado apoyando con los gastos corrientes de la casa, pero a precio de no ser la clase de periodista que soñaba ser. Nadie me dijo que para ser la sucesora de Elena Poniatowska necesitaba tener una familia pudiente respaldando mis sueños, de lo contrario es muy duro trabajar y mantenerse.
Mi madre no es muy buena con la administración de la casa, por eso trabajo, para mantenerla a ella y a mi marido y a los niños y al perro y a mí. Todos los días soporto lo mismo de siempre. Un jefe gritón que quiere que escriba rápido y sin errores, que me critica por no entrevistar a los políticos más trascendentes del ámbito local, más bien, sus cuates. Me critica con carajizas diarias sobre la manera en la que visto, que es muy llamativa; la forma en la que hablo, muy impropia; la manera en la que me comporto, demasiado infantil; mi falta de profesionalismo, más bien, de lambisconería para con él y los demás jefes y subjefes que me hacen la vida de cuadritos, empezando con su secretaria-asistente personal, una legítima gata igualada que se siente con poder de gritonearme cuando no cierro bien la puerta de la oficina principal, cuando mis hijos me hablan para decirme que por las tardes tengo que sacar tiempo para llevarlos al colegio a la clase de deportes, por todo.
Jamás pensé que con esto iba a tratar. ¿A dónde fueron mis sueños de ser reportera de guerra? ¿Dónde están las tantas imágenes oníricas que durante varios años alimentaron mi ego y nutrieron mi autoestima con aires de grandeza y libertad? No puedo renunciar al trabajo, lo necesito para comer, no puedo salirme e ir a otro, ya tengo cierto tiempo con determinada cantidad de derechos laborales que, de lo contrario, si me quito los perderé. No puedo hacerle eso a mi familia, siento que sería muy egoísta al truncarle a mis pequeños la oportunidad que yo no tuve, de ir a un colegio de paga, darles dinero para las salidas semanales con las amistades por las plazas comerciales, de apoyar a mi esposo, pues las entradas de la tienda de pasteles y artículos para las fiestas en realidad no deja mucho para vivir decentemente, al contrario, gran parte de las veces yo acabo comprando y pagando la renta del local e implementos de repostería, entre uno que otro artículo para revender.
¡Qué harta estoy de todo esto! Cumplí 35 años y como si hubiera llegado a los 45. El matrimonio, después de todo, no es muy natural. Una se casa pensando que las cosas van a cambiar, que de verdad él va a terminar la carrera, trabajar para el centro regional de investigaciones del campo, que me iría a vivir a una buena zona de la ciudad, no que acabaría siendo yo la que mantenga la casa y a él, más mi madre y el perro. Pobre animal, me dan ganas de sacarlo a la calle para darle libertad pero no se puede, la ciudad está ya tan poblada que hacerlo sería un crimen total, en menos de dos minutos alguien lo aplastaría con un camión.
MI madre cada vez está más perdida. Mis hijos se escudan diciendo que no la van a tocar porque la respetan, y no me ayudan. Todas las noches hay que limpiarle el culo. Su avanzado Alzheimer le ha hecho confundir las heces fecales con el pudín. Antenoche sacó un trozo de mierda, lo puso en los platos y lo sirvió sobre la mesa. De pronto llego a la casa y que me dice: hija, mira lo que cociné, hice pudín; vengan niños a comer. ¡Madre de Dios! Aquello era toda una asquerosidad. Los niños salieron corriendo en sentido contrario cuando vieron a la abuela tragando su propia caca en el comedor con la vajilla dominguera. Alberto se empezó a reír y me dolió tanto que le recordé que cuando su madre estuvo igual yo la ayudé. No le quedó otra opción más que auxiliarme a limpiar los platos, ¡porque ni siquiera los puedo tirar! Esa vajilla la compré hace un par de años y apenas unos meses atrás terminé de pagarla. Si tuviera unos centavos de más en la cartera con gusto la tiraba y compraba una nueva. Ni manera, la lavamos, la desinfectamos, lavamos también los manteles, a mi madre, y hasta le cepillamos los dientes para que dejara de relamérselos mientras nosotros estábamos deshaciendo su porquería.
No soporto esto, de verdad que no. Para colmo de males la niña ya está comenzando a menstruar y cada mes hay que comprarle las toallas sanitarias de adulto porque como tiene flujo abundante, cuando le viene se le escapa por todos lados y me mancha las sábanas, los calzones, los uniformes, la ropa, los calcetines, aparte de que también hay que comprarle las pastillas para que le eviten los cólicos y dolores abdominales. Solamente en eso gasto como doscientos pesos porque la pobre y yo padecemos del mismo mal. Alberto varias veces me ha dicho que si me operara saldría más barato que seguir gastando tanto en estos deberes que nos da la naturaleza. Quizá tiene razón, pero yo quiero tener un tercer hijo, para el desempate, a ver si ganan las niñas o los niños.
Albertito ya está con las enamoradas. Hace quince días comenzó a salir por primera vez con una niña de la secundaria. Hay que darle para que lleve a la novia al cine, a pasear, a cenar. Su padre y yo le dijimos: hijo, cada pobrete, con lo que puede. Pero no lo entiende, siempre nos extiende la mano exigiendo doscientos o trescientos pesos, y la verdad no puedo seguirlo pagando. Además de que al niño le encanta cambiar de memorias flash y de celulares como cambia de calcetines. Lo bueno con los varones es que cuando llegan a cierta edad, ellos mismos buscan trabajo para mantener el estilo de vida que quieren.
Y los gastos que no se acaban. La comida sale muy cara, como quinientos a la semana. De gas son como seiscientos, de luz son mil, de agua setecientos, de verdad que no puedo, a eso le sumo la gasolina, las firmas con la tarjeta departamental para pagar la ropa que cada fin de temporada le compro a la familia. No pensé que la vida fuera tan cara. ¡Ah, se me olvidaba! Tengo el pago mensual de las letras de la casa, que aún estamos pagando.
Si, de verdad tengo que volver al colegio a estudiar. Ahora sería doctora para poder ponerle precio a mi trabajo. De todos los profesionistas que conozco, solamente los médicos, los abogados, los ingenieros y arquitectos le ponen precio a sus servicios. En mi caso tengo tarifa fija porque me pagan por jornada laboral. Supuestamente son de ocho horas, las siento de 32, ¡con todo lo que me explotan! El colmo de los colmos fue cuando mi jefe me mandó a entrevistar a uno de sus cuates, un dueño de una mueblería, hasta un pueblo lejano ubicado a 3 horas de la ciudad. Evidentemente todo el día se me fue en eso, cuando llegué a la oficina para escribir el reportaje, me salió con sus habituales groserías y amenazándome con que en el mundo hay gente que es más hábil que yo, con más experiencia que yo y en pocas palabras que haría las cosas mejor que yo. ¡Qué ganas me dieron de renunciar! En un segundo pasó frente a mí la imagen de mi familia, de Alberto, los niños, mi madre y el perro, y perdoné las ofensas de mi patán y cabrón jefecito.
Creo que el origen de los males está en que Dios me hizo muy inteligente. Si yo fuera él, me pondría a ver que si tardo tres horas en ir hacia un lado y volver, en total me llevo seis horas, más los que tardo en redactar, que no son veinte minutos, acabo cumpliendo toda una jornada laboral de un día; pero él ve que me pagan para irme de viaje y hacerme pendeja. Si yo fuera él, en lugar de hacerle entrevistas a los amigos, se las haría a gente realmente importante, relevante ante la sociedad, personas que tengan una trayectoria y trascendencia. Pero no, en su lugar prefiere darme órdenes estúpidas que son verdaderas proezas para ser tan nimias. Hace tiempo que debí haber arribado, no me lo han permitido. La secre mete sus chismes de que soy una viva porque me escapo para ver a mi familia. Una compañera sale con sus intrigas de que quiero el lugar de mi jefe para sacarlos a todos. Otro comienza con las indirectas de siempre, con que como soy mujer de seguro le abro las piernas a los jefes y por eso me dan tareas fáciles… Entre unos cuentos y otros, total que no me dejan escalar posiciones, mi sueldo es el mismo desde que entré hace un buen par de años, mis prestaciones solamente se reducen al pago de aguinaldo y salario, más las concesiones de no ir a trabajar sábado y domingo, entre otras gentilezas como vacaciones de siete días por año, ocho horas laborales cada día, y esperar como quince días para un miserable pago que me dan por abonos a lo largo de todos los demás días de la quincena. ¡Cómo odio mi trabajo!
Alberto sabe que lo voy a dejar. Ya van varias noches en las que se me amodorra para estar conmigo más íntimamente, pero no cedo, siempre le digo que me duele la cabeza y mejor otro día. No es que no lo quiera, pero la verdad también estoy fastidiada de mi relación con él. Fue mi primer novio, mi primer marido y mi primer hombre. En nuestra luna de miel estuvimos juntos carnalmente y no me gustó, se puso brusco y me dolió con ganas que haya estado sobre mí. No entiendo cómo es que hay mujeres que le tienen gusto al coito, quizá lo tendría si antes hubiera probado con otros lo que es tener relaciones sexuales y no depender de lo que me dijeron siempre en la Iglesia, que solamente con el cónyuge. Desde esa noche en el Caribe hasta ahora no siento excitación cuando lo veo desnudo. Lo quiero, él es el padre de mis hijos, un hombre trabajador y honrado…
No sé qué estoy haciendo, me siento mal conmigo misma. Creo que beberé una taza de café en la cocina para que se me aclaren los pensamientos. Susanita está próxima a cumplir los trece años, me va a necesitar para los quince. Albertito casi es un joven, sería muy malo abandonarlo ahora, quizá por el desequilibrio emocional alguien se aprovecha de su vulnerabilidad y me lo vuelve homosexual. Mi madre, ella me da pena. Mis hijos no harían nada para cuidarla, les cuesta trabajo seguir llamándola abuela cuando la ven en su cama con los ojos desorbitados mirando al techo y con las letras del danzón en la boca. Solamente tú, querido y fiel amigo, a ti sí te podría llevar conmigo. Mira, las aplicaciones dicen que en este campus en Barcelona podríamos estar juntos. ¿Te imaginas? Sería un nuevo comienzo. No más trabajos tercermundistas, mal pagados y mediocres, sin oportunidades para subir peldaños. No más deberes hogareños que me alejan de la oportunidad de seguir preparándome profesionalmente, no más vida en el centro de la ciudad, entre el bullicio de los mercados y del paradero de los camiones, y lo más importante, podríamos conseguir a un nuevo amo.
Alberto es lindo, lo quiero y me quiere, pero en el fondo no soy para él, nunca he sentido serlo. A él le gusta ver el fútbol con los amigos los domingos por las mañanas, yo prefiero leer novelas y escribir. Sus amigos son otros borrachos cerveceros como él, solamente vienen para cubrirle el cobre. En mi trabajo, no es que me lleve bien con todos, al contrario, los odio tanto que si tengo la suerte de conocer a un secuestrador y destripador no dudaría en armarle una lista con sus nombres escritos en letras mayúsculas. El caso es que mis compañeros laborales son personas refinadas, gente que gusta del arte y de la cultura, no de los que consideran a los deportistas del momento como deidades del mundo popular.
No, esto no puede continuar más. Yo me veo casada con un profesionista, no con un mercader de plaza, sin aspiraciones ni deseos por prosperar. Me veo en un entorno laboral más agradable, donde me den el sueldo que realmente merezco y el ambiente sano que me permita seguir cultivándome. Es más, me veo con hijos más bonitos, no con estos morenitos que dizque se parecen a mí. Y si me dan la oportunidad, a esta señora la endoso para que el gobierno la mantenga hasta que al final de sus días la lleve Dios a otro derrotero. Pero tú te vienes conmigo.
Erika López Rodríguez.
Escritora.
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.
Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.
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