domingo, 27 de enero de 2013

El Camarón

Jorge se levantó de la cama en punto de las seis de la mañana, conforme a sus costumbres. Se enfundó el traje de siempre, un chaleco reforzado color negro con azul marino, verificó que no tuviera rajaduras ni cortaduras. Por si las moscas, metió un plato de latón en forma rectangular para proteger su pecho y la espalda a la altura de los pulmones y del corazón. Fue al baño y se lavó la cara con abundante agua helada, sabía que siempre hay que estar alerta y bien preparado por cualquier eventualidad. Agarró una navaja y se rasuró la barba creciente mientras veía en el espejo que no hubiera pelo alguno en la cabeza. Lavó sus dientes y después entró directo al cuarto para ponerse los pantalones de mezclilla con los que fajaba la camisa que cubría el chaleco. Sentado en el borde de la cama se puso los calcetines y las botas que le taparon el tobillo. Se inclinó para sacar debajo del colchón una pequeña pistola que con la mano izquierda metió dentro del botín de la derecha, era para casos de emergencia, y una vez que terminó el ritual de siempre, salió rumbo a la calle para desayunar con los muchachos.
En la esquina lo esperaba solo “El Preciso” con las órdenes que le dió “La Mole” a través de los mensajes de texto que le enviaba a su teléfono celular. La comanda del día era el operativo del que ya habían hablado, el cargamento de Ciudad Juárez no había llegado y los colombianos seguían atrasados con el producto. La situación se les complicaba porque los federales estaban vigilándolos de cerca. “El Preciso” le preguntó a “El Camarón” si sabía qué pasó con la embarcación de Nayarit, él le aseguró que su amigo “El Capitán” lo tenía todo bajo control, pero “El Preciso” no le creyó, sospechaba que se hubiera vendido, le dijo. Jorge confíó que no, “no le conviene”, “El Capitán” sabe que del cargamento de Colombia ganarán como tres “melones” por comisión de vigilancia, le recuerdó.
En la fonda de Doña Lucha comieron unas tortas de asado con coca cola. “El Preciso” le comentó a “El Camarón” “ algo huele feo”, pero no supo qué era. Un carro de los municipales merodeaba las calles donde estaba la camioneta negra de modelo reciente que “La Mole” les dio para que cumplan con las operaciones de distribución discreta de material. “El Camarón” reconoció a unos antiguos amigos suyos vestidos de civiles, preocupado, intentó devorar lo que le queda de su torta pero se atragantó con la comida tosiendo gravemente al tiempo que no pudo evitar que pedazos de carne se le escaparan de la boca. Fue su nerviosismo lo que los delató, los policías encubiertos reconocieron de inmediato a “El Camarón” y rápidamente los que iban en la patrulla estacionaron su auto para dar paso a las intimidaciones que de rigor se hacen antes de dar inicio a las averiguaciones.
“El Preciso” al ver a los municipales acercarse hacia ellos y a los dos policías encubiertos que traían pistolas en las bolsas de los pantalones, se dirigió rumbo a su camioneta y del asiento trasero sacó una “cuerno de chivo” que estaba lista para descargar su furia a la menor provocación. La gente que transitaba en las aceras del pequeño poblado entró a los comercios resguardando sus cabezas debajo del escudo protector de los brazos. Los niños pequeños lloraron al escuchar la retahíla de disparos de la AK-47. Las personas que manejaban sobre la calle aceleraron sin rumbo con el único propósito de alejarse del lugar. Los policías encubiertos corrieron a protegerse situándose detrás de las camionetas que estaban apostadas a los costados de las aceras.
“El Camarón” agarró el teléfono celular desde el cual pidió refuerzos a “La Mole”. Cerca del lugar estaba “El Queso” con “La Parca” y “El Chato”, ellos a su vez llamaron a “El Loco” y a “El Gallo” que circulaban sobre la calle Madero,  a veinte minutos de distancia. Por su parte los municipales sacaron el radio desde el cual les pidieron a los federales, que estaban en la periferia del pueblo, que bajaran a la zona centro para detener a los sicarios que iniciaron la lluvia de fuego sobre la calle Simón Bolívar con Andrés Quintana Roo. Los federales a su vez llamaron desde sus transistores a los elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional para que reforzaran el área de combate. Al llegar los refuerzos federales y militares, los capos estaban lanzando granadas de fragmentación contra los primeros policías que notaron su presencia.
Por su mayoría numérica acabaron ganando los policías después de una lucha de dos horas y media en las cuales el municipio de Las Flores, Chihuahua estuvo totalmente paralizado. Cuando terminó la batalla los policías notaron que algunos centros comerciales, entre ellos el de Doña Lucha, estaban hechos añicos por la explosión de las granadas. Una docena de autos acabó con impactos de bala en las portezuelas, tres de ellos quedaron con los cristales rotos. Durante el combate entre los militares, los policías federales y los municipales contra los sicarios del Cártel de los Arellano Félix murieron dos civiles que estaban ocultos detrás de tambores de basura, igualmente perecieron casi todos los sicarios con excepción de “El Camarón”, a quien identificaron por ser uno de los primeros policías municipales que abandonó su modesto oficio hace unos siete años atrás.
En las declaraciones presentadas en el Cuartel de la Policía Federal por Jorge  Pérez Arévalo, alias “El Camarón”, se dio a conocer que su hermano Patricio Pérez Arévalo, alias “La Mole”, es el líder de distribución de mariguana del cártel de los hermanos Arellano Félix, cuyo producto proviene desde Cartagena, Colombia. La droga llega a Nayarit donde el Capitán Almirante de las Fuerzas Navales de la Secretaría de Marina, Ramiro Leal Azueta, alias “El Capitán”, vigila el desembarco para que “El Camarón” y “El Preciso”, el occiso Mariano Arévalo Monte, primo hermano de los Pérez Arévalo, transporten el cargamento desde Puerto San Blas, Nayarit hacia Ciudad Juárez, Chihuahua para reenviarla seccionada en paquetes de doscientos gramos a Atlanta, Georgia, en Estados Unidos.
Esa noche Jorge lamentó haber escupido toda la verdad. Arrepentido por su cobardía, lleno de humillación ante sus ex compañeros de rondines que lo sometieron a golpes para que “cantara” todo lo que sabía, “El Camarón” se alegró de haber resguardado la pistola en su botín derecho, pues por la excitación que traían los municipales que al fin capturaron a quien los traicionó, ninguno recordó revisarle los zapatos. Con pistola en mano, el hombre al que apodaban “El Camarón” por el color rojizo de la mancha que traía en la nuca, se disparó en su celda justo en medio de los ojos.



Erika López Rodríguez.
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