Personajes.
Albañil.- Hombre de mediana edad, entre 35 ó 45. Moreno, chaparro, bastante vulgar, de aspecto hosco. Camisa de CEMEX o Apasco, muy derruida, con pantalones empolvados y cortos, con los bajos subidos y doblados hasta la mitad de la pantorrilla. Descalzo y con los pies también empolvados.
Ayudante.- Delgado, joven, de 18 ó 23 años. Con gel en el cabello. Moreno, de estatura mediana. Usa audífonos para que escuche la música de su celular. Camisa ceñida al cuerpo. Botas cafés debajo de los pantalones de mezclilla pegados a sus piernas.
El maestro albañil lleva una carreta hacia un lado del escenario. El joven cambia de canción de su celular y ajusta sus audífonos. La gente del público sabe qué música está escuchando porque la tararea en voz alta. El maestro albañil lo voltea a ver con desdén y emprende la faena de hacer la mezcla en el suelo. Lanza polvo y luego otro saco de polvo y los mezcla.
Albañil.- ¡Ay, qué joda! Otra vez trabajar con poco material, terminar pronto y recibir una paga de hambre.
Ayudante.- Oiga.
Albañil.- ¿Qué quiere, joven?
Ayudante.- Me mandaron pa’ cá (señala hacia un lado del escenario, dando a entender que hay una oficina o caseta, mientras se quita uno de los audífonos dejando el otro en el oído).
Albañil.- ¿Qué?
Ayudante.- Que me mandaron los “inges”.
Albañil.- ¿Qué “inge”?
Ayudante.- El ingeniero Mendoza, me dijo que hoy trabaje con usted.
Albañil.- ¿Mendoza? ¿Y como para qué le mandó, joven?
Ayudante.- Voy a ser su ayudante.
Albañil.- ¡Usted mi ayudante! ¡Ay, por Dios! Yo necesito un hombre, no un chiquillo.
Ayudante.- Señor, tengo más de 18 años.
Albañil.- Y menos de 19, me imagino (le da la espalda y sigue mezclando la mole de polvo).
Ayudante.- Oiga, de veras, vengo a chambear con usted.
Albañil.- ¿Has trabajado antes, muchacho?
Ayudante.- Sí.
Albañil.- ¿Dónde?
Ayudante.- En una tienda.
Albañil.- ¿Eras qué exactamente?
Ayudante.- Vendedor.
Albañil.- ¿Qué vendías?
Ayudante.- Artículos para el hogar.
Albañil.- Puta madre, lo que me faltaba. Un novato.
Ayudante.- Oiga, si me enseña de veras que aprendo.
Albañil.- Sí, pero lo malo es que no creo que entiendas.
Ayudante.- Señor, no me conoce. Yo soy un hombre, no un chiquillo.
Albañil.- Esta es chamba de rudos, tú te ves muy finito, por no decir putito (entre dientes).
Ayudante.- No dude de mí. Necesito que me enseñe. ¡Y no soy puto! No crea que no lo escuché.
Albañil.- Pues ya lo sabes. Te ves puto. ¿Crees que así como estás vestido estás listo para mezclar el polvo?
Ayudante.- Pues nadie me dijo que había que mezclar polvo, pero le hago a lo que sea.
Albañil.- Pues dale, muñeco. Dale. Acá te dejo la pala. Mézclale.
El maestro albañil lanza la pala con rudeza sobre el suelo. El ayudante se acerca. Recoge la pala con un brazo y no puede. Usa ambos brazos. Con mucho esfuerzo revuelca los polvos tratando de no manchar su ropa. Suelta la pala. Acomoda el audífono caído a la oreja que tenía hasta ahora desnuda. Mira su celular y cambia con ambas manos las canciones. Todas las tararea. El maestro albañil lo observa. Hasta que consigue la canción de su gusto reemprende la marcha con mucho esfuerzo. Suelta otra vez la pala y reprograma el celular. El maestro albañil le jala la pala.
Ayudante.- ¡Oiga qué le pasa! ¿Por qué me quitó la pala? ¿No ve que la estaba usando?
Albañil.- Lo que veo es que estás muy ocupado en buscar tu música y en no mancharte la ropa, putito.
Ayudante.- ¡No me diga así, eh!
Albañil.- ¿Y cómo no, si el señorito está ocupado en buscar su música y en no ensuciarse? Ni tienes fuerza para levantar la pala… ¡Y no has hecho gran cosa!
Ayudante.- Removí el polvo.
Albañil.- ¡Pero no lo mezclaste, pendejo! ¿No lo ves? Todavía veo que están separados los polvos.
Ayudante.- No, ya los mezclé.
Albañil.- ¡Claro que no! Mira, deberían quedar de un solo tono y aún se ven dos.
Ayudante.- ¡Porque me quitó la pala!
Albañil.- ¡Idiota! Esto se hace así. Observa.
El maestro albañil levanta la pala y con agilidad remueve varias veces los polvos. El ayudante mira sin poner mucha atención. Está tarareando su canción. Mueve la cabeza al compás del ritmo. El maestro albañil se pone más violento agitando la mezcla. Termina.
Ayudante.- Muy fácil. Yo también lo hubiera hecho de no ser porque me quitó la pala.
Albañil.- Hubieras terminado… ¡mañana, cabrón!
Ayudante.- No, si el “inge” me lo pidió para hoy, hoy lo hubiera terminado.
Albañil.- No sé cómo oyes con esas madres que tienes en el oído.
Ayudante.- Bueno, ¿y qué sigue?
Albañil.- ¿Para qué te lo voy a decir? Me está claro que no eres para este puesto. Acá trabajamos los machos, no los chamacos flacos y endebles.
Ayudante.- Soy fuerte. Pruébeme.
Albañil.- Carga esos bloques.
Ayudante.- ¿Cuáles?
Albañil.- Los que están detrás de la caseta.
El ayudante sale del escenario hacia un lado y entra con un bloc. Tiene el cuerpo hacia delante. Con ambas manos carga el bloc. El maestro albañil se rasca la cabeza y seca el sudor con el antebrazo. Levanta su camisa rasgada y sucia para quitarse el sudor de las comisuras. El ayudante asienta el bloc junto a él.
Albañil.- ¿Verdad que está muy pesado?
Ayudante.- Es que no estoy acostumbrado (dice asesando).
Albañil.- Mira, hijo, renuncia. Anda, dile al ingeniero Mendoza que no eres para esta chamba.
Ayudante.- No, no puedo.
Albañil.- ¿Por qué?
Ayudante.- Es que no puedo.
Albañil.- ¿Puedes vender otra vez, no?
Ayudante.- No, señor. La verdad es que no hay chamba para mí.
Albañil.- ¿Por qué?
Ayudante.- No me aceptan en ningún lado.
Albañil.- No entiendo. Eres muy joven. En cualquier lado te podrían contratar. De seguro hasta tienes la preparatoria terminada.
Ayudante.- Si, pero tengo antecedentes penales.
Albañil.- ¿Qué hiciste?
Ayudante.- Pues es que mi novia salió embarazada.
Albañil.- ¿Y eso qué tiene qué ver?
Ayudante.- Que se salió de su casa para que vivamos juntos. A mí mis padres tampoco me quisieron apoyar. Como no quería que durmiéramos en el parque, rompí un vidrio de un local que no estaba en renta y la metí. Estaba lloviendo. El guardia nos vio y llamó a la policía. Para colmo no teníamos que comer y robé una pizza y una botella de coca cola.
Albañil.- ¿Y por eso te “entambaron”?
Ayudante.- Sí.
Albañil.- ¿Cómo?
Ayudante.- El guardia me siguió. Observó lo que hice y me mandó a los policías.
Albañil.- ¿Y tu mujer?
Ayudante.- A ella también se la llevaron.
Albañil.- ¿Con sus papás?
Ayudante.- No, al DIF. Está en el CAIMEDE porque es menor de edad. Tiene 17 ahora y mi hijo tiene siete meses. Cada fin de semana voy a verla.
Albañil.- ¿Cuánto tiempo te dieron en la “peni”?
Ayudante.- Cinco años, pero me sacaron en nueve meses porque ya no hay cupo. Dijeron un día: “oigan, chingados, acérquense, ¿quiénes de acá son violadores, quiénes asesinos?”. Y así nos fueron separando.
Albañil.- Hasta que se quedaron con los que tenían delitos menores.
Ayudante.- ¡Ah, en la madre!
Albañil.- Coño. Hijo, déjame decirte que esto no es para ti.
Ayudante.- ¡Oiga, lo necesito! (suplicante)
Albañil.- Yo necesito un ayudante…
Ayudante.- Haré lo que sea (se quita ambos audífonos y apaga el celular). De verdad, necesito el dinero para juntar para la renta, para mi hijo, para mi mujer, para…
Albañil.- ¡Para, para! Ya entendí.
Ayudante.- Es que no entiende. En serio, no me aceptan en ningún lado.
Albañil.- Sí, ya sé.
Ayudante.- Y no puedo entrar a ninguna parte.
Albañil.- Te voy a ayudar.
Ayudante.- Y mi hijo necesita leche descremada. En el DIF no le dan la leche necesaria y está muy flaco, come y se caga, no retiene nada y… (al fin reacciona). ¿Me va a ayudar?
Albañil.- Sí, pero no hagas pendejadas, ¿entiendes? A la primera de cambio le digo a Mendoza que te largue de acá y yo mismo te meteré un vergazo.
Ayudante.- Le prometo que haré lo que sea.
Albañil.- Serás mi negro.
Ayudante.- Lo que usted diga.
Albañil.- Y harás el trabajo sucio.
Ayudante.- Siempre que me lo enseñe.
Albañil.- ¡Claro que te enseñaré! Ahora, trae esas otras madres, las pones acá, en fila. Yo haré los castillos y tú te encargarás de traer los bloques de uno en uno. Pobre de ti que se caigan porque si se tasajean ya no sirven.
Ayudante.- Comprendo.
Albañil.- ¡Y no uses esas chingaderas! (señala sus audífonos) Porque si no me escuchas a mí o a Mendoza estás perdido.
Ayudante.- Va que va.
Albañil.- Perfecto.
Ayudante.- ¿Algo más?
Albañil.- Sí: no vengas de señorito. Eres albañil, carajo. No te vistas como si fueras el junior de Mendoza.
Ayudante.- ¿Quién es ese?
Albañil.- Su hijo, el futuro dueño de la constructora.
Ayudante.- Comprendo.
Albañil.- ¡Ya basta de cháchara! Agarra lo que te dije y pronto.
Ayudante.- Voy señor… ¿Cómo se llama?
Albañil.- Manuel.
Ayudante.- Don Manuel.
Albañil.- Dime nomás Manuel, los “dones” son los patrones.
Ayudante.- Ok.
Albañil.- Y nada de “ok”.
Ayudante.- Claro.
Albañil.- ¡Pero ve! Estás pendejeando.
Ayudante.- Ahorita vengo.
Albañil.- Va.
El ayudante sale apresurado. El maestro le da la espalda al público y hace una columna de alambres. Poco a poco las luces se van apagando.
Telón.
Erika López Rodríguez.
Escritora.
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.
Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario