Pablo siguió al pie de la letra las recomendaciones que le dio la maestra. Tenía que hacer bien el trabajo para evitar la golpiza que los chicos iban a darle si no conseguía los diez puntos de la calificación final. Las hojas en blanco iniciaban con las oraciones acompañadas de las imágenes de la Revolución Mexicana. Solamente con ello tendría la mitad de los puntos asegurados, la otra parte dependía de la exposición de mañana. Pensó que era buena idea explicar las razones por las cuales creía en las causas que dieron inicio al brote de las luchas agrarias para evitar que la profesora se fijara en la haraganería de sus compañeros.
Toda la noche trabajó solo en su habitación con los libros de la biblioteca. El piso de cemento se manchó con la tinta que chorreaba de los bolígrafos. En ese momento Mamá veía “Los amores de Lucía” en la televisión. Cuando a Pablo se le acabó el Resistol fue a pedirle dinero a su madre para comprar el repuesto. Mamá gritó desde su hamaca que se estaba rajando el cuero lavando de casa en casa ropa sucia para pagarle todos sus caprichos y que era un maldito desconsiderado pues desde hacía dos meses esperaba que “Enrique Alberto” le declarara su amor a ”Lucía del Carmen”. Sin moverse de su lugar concluyó su retahíla de comentarios maldiciendo el nacimiento de su hijo.
En su mente Pablo difería de la opinión de Mamá, jamás la había visto matada al trabajo como ella decía. Su padre tampoco era un ejemplo de virtudes laborales, siempre llegaba con aliento a “Jerez” de 24 pesos. La madrugada de la exposición no iba a ser diferente. Esa noche Papá llegó a la casa tambaleándose entre los muebles antes de sentarse en el sofá para ver a la rubia gritona de los infomerciales que le aconsejaba recobrar su potencia sexual. Apenas la vio con su escote a medio pecho, Papá se metió la mano dentro del pantalón.
Era ya de madrugada y Pablo seguía trabajando en los carteles. Sin el Resistol era casi seguro que se ganaría una paliza. Le faltaba pegar los recortes de las planillas en las hojas en blanco. Acostado en su catre pensó en la manera de robar algo de pegamento a las secretarias.
Pablo nunca había tenido éxito con las autoridades. Si Jaimito Ruiz iba con su rostro blanco lleno de largas pestañas y cejas abundantes a solicitar un préstamo, las secretarias cedían a sus encantos. Muchas veces los favores para Jaimito estaban acompañados de halagos, uno que otro apretón de mejillas y saludos a la madre por haber tenido a un niño tan lindo. Pero la cosa cambiaba mucho cuando el joven moreno Chi Puch Pablo, de orejas saltonas y dientes montados entre sí, acudía con las doñas a pedir favores.
Si el robo del pegamento no funcionaba con las secretarias, la otra opción eran las niñas del colegio. Sabía que era muy arriesgado sustraer cosas de las oficinas aunque estuvieran atestadas del material que necesitaba para las clases. No podía permitir que los prefectos vieran que robaba Resistol, eso le costaría la expulsión inmediata de la “Secundaria Técnica 20”. El hurto iba a manchar su historial de buena conducta, además no valía la pena que por un atraco de poca monta dejara de prepararse para ser un buen ingeniero, como esos que son los jefes de Papá en la construcción.
Sí, las niñas siempre llevan al salón estuches de colores, tajadores de formas graciosas, gomas para borrar con la silueta de Hello Kitty, plumas de sabores, estuches con la cara de Hannah Montana, lápices de fino flecos, entre sabe Dios qué tantas chucherías les compraban sus padres.
Faltaban dos horas para entrar al colegio. En 120 minutos muchas cosas pueden suceder, presintió. Sin haber dormido toda la noche Pablo comenzó a pensar en las posibilidades de que las cosas salieran mal. A lo mejor el perro orina sobre el trabajo o el gato lo araña, quizá hasta Mamá lo tira a la basura pensando que es otro de sus fallidos bocetos arquitectónicos.
Con la garganta seca se levantó del colchón yendo en dirección a la sala. Papá se había quedado dormido con la televisión prendida. Era mejor actuar rápido, tenía que sacarle la billetera del pantalón. Los pocos centavos que tuviera son de mejor inversión para el trabajo de Historia que para el café de la borrachera.
Una actriz que fue muy famosa en los ochentas estaba hablando en la tele sobre cómo cambió su vida cuando se puso la crema antiedad de los laboratorios Vichy. Mamá dormía con la boca abierta sobre la hamaca, el perro estaba debajo suyo hecho un ovillo mientras que el gato negro salía y entraba a la casa en busca de ratones y cucarachas. Papá balbuceaba unas palabras incomprensibles en el sofá. Las imágenes de los prefectos sacándolo como bolsa de basura del colegio venían a su mente al igual que las risas de las niñas que siempre lo ignoraban, y los golpes, tantas magulladuras de los que se sientan atrás, los comentarios halagüeños de las secretarias hacia Jaimito y las burlas, pinches burlas.
Pablo sigilosamente acercó una mano a la bolsa de su pantalón. El frío de sus huesudos dedos provocó que ese toro de más de cien kilos lo sujetara por la mano acercándolo hacia sus dientes cariosos que expedían el vaho del licor.
-Yo siempre he pensado que eres un putito. Sólo los putos van a la escuela; los machos trabajamos – dijo con voz grave en su oreja.
Pablo apenas pudo susurrar: “No tengo Resistol, Papá”. El padre ya estaba algo más despierto y colérico le reprochó “¿y por un pinche Resistol vienes a manosearme, cabrón?”. Pablo notó que sus ojos rojizos apenas distinguían su presencia en esas horas del amanecer. “¿Sabes lo que tengo que hacer todo el día mientras tú nada más te la pasas pensando en tu pinche Resistol?”.
Pablo no tenía respuestas para tantas preguntas. En primer lugar, él no se la pasaba pensando todo el día en el Resistol, solamente horas antes de ir a la escuela se le ocurrió que quizá sería conveniente comprar en la tienda de la esquina algo de pegamento para colocar las figuras que faltaban. En segundo punto, ¡por supuesto que Pablo conocía la clase de trabajos que Papá desempeñaba en la constructora! Varias veces lo había visto durmiendo sobre las pilas de cemento en pleno mediodía con el ombligo aire. Sus compañeros le permitían que desde las diez de la mañana se ausentara para ir con el jefe al bar más cercano a festejar que ya llevaban quién sabe cuántas casas edificadas. Pero la cosa iba más allá, en realidad Papá era el bufón de la cuadrilla de albañiles. Cuando salía de la cantina se ponía a mentar madres, bajarse los pantalones, bailar con los homosexuales que ofrecían sus servicios en las esquinas, y como telón de fondo, sus compañeros y los mismos ingenieros y arquitectos le lanzaban monedas para que, cuando se agachara, le dieran nalgadas con los sacos de cemento.
-¡Contéstame! ¿No te han enseñado que cuando te pregunta una persona mayor tienes que responder, eh? ¿Para eso vas a la escuela, para ser un pendejo? ¿Por eso me pediste el Resistol, porque quieres ser un idiota? A mí ningún hijo de su chingada madre viene a jugarme el pito, ¿lo entiendes?
Sus brazos se alzaron al aire para descargar su ira en las mejillas de Pablo. Un hervor sanguíneo recorrió por sus venas cuando a borbotones le salieron las lágrimas sobre su cara. Mamá se levantó desesperada preguntando “¿qué pasa?, ¿pero qué sucede?”. El padre se quitó el cinturón de soga que suspendía aquellos pantalones blanquecinos ensuciados por la cal.
-¡Déjalo, déjalo! ¡Lo vas a matar! Cálmate, Eusebio, ¡cálmate! ¡Déjalo en paz! ¡Eusebio, por favor! ¡Déjalo en paz, coño!
Pero era en vano. Papá tenía como objetivo fijo a Pablo, aunque eso significara que luego tuviera que llevarlo al hospital. “¡Un maldito Resistol, mi hijo el puñal me mete la mano en la verga por un ‘jueputa’ Resistol!”, repetía incansablemente ante los gritos de la señora que veía a su hijo doblegarse con los golpes.
Los Padrenuestros de Pablo no fueron suficientes para que ese furibundo hombre suspendiera los impactos de mano que su mujer daba a su espalda. En pocos minutos la camisa de algodón con leyenda “Vota por Mario el 7 de julio” se abrió por los costados permitiendo que la carne viva de su hijo quedara expuesta.
Los vecinos oyeron varias veces los gritos de “ya, Papá, perdóname, lo siento, no me pegues, Papá, ya no me pegues, lo siento”, pero nadie se atrevió a intervenir por temor a lo que Eusebio les hiciera después. Su mal carácter cuando se emborrachaba tenía bastante fama en el barrio.
Mamá fue por la escoba para asestarle un trancazo en la cabeza a su marido. Eusebio cayó al suelo por el primer golpe. Una parte de la escoba partida en dos por el impacto en la cabeza salió volando hasta la puerta de entrada. Por poco rompe la tele que en ese momento mostraba los últimos avances de las noticias. “En Palestina un grupo de rebeldes del gobierno amenaza con lanzar una bomba”. El perro huyó apenas notó que la violencia minaba la casa; ya era el padre, luego la madre, ahora la tele...
El otro palo de la escoba partida lo usó Papá para metérselo a Mamá entre las piernas. Por los comentarios de la colonia sabía Pablo que su madre era una callejera muy visitada por los hombres, y que gracias a Eusebio tiene una vida decente, honesta y honrada. A medida que su padre le horadaba las entrañas con cucharas y tenedores volvió a saber de la historia ahora narrada por Papá. Cuando estaba ya más tranquilo, como veinte minutos después, se acostó junto a ella a dormir. Mamá se quedó con la cara bocabajo ahogando el llanto. La falda del vestido que decía “Visita Progreso” quedó manchada de sangre.
Pablo salió de la casa con los moretones guardados bajo la rigidez del uniforme. En una mano traía el trabajo responsable de sus desgracias. A medida que caminaba sentía que la escuela iba a ser un refugio. En la puerta del salón estaba la maestra esperando a su grupo. Usualmente le preguntaba cómo le había ido en casa, pero ese día ella también tenía sangre entre las piernas, y lo peor, le duraría una semana. Su mal temperamento lo descargó sobre Pablo cuando vio que faltaban los recortes de Venustiano Carranza. “¿Qué dije sobre los papeles en blanco?”, preguntó. Lástima, se dijo Pablo, desperté a Papá en balde.
-Oye, Ratón, ¿por qué no hiciste el trabajo? Por tu culpa la maestra no nos va a poner diez puntos –le dijo uno de los compañeros del equipo de estudio.
Pablo no contestó, demasiados problemas tenía en casa y ahora con la maestra como para continuarle con los compañeros.
-Armando te hizo una pregunta, Ratón –y acompañó su gentileza por el otro compañero con un libretazo en la cabeza.
La maestra abandonó al grupo para irse a cambiar la toalla femenina, era cuestión de minutos para que sea el hazmerreír del grupo. Antes de que ocurriera el penoso accidente recomendó que leyeran la página 17 porque iba a hacerles preguntas.
Apenas salió del aula se oyó desde el fondo -Oigan, el Ratón no entregó la tarea. Dice que toda la noche estaba comiendo queso –en eco se oyeron las carcajadas de los compañeros que supuestamente estaban trabajando.
-¿Cuál queso? Si este Ratón sólo come puro chile, es Ratón Chilero. Dice que el queso de lejitos porque le da asco –espetó el Rulos avivando la risa grupal.
-¿Ya lo viste, Ratón? Además ‘ta sordo este “guey”, deberíamos llamarlo Dumbo por sus orejas – indicó Mario jalándole los lóbulos por detrás.
-No porque Dumbo está gordo, éste a duras penas tiene para comer. Es como su padre, le gusta el “marisco”. Por cierto, ayer lo vi con los travestis de la 50, ¿qué te parece, Ratón?
Pablo miraba los rombos de cerámica del suelo mientras oía detrás suyo a la banda que prometió darle una paliza. Los puños se le agrietaron con cada comentario de sus compañeros de clase. Las niñas que estaban a su lado con los libros asentados encima de las faldas se distribuían miradas de complicidad por los insultos que, entre broma y broma, mostraban mucho de la personalidad del que apodaban Ratón, pues todos sospechaban que traía las mañas bisexuales del padre.
La maestra entró al salón con sus habituales “cállate y siéntate”. Cada vez que se apretaba el vientre por las pulsaciones de los cólicos, papeles con saliva hechos bolita chocaban sobre los cabellos aplastados por el gel. A Pablo le pegaron en la espalda varias leyendas que lo señalaban como homosexual.
Durante el tiempo que duró el primer bloque horario de enseñanza reconoció que a nadie le importaba, ni siquiera a los que se decían sus compañeros pues lo usaban para que les hiciera las tareas. Las niñas no lo tenían de fiar por sus modos muy finos de tratar a la gente; siempre con voz delicada, preocupado por hacer bien la tarea, por colorear los bordes de las libretas con los colores prestados, ¿acaso no se los podían comprar?, se preguntaban.
Los chicos tampoco lo invitaban a los partidos de fútbol porque no sabía cómo patear la pelota. Les molestaba verlo tan pendiente de seguir las indicaciones del docente en turno. Además no podía ser varón por esas maneras delicadas de escribir, con mucho detalle en el arqueo de las vocales redondas, ningún hombre hacía eso, y menos se iba de lambiscón con los maestros para platicar sobre sus vidas personales y pedir asesoría.
Cuando timbraron para el receso varios de sus compañeros decidieron demostrarle que no formaba parte de ningún bando, ni las niñas lo querían ni tampoco los niños. El adorado Jaime Ruiz estaba presente cuando todas sus pertenencias fueron arrojadas en la cancha principal.
-Esto es porque me caes mal –dijo uno al momento que lanzaba al aire sus libretas de Cemento Maya.
- Esto es porque no hiciste la tarea como quedamos –dijo otro doblando en más de tres partes los lápices de la Coca Cola , de Vota por Mario y del Carnaval 2005.
- Porque eres una mariquita – señaló un tercero pateando la bolsa de plástico de Dunosusa que le servía de mochila escolar porque Mamá no cosió el fondo del sabucán de Pollerías El Milagro.
Pablo suspiró con tristeza viendo que sus humildes pertenencias eran despedazadas en la cancha. Unas hojas con las firmas de los maestros volaron en dirección a su cara y no le importó. Los borradores gastados por el uso terminaron su ciclo de vida siendo mordidos por el bello Jaimito, quien no pudo evitar las ganas de sumarse al festín de la degradación ajena.
El área deportiva siempre recibe monitoreo por los prefectos, pero ese día era especial. El tal Mario Vargas acudió a la escuela en busca de simpatizantes y los maestros del partido tricolor salieron a su encuentro. La maestra de Historia que usualmente había sido apolítica, tuvo que tragarse su orgullo y varias pastillas contra los cólicos menstruales para solicitarle al aspirante a Gobernador que le diera más horas laborales.
Pablo estaba solo en el mundo. En casa Papá seguiría ultrajando a Mamá porque no le perdonaba su pasado. En la escuela no tenía a nadie que lo defendiera de las patadas, puñetazos, ofensas, salivazos, comentarios denigrantes, extorsiones y miradas burlonas, de esas que demuestran conmiseración fingida. La maestra de Historia no era su amiga, los prefectos sólo cuidaban el orden. Su mote de Ratón por su físico reflejaba muy bien sus intenciones de hacerse de bienes ajenos.
A medida que la sangre le comenzó a salir de la nariz se imaginó a las secretarias defendiendo a Jaimito del ataque en la cancha. Algo tramarían para señalarlo culpable del azote escolar. “Pero si era juego, él lo propició todo”, “los niños revoltosos tienen lo que buscan”, “así son las cosas”, “son jóvenes”, “donde vive está acostumbrado a este tipo de interacción social”, “lo vimos todo, él empezó”, “si así tratan al padre, qué podemos esperar del hijo”. Esas voces de las secretarias, los prefectos, los maestros, del orientador, de todo el personal de la escuela que ahora estaba con el político retumbaban en su cerebro. En casa el padre le diría: “¿ya lo viste?, salgo a trabajar y tú te metes en problemas, te encanta que te carajeen tus compañeros, ¿para eso me parto la madre todos los días?”.
Bajo los cuerpos amontonados sobre el suyo se preguntó en silencio: ¿dónde está Dios que no me lleva con Él? ¿Por qué no me he muerto? Sus lamentos cobraban sentido. Al fin la solución salía a la luz cicatrizando las heridas recibidas desde anoche.
Antes del beso entre “Enrique Alberto” y “Lucía del Carmen”, Mamá le dijo, entre tanto parloteo, que su nacimiento era uno de los errores más grandes que había tenido en toda su vida y de los cuales aún, a pesar de 14 años de unión con Eusebio, seguía arrepentida.
Anoche Mamá le volvió a gritar claramente que si en sus manos estuviera la posibilidad de regresar en el tiempo jamás hubiera parido al hijo del albañil de Eusebio, hubiera seguido la vida de tragos con los hombres y no la de aguantar a un pobretón que sólo le ha traído problemas. Mientras Pablo centraba su atención inútilmente en la falta de Resistol, esas palabras calaron hondo en su ser, como las otras ocasiones en las que por razones similares las había escuchado de su misma boca.
Cuando los adolescentes se alejaron de la cancha, con los puños más repuestos, Pablo reanudó sus pensamientos en silencio. ¿Para qué vivo si nadie me quiere? ¿Por qué estoy en este mundo si no dejo de ser el hijo que tuvo un albañil con una piruja? ¿Qué clase de sentido puede tener mi vida si nadie me trata como a Jaimito? ¿Por qué no me he muerto si soy un humilde Ratón deseoso de robar cuando no me dan las cosas que necesito para ser ingeniero? ¿Para qué sigo respirando si no tengo un amigo?
Pablo sabía exactamente lo que tenía que hacer en plena tarde, cuando Mamá no estaba en casa porque lavaba ropas ajenas. A las cinco y media cuando Papá seguía ebrio divirtiendo a los alarifes. Justo en el momento en el que la señorita Martínez se cambiaba por tercera vez de ropa interior en su departamento. En la hora exacta en la que Jaimito besó por vez primera a una de las niñas del salón. Por única vez en su vida Pablo bebió una botella de ácido muriático.
El sabor amargo del líquido recorrió toda su garganta. Pasó entre los dientes chuecos con mucho trabajo. Los retortijones de estómago fueron tan agudos que por poco aborta la idea. Un poco más, falta poco, se dijo. Aguantó el tiempo que fuera necesario para que el químico surtiera efecto. Pero esos breves minutos se estaban volviendo una eternidad, así no podría darle pronto fin a su propósito. El hacha de Papá estaba cerca, en la parte de abajo del fregadero relucía con su filo de acero. No pudo levantarse para coger el filo y abrirse él solo la cabeza. La falta de fortaleza en el cuerpo le impidió concluir sus intentos suicidas.
El perro entró al momento de la agonía. Ni tardo ni perezoso lamió una a una las gotas de la comisura. El ácido fue más rápido y letal con el mejor amigo del hombre. Pablo, soltando algunos ayes, lamentó la muerte del único que le tenía un aprecio sincero en esa casa. El desenlace estaba cerca, lo veía venir, allá, en ese lugar donde de nuevo los ladridos caseros lo recibían con alegría en el otro mundo. Al fin Pablo encontró la paz.
Erika López Rodríguez.
Escritora.
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