domingo, 27 de enero de 2013

Plática en silencio

Acto único
Personajes:
-Miguel/Michael: joven universitario, menor de treinta años, de imagen pulcra, con vestimenta formal. Delgado, alto, moreno. 
-Mamá: señora de visible estatus social bajo, de mediana edad, con bata de casa que dice “Progreso” o “Mérida”, puede ser “Dunosusa” o cualquier marca que refleje su precaria economía. Tiene el cabello desaliñado, muy poco, en estado de abandono físico. Usa sandalias de suela de llanta. Tiene los pies sucios, se nota que a veces deja de usar su calzado y camina sobre el asfalto.

Media luz, el público puede ver lo que sucede en escena sin que haya demasiada claridad. Los personajes están enfrascados en la rutina del vestuario. Michael se abotona la camisa abierta, debajo tiene otra playera y pronto se pondrá un saco muy abrigador que está sobre la cama. La madre está sentada en el piso sanando sus pies; ha estado caminando en la calle todo el día.
Son las seis y media de la tarde para el reloj de Michael, las cuatro y media para el reloj de la mamá. Ambos relojes están ubicados frente al público en una mampara. El escenario tiene dos locaciones: en la derecha está Michael, en la izquierda su madre.
En el lado de Michael se observa justo en medio una cama vestida con sábanas limpias, edredones, almohadas que hacen juego con las telas de habitación. Hay una ventana que asoma al público en el lateral. Dividiendo cada lado hay dos muebles tipo tocador, el de Michael es más fino que el otro, el de su madre.
En el lado derecho está la habitación de la mamá. En esta parte hay también una ventana que mira al público en el lateral, pero a diferencia de la anterior, la ventana parece contrahecha, el material es de piedra, como casa rural. En vez de cama hay una hamaca arrollada en una pared, en el suelo hay cajas de cartón de Avon, Fuller o cualquier marca comercial de productos de belleza, puede ser también de ventas de productos de plástico como Standhome.
Michael ahora está sentado sobre la cama poniéndose la corbata, la madre está sentada en el piso sacando su mercancía. Ambos miran sus respectivos relojes. Las luces iluminan completamente el escenario.
Suena el celular de Michael.
Michael (responde con excelente pronunciación del inglés).-  Yes, yes. Ok, I know Mr. Morris. Yes… Sure! I’ll talk with my dad about that. Perfect. See you then.
Una voz en off hace la traducción simultánea para el público. La voz es masculina. La traducción puede darse o no, queda a juicio del director.
Traducción: Sí, sí. Bien, lo sé señor Morris. Sí… ¡Seguro! Le diré eso a mi papá. Perfecto. Le veo luego.
Michael.- ¡Oh Dios! No lo puedo creer. ¡No lo puedo creer! (se para y mira al espejo). ¿Qué, gusta hablar conmigo?¡Por supuesto, hombre! ¡No faltaba más! (mira al público y escoge con quien interactuar) ¿Usted también quiere hablar conmigo? (interpela a una segunda persona del público) ¿Y usted? (ve a una mujer de la audiencia, la más amable y pregunta) ¿Y, dígame, quiere que luego salgamos a tomar una copita por allá? Anda, diga que sí. Esta noche todo puede pasar. La prensa está lista para verme salir con usted, llevarle a restaurantes muy caros, a cines, a bares, y pronto, de acuerdo a lo que me dijo Mr. Morris (tono serio), en un par de meses, ¿qué crees? (sigue preguntando a la misma mujer del público) ¡nos vamos a Bélgica! ¡No lo puedo creer! ¡Dios, no lo puedo creer!
Michael voltea para peinarse en el espejo imaginario, en el tocador que divide al escenario de su lado con el de su madre. Las luces se quedan a oscuras de su lado. Michael sigue peinándose.
Mamá.- ¡Ay, Diosito! Mira mis pies, ¡cómo me duelen mis pies! Caminé más de tres horas de ida, más tres de regreso y total para qué, no me compró nada. Me piden sus productos, me ruegan que se los encargue, y uno va, ahí va, y nada. Como si no tuviera en qué invertir mi dinero. ¿Quieres un labialcito? (pregunta a una persona del público) Mira, cuesta cincuenta pesos. ¿Que está muy caro? (responde ofendida a la misma persona del público) ¡Cara está la gasolina, caros están los camiones, cara está la vida, no el labial! Vender todo el día labiales, perfumes, desodorantes, artículos para el hogar, para el baño, ¿y sabes cuánto gano? (pregunta a otra persona) ¡Una miseria! ¿Por qué crees que caminé seis horas todo el santo día, porque me gusta hacer deporte? (pregunta retórica, está indignada, eleva la voz) ¡Claro que no! Es porque los camiones le piden a uno seis pesos cuando por labial gano como quince pesos. Imagínate, un labial me deja quince de ganancia, menos doce pesos por dos camiones, el de ida y el de vuelta, ¡gané tres pesos! ¡Tres pesos!
La madre se inclina en cuclillas. Abraza sus pies y solloza. Silencio. Saca de su seno un rosario.
Mamá.- Menos mal que Miguelito está bien. Allá donde está no pasa estas penurias (Miguel ahora se coloca el suéter y una bufanda, se sigue viendo al espejo). Él (mira el espejo imaginario quedando frente a su hijo) está en otra tierra, en mejores situaciones que la mía (se queda mirando el espejo con el rosario en la mano).
La luz baja de intensidad del lado de la madre, se ilumina el lado de Michael.
Michael (deja de verse en el espejo y se sienta en la cama).- Después de esta noche todo será diferente. El doctorado en Europa es la gran oportunidad de toda mi vida. Ya me imagino la vida allá. Salir los fines de semana para conocer la Unión Europea con los colegas, por las noches ir a los bares. En el laboratorio desarrollar mi proyecto de ADN a nivel micro celular. Publicar en Science periódicamente, y pronto, pronto (dice ansioso y exasperado), ¿por qué no? (sonríe viendo al público) ser una joven promesa para ganar el Nobel en Química (baja la mirada y ve a su alrededor, deja de soñar). Pero primero lo primero, agradecer esta noche a Mr. Morris por la gran oportunidad que me ha dado para seguir con mis estudios, a mis padres que me han dado techo, comida…
Miguel se entristece. Mira al espejo. La madre pone su rosario sobre el espejo, rezando por su hijo. Miguel se acerca y toca la superficie del espejo. Ambas manos se acercan al grado de casi tocarse. La luz ilumina las dos habitaciones.
Mamá.- Hijo, mi amor. Miguelito de mi vida. Ahora más que nunca me acuerdo de todas las travesuras que hacías cuando eras un niño.
Michael (mira al espejo fijamente, serio).- A veces siento que mis padres me ocultan algo. No lo puedo evitar. Ellos son tan blancos, yo tan moreno. ¡Pero no me dicen la verdad!
Mamá.- Eras un niño cuando sucedió (mira su rosario en el espejo).
Michael.- Mis tías me han insinuado que soy adoptado. Mis primos, cuando éramos niños, recuerdo que me hablaban y no les entendía mucho (baja la mirada al suelo, en señal de humildad).
Mamá.-  Todas las mujeres, sobre todo las más pobres, a veces tenemos que tomar decisiones que nos son muy duras, y que a la larga nos duelen (se aleja del espejo y baja el rosario, pero no lo suelta).  
Michael.- Cuando he querido tomar muestras del ADN de mis padres, ellos se niegan. El pastor Johnson me incita a creer que Dios ha hecho esto y no puedo contrariar su voluntad.
Mamá.- La Virgen sabe lo mucho que lloré cuando te fuiste. Todas las noches, no pasa un día, todas las noches ruego a Dios para que, estés donde estés, nada malo te pase. A veces por las noches recuerdo que te arrullaba sobre la hamaca, y tú con esos tus ojitos negros mirabas mis pezones, abrazándolos fuertemente con tu manitas morenas para que la leche siguiera alimentándote. Sé que me recuerdas, que mi ser está en ti, que no hay día en el que no luches por venir a verme.
Michael (indignado golpeando la punta de la cama con el pie).- Me es difícil creer que mi madre biológica se haya deshecho de mí, pero es así. Soy un científico, una persona de hechos, de verdades. No encuentro lógica para seguir pensando que mi nombre es Michael John Richardson, cuando la sangre me late en sentido contrario. ¡Y mis padres! ¡Oh, papá y mamá son tan buenas personas! De niño mi madre me llevaba al parque para jugar con sus cabellos de fuego. Me gustaba enrular sus rizos en mis dedos y soltarlos solamente para ver su resortera capilar moverse en el aire. Y papá… esa su mirada grisácea sentencia mis actos antes de cometerlos. No puedo hacerles esto, no puedo exigirles la verdad.
Mamá.- Hijo mío, me pregunto si algún día te contaron la verdad o si estarás pensando que quienes te compraron son los responsables de que estés en  el mundo. Me gustaría saber qué estás pensando de mí. Me imagino que creerás que no te quise.
Michael.- Pienso que la mujer que me parió ha de haber pasado momentos de crisis muy duros como para tomar la decisión de abandonarme, mas no lo creo. No siento haber vivido en un orfanato. No recuerdo la vida en lugares hostiles, por el contrario, en sueños recuerdo que siembre estaba protegido, que brazos llenos de amor acunaron mi cabeza en las frías horas de la noche. ¿Qué ha sido de tu vida, mamá?
Mamá.- He pasado largas horas, todas muy amargas, pensando en ti, mi cielo. Siempre recuerdo ese día como si acabara de suceder. Yo, tan joven, tejiendo hamacas en la orilla de la carretera…
Michael.- ¿Cómo fue que me abandonaste? (pregunta en ataque de ira viendo al espejo)
Mamá (mira al espejo).- Ese día llegaron los turistas y me compraron un par de hamacas, unas coloradas y otras oscuras y serias.
Michael.- ¿Cómo mis padres llegaron a ti? (inquiere desesperado)
Mamá (sollozando).-  Una pareja de gringos, un matrimonio de treintañeros se acercó a verte cuando jugabas con lodo. Yo no te podía comprar ropa, estabas desnudo sentado en el charco de agua sobre la calle, haciendo pastelitos con la tierra…
Michael.- ¿Y qué habrá sucedido para que tomaras la decisión? (hace gestos de incomprensión de cara al público, se queda pensativo).
Mamá.- Les ofrecí mis hamacas (tono grave). Una a una las fui bajando de la alacena. La mujer, una pelirroja blanca de ojos azules, negó con el dedo comprar mis hamacas, y señalándome con la mirada dio a entender que traía en mente otros intereses. Son tantos gringos, todos tan parecidos, que no reconocí que los había visto por acá en años pasados. Un tal señor Morris tuvo que explicarme que tenían interés en tener hijos y que si podías ser tú quien les llenara el vacío…
Michael (interrumpiendo el discurso de la madre).- Me cuesta tanto trabajo entender que no me quieras, que no me hayas querido (reprocha a su madre, mira al espejo). Mis padres son bellas personas; creo que no he podido tener mejor suerte. Mamá siempre me pregunta si estoy bien, si comprendo las tareas, como si aún fuera un niño. Papá me compró un carro nuevo para cambiar el viejo Caliber 78. A veces parece malo, pero no, es un hombre tan juicioso. Gracias a él soy el hombre en el que me he convertido.
Mamá.- ¡Y me parecían buenas personas! ¿Qué clase de ser humano gasta cada año su dinero para ver unas tierras lejanas solamente porque se enamoraron de un niño? Ellos ya tenían en mente comprarte, y yo te vendí (llora) ¡Vendí a mi hijo! ¡Vendí a mi hijo!
Michael (se sienta en la cama con los brazos cruzados, la vista al frente) .- Supongo que habrás estado muy desesperada como para deshacerte de mí. A lo mejor eras una adolescente.
Mamá.- Mis padres no podían mantenernos (sigue llorando). Tu padre jamás quiso saber nada de ti. Hasta ahora no sé qué ha sido de él, mi amor. Y cada noche yo me exponía a que te pasara algo con los hombres que pagaban por estar conmigo. Eras un niño, no lo podías entender. A todos los veías como a tu padre, mi cielo, ¡y nunca lo conociste!
Michael.- Solamente las mujeres desamparadas toman la decisión radical de separarse de sus hijos.
Mamá.- Nadie podía ayudarme, nadie quería ayudarme (no deja de llorar, se inclina en el suelo). Como no me casé no tuve ayuda de tu padre, ni de tus abuelos. Como vendí mi cuerpo tampoco tuve ayuda de la sociedad. Y tú estabas allá, un niño, un lindo bebé de dos años y medio desnudo jugando con lagartijas y cucarachas. Nada más podía darte la leche de mi cuerpo porque tampoco tenía dinero para la comida. Muchas veces comíamos los restos que nos dejaban los turistas del parador.
Michael.- Me pregunto, ¿qué habrán hecho mis padres para tenerme?
Mamá.-Esa pareja de gringos me ofreció dólares. Jamás había tenido tanto dinero en mis manos. El señor Morris me explicó que era todo lo que podían ofrecer. Para mí era una fortuna. Pensé que con ese dinero compraría esta casa, dejaría la vida en la playa, y eventualmente conseguiría a un hombre que me amara y me diera otra familia.
Michael.- Estoy tan lleno de preguntas, de dudas. Hay mucho que me falta por aprender. ¿Qué ha sido de ti, madre biológica?
Mamá.- Pero sabes (se seca las lágrimas), yo que pensé en rehacer mi vida no tuve lo que anhelé. Alguno de los hombres con los que estuve, y déjame decirte que fueron varios, ya ves, el hambre. Pues uno de tantos me contagió de SIDA, y hasta ahora vivo, gracias a Dios. Hace quince años que me dijeron que soy seropositivo, hace cinco que tengo SIDA. Por supuesto que no volví a tener hijos. En el hospital me atienden cuando se puede, cuando el médico no va a su consulta particular o cuando las medicinas no escasean me dan paliativos para los dolores y mareos.
Michael (se incorpora de la cama).- ¿Qué clase de vida estarás llevando? ¿Dónde vivirás? (voltea a su costado, mira a la ventana, camina para sacar la cabeza por la ventana)
Mamá (se dirige hacia la ventana y habla al público del costado, tono grave, de tristeza).- La gente no me quiere comprar lo que vendo porque mi aspecto les asusta, creen que los voy a contagiar. Les digo que mi enfermedad no se contagia, y no, aún así no me compran. Pero, aunque me duela, contigo (mira al espejo) hice bien, esa pareja te habrá dado la vida que yo nunca te hubiera podido ofrecer.
Michael (deja de ver al costado a través de la ventana, se dirige al centro, frente a la cama).- Mi vida es muy cómoda. Mis padres me aman, mi carrera va en ascenso. Esta noche me gradúo con honores de Yale University, soy el primero de la clase. No tengo novia. He vivido con un par de mujeres, pero nada serio. Mi prioridad es mi carrera y el progreso que pueda tener dentro de la Academia de Química de Estados Unidos. Tal vez no debería juzgarte, mamá. Las razones que hayas tenido para dejarme son muy duras, me puedo imaginar, y seguramente tomaste una buena decisión. Es innegable que acá vivo en el paraíso.
Mamá (estrecha el rosario contra su pecho con la foto de su hijo, cierra los ojos).- De seguro si te contaran quién es tu madre no desearías volver conmigo.
Michael (responde intempestivamente, con ganas de explotar por dentro).- Y hay veces, mamá, en las que me digo: ¿tanto éxito para qué? Creo que hay algo mejor que esto. ¡Mucho mejor! (exasperado) Algo como estar con mi propia familia. Quisiera tener lo mismo que mis padres me han dado. A lo mejor me caso en unos cinco años con una buena mujer, y en el fondo yo sí desearía que me vieras, que supieras que te deshiciste de mí y me ha ido bien (melancólico). No sé si me burlaría de ti para demostrarte lo que te has perdido al no dejarme a tu lado, porque, ¿sabes?, sí me duele que me hayas dejado. Me duele pensar que a quienes respeto y valoro como padres no son del todo míos. Pero también pienso que podrías convivir con nosotros y el señor Morris, un buen amigo de la familia, y seríamos todos felices.
Las luces bajan de intensidad. Miguel ve el reloj y se apresura. Está listo para salir. Se sienta en la cama, saca sus zapatos debajo de donde está y se los pone. La madre se aleja del espejo. Camina alrededor de su casa. Mira por la ventana. Miguel voltea a ver al exterior, también mira por la ventana. Ambos personajes contemplan la vida de fuera, deseando encontrarse.
Mamá.- Estés donde estés sé que me recuerdas, hijo.
Michael.- Mamá (suspira).
Miguel se ajusta los zapatos y se levanta. La luz se queda en la habitación de la madre. El cuarto de Miguel está a oscuras.
Mamá.- ¡Dios mío! ¿Cómo no lo había pensado? ¡El papel! ¡El señor Morris me dio una vez un papel con unos números! Ha de ser de su celular. Ha de ser del teléfono de mi hijo. Llamaré, le diré a mi hijo toda la verdad, que lo extraño y necesito verlo.
La madre coge el teléfono y llama.
Voz en off.- Sorry, the number your dialing does not exist. Please, try again.
Traducción de la voz en off.- Disculpe, el número que está marcando no existe. Por favor, intente otra vez.
En el cuarto de Miguel se oye el timbre de un celular. El cuarto se ilumina a media luz, el cuarto de la madre sigue totalmente iluminado.
Michael.- Yes, I’m ready Mr. Morris. I’ll be with you in a moment. Thanks.
Voz en off (traducción).- Sí, estoy listo señor Morris. Estaré con usted en un momento. Gracias.
Miguel agarra unos papeles del tocador y sale de escena. El cuarto se queda totalmente a oscuras.
Mamá (evidentemente triste, mirando la bocina).- No estás, amor. Supongo que así es mejor, hay decisiones que una vez tomadas no se pueden romper. Te deseo lo mejor. Que triunfes, que tengas éxito, que nada te falte. Acá estaré muriendo un poco, por si algún día volvemos a nacer.
El escenario se oscurece poco a poco. La madre se queda de pie, impávida.
Telón.


Erika López Rodríguez.
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