domingo, 27 de enero de 2013

Mirones

Desde afuera
Ayer vino el Lector al cuarto, estuvo escribiendo en la libreta mientras nosotros estábamos en el taller de carpintería. Nadie lo molesta cuando está escribiendo, entre los del grupo él es el letrado. Muchas noches pide al bibliotecario que le dé el mismo libro una y otra vez, quizá le gusta. Cuando lo termina se pasea un rato en el jardín de atrás, luego viene, se baña y entra a la cama para otra vez volver a escribir. Escribe en las mañanas antes de que salgamos a la terraza para el ejercicio, luego escribe cuando lee el libro y a veces, en las noches, vuelve a escribir.
El Peluches le preguntó una vez si lo que escribe es poesía, no contestó. Nadie sabe qué es lo que escribe, y tampoco se lo hemos querido preguntar. La única ocasión en la que nos habló de sus gustos fue cuando se puso a cortar el pelo gratuitamente. La pelada no es contribución, hay que darle una ración más de comida para que nos quite las hebras de la cara y de la cabeza, pues acá estos cabrones se ponen muy bravos con las tijeras.
El único amigo que tiene es el bibliotecario. Juanelo es la única persona con la que se acerca a platicar. Le escuché decir una vez que en Estados Unidos la cosa es diferente, que allá la paga es sabrosa y la chinga es dura, pero sabrá Dios, a lo mejor solamente lo dijo para quedar bien. Como todos saben, la joda de los mexicanos es que no tienen de dónde, pos cómo, los trabajos están amarrados pa’ los sindicatos o los hijos de los ricos, y no se puede. Allá, dijo, uno con que le meta ganas sale adelante y hay pa’ todos.
El Juanelo no es raza. La verdad, no sé qué decirle, El Lector supo bien a quién escogía como su confesor, pues con eso de que Juan es “hermano”, cuando hace un juramento se lo promete a Dios que no lo dirá y lo cumple, por eso ignoro qué se traía entre manos.
Esta mañana fue cuando oí decir a un policía que la excavación la tenía estudiada, y solamente porque usted dice que estaba aprendiendo de construcción, le creo que chance y de veras El Lector se instruyó, pero como le digo, no lo sé. Creo que no le soy de mucha ayuda en su investigación

En la mirilla divina
Por la noche estuvo en su cuarto con la pluma en la mano y la libreta asentada sobre el catre. Una delgada hebra de luz natural iluminó la oscura habitación a mitad de la noche. Los ronquidos podrían haberlo mantenido despierto, también los ecos de una violación anal que desde celdas atrás se escuchaban pese a la férrea seguridad policial. En realidad, las ganas de salir de ese lugar eran las que lo mantenían en vela desde hacía 450 meses, dos días, 3 horas y 20 minutos.
El diseño era muy rústico, quizá necesitaría de maderas de la carpintería para mantener el techo firme y evitar así el bochorno de ser atrapado con la consecuente pena de añadirle más fechas a la condena. De inmediato descartó la idea, los custodios notarían que está robando material y sacarían a los perros para dar con el ratero. Además, el robo no era su fuerte, los asesinatos sí, las violaciones también, pero jamás despojar a nadie de sus pertenencias, hasta para delinquir habían límites, se decía.
Por la mañana continuaría con el ritual que él mismo se impuso desde que entró. El hermano Juan, un aspirante a elder de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sería su cómplice sin saberlo. Juan deseaba terminar su apostolado en el penal para regresar a Hidalgo a predicar la palabra salvadora en el pueblo donde prometió guiar hacia el recto sendero a un rebaño de ignorantes niños dejados a su suerte por el Gobierno y la clase política. El Lector, como todos le apodaban, sacó provecho de su ingenuidad para pedirle libros de arte sacro, en particular donde hubiesen catacumbas, persecuciones religiosas y creación de nichos subterráneos para profesar la fe cuando es perseguida. El Hermano, creyendo ingenuamente que había logrado conquistar un alma más, le dio clases gratuitas de diseño arquitectónico ya que se dio la feliz casualidad de que abandonó los estudios de arquitectura para abonar al campo de la prédica moral.
El Lector le dijo que en su pueblo un grupo de pistoleros lo acorraló cuando estaba leyéndole la Santa Biblia a dos huerfanitas, y que, como no quiso que los bandoleros les quitaran la inocencia a la fuerza, tuvo que cometer el agravio de muerte contra los presuntos malhechores. Los pobladores, a sabiendas de que actuó como todo un justiciero, decidieron denunciarlo con el Alcalde del pueblo, un reconocido priista hijo de otro político más grande que estaba emparentado con un ex Gobernador de Nuevo León. Con esta traición lo encarcelaron cuando llegó a Veracruz, de allá salió bajo fianza, pero como le tienen filo, en Yucatán lo encarcelaron otra vez, pues las muertes y las violaciones, dijeron en su pueblo, iban a ir en aumento si no daban con el que se quiso pasar de listo con la autoridad.
Juan creyó todo lo que escuchó con los diez dedos abrazados en posición de oración. Ambos lloraron por las injusticias que hay en México, por las penas que han sufrido, y en un acto sublime de caridad le bajó un libro de arte, con explicaciones sencillas y fáciles como para que cualquier niño pudiera documentarse sobre la creación de catacumbas. El Lector juró solemnemente con la mano en el corazón, que apenas salga del CERESO construirá una cueva para que el hermano Juan siempre les pueda leer la Santa Palabra a los desprotegidos. Desde ese día, El Lector crea y recrea en su mente la manera en la cual hará su hueco para salir del reclusorio.
No obstante, El Lector sabe que afuera del penal hay un parque abandonado y que en punto de las cinco de la mañana hay cambio de guardia, de cuatro a cuatro y media todos están dormidos y que los guardias a esa hora se ponen en la fila de enfrente a platicar dejando que las cámaras graben todo cuando no se dan cuenta. Pero las cámaras tienen un punto ciego: el jardín trasero que sirve de estercolero a los perros. Y aparte, por las noches, cuando se cree que todos están dormidos, en realidad sus compañeros están dedicados a sus ocios nocturnos.
Después de varias noches en las que estuvo merodeando, descubrió, luego de varios intentos por pasar desapercibido, que los perros  duermen mejor cuando les lanza bolitas de algodón con cloroformo. En la carpintería hay muchos líquidos que una persona bien ilustrada como El Hermano puede utilizar, claro, siempre que se tenga la necesaria visión y creatividad para darle uso al conocimiento.
Notó que con tres bolitas se duermen.  En quince minutos se cava un huequito de apenas veinte centímetros de profundidad y, para que no se den cuenta, lo llena otra vez con mierda blanda y así al día siguiente sigue excavando. Apenas se acercan las cuatro y media va al área de duchas a darse un baño profundo. Pasa por las celdas de los violadores que no pueden contener su vicio, luego sigue con la de los delincuentes contra la salud que inhalan bolitas de pintura o resistol, le sigue la de los homicidas que buscan acallar su instinto masturbándose profusamente con ambas manos unos a otros, hasta que llega con sus compañeros de celda, los rateros de poca monta.
 Jamás ha confiado en sus colegas, por eso en sus días de secuestrador usaba a mujeres como cómplices de sus delitos. Después de que ellas lo ayudaban a meter al fulano en la cajuela y lo encerraban en un sarcófago dentro de la tienda mortuoria que le servía para tapar su verdadero negocio, cuando cobraba el pago a los deudos metía el dinero en un nicho religioso, procedía a meter la caja en el auto con la ayuda de sus mujeres, la tiraba en una calle abandonada, llamaba a los familiares, iba al negocio, festejaba con licores, luego amarraba a la compañera en turno a una silla, le hacía el amor con su consenso y siempre terminaba con los descuartizamientos apenas recobraba el aliento del clímax. Por eso lo atraparon, porque la última le salió exageradamente chillona mientras le rebanaba las piernas con una sierra.
Al fin, luego de varias noches de adormidera con los perros y de ocultar las heces fecales con cajas de cartón sacadas de la biblioteca, de las últimas novedades de libros de arte sacro, El Lector vio en su libreta el diseño original y el final. La comparación duró unos cuantos minutos y al fin se decidió a sacar las cajas con hojas pintarrajeadas donde estaban los mil y un bocetos que dieron origen a la versión final. Arrastró el cuerpo en el orificio de noventa y cinco centímetros de diámetro, al minuto 28 estaba totalmente bajo tierra; en el minuto quince vio la luz del otro lado, cuando dio el minuto cuatro los silbatazos de cambio de turno estaban afinando el sonido terminal para concluir la labor de la noche. En el minuto uno respiró aire del otro lado. Libertad.

La realidad desde dentro
Creo que esto no puede volver a repetirse, la verdad es que ya estamos hasta la madre de estas pendejadas. Vea, vea lo que le digo, nomás me pongo a platicar con usted y la pinche vieja esta manda a sus guarros. Hay que hacer algo, le digo, no podemos seguir así.
Ayer hablé con la señora para decirle que no estamos de acuerdo, que esto del Paso Deprimido no es de yucatecos. ¿Sabe qué hizo? Me colgó, o sea, ¡me colgó!.
Como ciudadana, independientemente de que tenga más afinidad con el PAN, le digo, esto no es de gente decente, ¿y así se dice Alcaldesa de Mérida?
Creo que si nosotros somos personas que amamos a Mérida, cosas como la de ayer, como la del 4 de julio, no deberían repetirse, y lo que vamos a hacer nosotros es que la sociedad jamás lo olvide.
 Yo ese día estaba acá, acá mismo, y hoy, repito, como gente decente que ama a Mérida, he vuelto, para que la gente tenga memoria del horror, de la violencia que vivimos ese horrible día en el que la democracia decantó en servilismo, en cacicazgo, en las viejas mañas del PRI.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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