ACTO ÚNICO
Casa de campo. Rústica. Sonidos de la naturaleza. Decoración con muebles de madera gastada. Del salón central pende un candelabro de forja con velas. Es de tarde.
Luisa.- No han llegado los muchachos (mira alrededor).
Clara.- No te preocupes, ya vendrán (se pone las manos en la cadera y asoma la cabeza por la ventana).
Luisa.- ¿Les diste bien la dirección?
Clara.- Sí.
Luisa.- ¿Y supuestamente qué les dijiste a tus papás que íbamos a hacer? Porque recuerda que los míos no se imaginan nada de nada, y nadie puede saber que estoy acá.
Clara.- Pues les dije la historia que quedamos en contar. Que íbamos a tener un retiro espiritual con las compañeras del colegio, las monjas del Sagrado Corazón me pidieron la casa porque saben que mi papá tiene este lugar desde hacía mucho tiempo y yo, buena samaritana (dice con tono de burla) me ofrecí.
Luisa.- SÍ, eso les dije a mis papás (se soba los brazos). ¡Qué frío! No me dijiste que íbamos a tener que usar suéter, no traje nada.
Clara.- Chulis, cuando venga Ramón créeme que ni falta te va a hacer (le echa una mirada socarrona).
Luisa.- Oye, no seas así.
Clara.- Es la verdad. Apenas llegue solamente vas a ver el techo. Jajajaja.
Luisa (molesta).- ¡No seas vulgar, Clara! Sabes que me chocan esos comentarios.
Ruido. Se oye el sonido de un auto. Voces masculinas. Entran.
Ramón.- ¡Hola amorcito! (besa a Luisa).
Clara.- ¿No se perdieron, muchachos?
Raúl.- No, mi cielo (besa a Clara).
Luisa.- No saben qué gusto me da que estemos los cuatro juntos. Ya nos estábamos desesperando.
Ramón.- ¿Cómo no íbamos a venir?
Se cae el candelabro del techo. Todos gritan. Se alejan del centro.
Luisa.- Oye amiga, creo que esta casa se está desmoronando.
Clara.- Pero no es nada. Lo volvemos a colocar y ya está.
Ramón (sentándose).- Ojalá que todo esté bien (se rompe la silla).
Luisa.- ¡Ay, Dios mío!
Clara.- ¡Más cuidado con las cosas de mi papá! No porque vengan de a gratis van a romper los muebles.
Luisa.- ¡Nadie te rompió nada!
Raúl.- Calma (a Clara), amor, no es culpa de nadie. Tienes que reconocer que como tus padres nunca vienen, la casa no tiene mantenimiento.
Clara.- Tienes razón, cariño.
Luisa.- Así es. Mejor vamos a comer (abre la alacena y se le queda en la mano la perilla, trabando el mueble).
Clara.- ¿Rompiste la alacena?
Luisa.- No… Yo…
Clara (eufórica).- ¡Rompiste el mueble de mi mamá! ¿Sabes cuánto pagó mi papá para que lo trajeran de Cuba?
Ramón (apoyándose en la ventana).- Clara, comprendo que prestaste tu casa, pero concuerdo con Raúl, no es culpa de nadie, no es culpa de Luisa, la casa y todo lo que está en ella requiere mantenimiento. Esa perilla ya estaba rotaaaaaaa (se cae al suelo y rompe la puerta de la ventana que estaba abierta).
Luisa.- ¡Mi cielo! ¿Estás bien? (corre hacia él con la perilla en la mano y lo ayuda a levantarse.
Clara.- Oigan ustedes, no me van a seguir rompiendo las cosas de mis padres. Ahora mismo quiero que paguen todo lo que rompieron.
Luisa.- Clara, tranquilízate. Piensa. Nadie te rompió nada.
Raúl.- Estás exagerando, cariño (la toma por la cintura y se la acerca).
Clara (zafándose de Raúl).- ¡No estoy exagerando! ¡Ahora mismo quiero que me paguen esos muebles!.
Luisa.- Mira, no te vamos a pagar nada porque sabes que esos muebles están rotos.
Clara.- ¡Porque ustedes los rompieron!
Luisa.- No… (le interrumpe Raúl).
Raúl.- Nadie rompió nada. El candelabro cayó solo, la perilla estaba floja y vencida, igual la ventana y la silla. Ten en cuenta que es madera…
Clara (interrumpe a Raúl).- ¡Es roble! ¡Es madera de roble!
Luisa.- ¡Es roble viejo!
Clara.- ¡Pero es roble! ¡Y mi padre la trajo desde Cuba en uno de sus viajes de visita a la Virgen de la Caridad del Cobre!
Ramón.- Pues por la Virgen, que esta casa está vieja y la madera, muy, muy roble (enfatizando las palabras), ¡está vieja y gastada!
Luisa.- Tiene razón mi Ramoncito-Ratoncito (se acerca a él y lo abraza por los pectorales. Él la besa).
Clara.- Miren, a mí mis padres me van a matar. Si les digo que esto se rompió le van a cobrar a las monjas del Sagrado Corazón. Ellas se voltearán conmigo y me dirán “y cuándo te pedimos la casa”, y todo esto se sabrá. ¿Quieres que tus padres lo sepan, Luisa? ¿Quieres que tus padres sepan que su hija se ha estado acostando en moteles vulgares y en los coches de los distinguidos señores Barba Arredondo? (mira a Ramón, él baja la cabeza). ¿Quieres, mi cielo (con voz alargada) que mis papis sepan que su única hija ya no es una doncella y te obliguen a casarte de una vez? ¿O que le quiten el puesto de gerente de las tiendas de mis papis a tu padre? (Raúl mete las manos a los bolsillos de los pantalones).
Raúl.- Bueno, considerando las cosas… Pues, sí, mi pequeña tiene razón. Tenemos que comprar nuevos muebles. Hay que colocar el candelabro en su lugar, poner la perilla, más bien ajustarla. Hay que llamar a un carpintero…
Ramón.- No, macho, nosotros lo hacemos. Yo no tengo dinero. Si llamamos a un carpintero, muuuy pobremente nos pedirá como trescientos o quinientos pesos, y tú sabes…
Luisa.- Sí, si ustedes lo pueden hacer, mejor.
Clara.- Pues lo hacen.
Luisa.- ¿No nos vas a ayudar?
Clara.- No. Es mi casa, yo la presté, yo les mentí a mis papás. Ya hice mucho.
Luisa.- ¡Pues yo también les mentí a mis papás!
Clara.- ¡Pero no es tu casa! (grita).
Raúl.- Ya, cálmense las dos. Todos (mira a Clara), vamos a ayudar. Hasta tú, Clara.
Siete horas más tarde. Todos cansados se sientan en el piso quejándose.
Luisa.- Así no pensé mi fin de semana.
Ramón.- Yo tampoco, ratoncita.
Raúl.- ¿Y yo qué les diré?
Clara.- Pero ya se acabó. Ahora queda subir el candelabro. ¿Quién lo hace? (los mira. Todos se ven las caras sin decir palabra).
Luisa.- Amiga, eso se cayó por sí solo. No tenemos escalera, solamente los clavos y martillo que compraron los muchachos en el pueblo…
Clara.- Oigan, no lo van a dejar así.
Luisa.- Pues creo que sí. ¡Y ni que amenaces, porque bien sabes que así fue! Ese candelabro se cayó solo. Se lo dices a tus papás.
Clara.- Se cayó en que tú abriste la puerta … (la interrumpe Luisa).
Luisa.- Ejem (carraspea), tú (enfatiza) abriste tú (enfatiza más señalándola con la mirada) casa con tus (señala sus manos) manos.
Raúl.- Pues si así fue…
Ramón.- Así es, si así fue, pues chula, se lo dices a tus padres, que tú lo rompiste. Así no hay chantajes de que llames a tus papás o a las monjas o a los padres de Luisita-Ratoncita…
Luisa.- Dices bien, ratoncito. Clara, perdiste.
Clara.- ¿Están o no están conmigo?
Luisa.- No estamos contigo.
Clara.- ¿Y cómo piensan, queridos amigos, que pasaremos la noche a oscuras?
Luisa.- Pues tú me lo dijiste temprano. ¡Yo me la pasaré viendo el techo!
Ramón.- Mi vida, verás mejores cosas que eso, ¡me tienes a mí!
Luisa.- Sí mi ratoncito.
Clara.- ¿Y verán las cucarachas voladoras? ¿O acaso tu príncipe lujurioso saldrá todo desnudote a matarlas?
Luisa.- ¡No me dijiste que habían cucarachas voladoras! (hace un puchero).
Clara.- Nena, estás en el bosque. Piensa (hace muecas como si fuera una persona con déficit mental).
Luisa.- Creí que tu casa estaba en buen estado.
Clara.- Estaba… Ustedes lo acaban de ver.
Raúl.- Pues no es problema. Ahora regresamos Ramón y yo al pueblo y compramos el insecticida.
Luisa.- Pues sí, esa es la solución.
Clara.- Bueno. ¿Y cómo creen que sin el candelabro, estoy suponiendo, a mitad de la noche van a salir del cuarto para ir al baño? No van a ver a las…. ¡serpientes! (dice asustando a Luisa)
Luisa.- ¡Ay, amiguis! ¡No me digas! ¿Hay serpientes? (voz temerosa).
Clara.- Sí y muchas.
Ramón.- Pues entonces cuando estemos en el pueblo compramos algo de veneno y lo dejamos en el suelo para matar a esas culebras.
Raúl.- Buena idea. Vamos (están a punto de salir).
Clara.- Está bien. Son muy inteligentes. Pero piensen que si hay neblina mañana, y eso pasa mucho en el campo, no tendremos luz adentro para ver lo que hay, y como notan, la casita es tan chiquita, que un solo espacio sin luz oscurece el resto de las piezas.
Luisa.- Eso es verdad.
Clara.- ¿Ven que tienen que poner el candelabro?
Ramón.- Pues no, porque en el pueblo compraremos lámparas de pila para iluminar.
Raúl.- Bien pensado. Choca esos cinco (celebran los hombres).
Luisa.- ¿Ves? Para todo hay una solución. Eres tan inteligente, mi ratoncito (besa a Ramón).
Clara.- Muy bien. Bien. ¿Van a comprar veneno para serpientes, insecticida para cucarachas, lámpara de pilas y las pilas? ¿Con qué dinero?
Raúl.- Amor, no debe estar muy caro. Es un pueblo, por Dios.
Ramón.- Así es. Yo tengo como doscientos… pero es para los dos días.
Raúl.- Y yo como… cien. ¡Ya sé! Chicas, denos dinero.
Luisa.- ¿Estás loco? Yo no traje nada. Mis papás no me dieron porque supuestamente iba a venir con las monjas.
Clara.- Y yo no les daré ni un peso porque simplemente me parece que su idea es lo más descabellado que he escuchado. ¡Pongan el maldito candelabro de una vez y déjense de payasadas!
Luisa.- Creo que Clara tiene razón.
Clara.- ¡Al fin, alguien ha entrado en razón!
Raúl.- ¿Pero con qué escalera, mujer?
Clara.- Te subes en la silla.
Raúl.- Aún así no alcanzo.
Clara.- La pones sobre la mesa.
Ramón.- ¿Y si se rompe la mesa?
Clara.- Entre todos sujetamos la mesa y vemos que no se desfonde.
Luisa.- ¿Y si, Dios no lo quiere, se rompe y caen la silla con Raúl al piso?
Clara.- Eso no pasará.
Luisa.- ¿Cómo lo sabes?
Clara.- Porque sí, lo sé. Es roble.
Luisa.- Roble viejo.
Clara.- Roble al fin y al cabo.
Ramón.- Miren, está anocheciendo y nosotros acá peleando y total que no hemos hecho nada de lo que pretendíamos hacer. No sé ustedes, pero creo que lo que empieza mal…
Luisa.- ¿Qué quieres decir, ratoncito?
Ramón.- Que mejor nos vamos.
Clara.- ¿Y dejar el candelabro así?
Ramón.- ¿En qué habíamos quedado? ¿En que nadie se tuvo la culpa, verdad?
Clara.- Pero…
Raúl.- Nadie se tuvo la culpa (mira a Ramón y ambos a Clara).
Clara.- Es que mis papás….
Luisa.- Nadie se tuvo la culpa (se coloca junto a los hombres y miran todos a Clara).
Clara.- Me van a decir que las monjas…
Todos menos Clara.- Nadie se tuvo la culpa.
Clara.- Pues… Sí, nadie se tuvo la culpa (dice como hipnotizada mirando al público).
Salen. Arrancan los autos. Voz en off.
Clara.- ¿Chicos, volvemos el siguiente verano?
Erika López Rodríguez.
Escritora.
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial sin permiso de la autora en cualquier medio fotomecánico y de red, ya sea dentro de México o fuera de dicho país.
Para comentarios o aclaraciones favor de referirse al correo electrónico erinlorod@yahoo.com. Su opinión es muy importante.
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