domingo, 27 de enero de 2013

Gracias por la traición

Noté mis palabras en las suyas, como un eco ensordecedor de mis propios pensamientos. La vida se ha dado la oportunidad de humillarme una vez más, justo cuando creía que ya no era posible hacerlo. A veces quisiera tener la decencia escondida en un cajón, para poder estampar mi puño en tu cara, para demostrarte una vez más lo que siento cada vez que tienes este tipo de faltas de consideración hacia mi persona.
¿Cuántas veces recalqué que lo que te decía eran planes para ambos? ¿Cuántas veces te hice saber que solamente había cabida para dos personas de lo que tenía en mente? Pero para variar, de nueva cuenta me demuestras que valgo nada o quizá demasiado, de lo contrario cómo es que tu adorada amiga del alma va a desarrollar justamente mi propio trabajo,  con el que supuestamente nosotros íbamos a tener un ascenso laboral, nos iban a dar prestaciones, un mejor salario y hasta pagar los gastos de la boda.
Nada de eso ha valido la pena, ¿sabes? Durante meses estuve desarrollando este proyecto sentada en una computadora apenas iluminada por la luz eléctrica que a medianoche alumbra tanto como un farol. Durante todo ese tiempo exprimí hasta lo último de mi cerebro para poder sacar la planeación a tiempo, organizar los cronogramas de trabajo, proyectar los posibles gastos de pagos, los objetivos primarios y secundarios, analizar la campaña de difusión, mientras tú hacías, qué exactamente, ¿cogerla?, ¿prometerle lo mismo que a mí: un bonito hogar, una casa, un perro, unos cuantos hijos y buenas noches? ¡Vete al carajo!
He estado en este mismo papel durante tanto tiempo y no termino de aprender. La primera vez fue con mi novio de la primaria. Mucho tiempo le hacía las tareas que el muy imbécil no podía por su falta de intelecto. ¿Y qué gané? Besos en las esquinas, que sostuviera mi mano cuando nadie miraba, que en las horas del recreo me compartiera su comida de la lonchera y que en la noche de la graduación me presentara a su novia. Por cierto, se graduó gracias a mí.
Luego en la secundaria tuve más de lo mismo. Le dije a mi mejor amiga qué era lo que sentía hacia Andrés Manrique. Nadie sabía que en secreto lo amaba y que por las noches le escribía cartas de amor hasta que me traicionó diciéndole justo lo que yo sentía en la fiesta de cumpleaños de Marisa Lamartine. Jamás olvidaré la cara que puso esa noche. Unas cuantas risas, las ganas de encajar socialmente y algunas preguntas indiscretas hicieron que mi supuesta confesora emocional soltara toda la información privada que una vez le dije en secreto, como pacto de socias enamoradas de amores imposibles. Gané ser el hazmerreír de todos, me señalaron como si hubiera matado a alguien y para colmo mis frenos en los dientes mostraban puro acero cuando lloraba.
En la preparatoria realicé algunas tareas para mi maestro que estaba aún estudiando su licenciatura. Sin saber, las tareas eran justamente para que recibiera su grado académico cuando yo aún era una muchacha aprendiz de literatura. Por mis ojos pasaron primero los apuntes de La Galatea jamás leídos por mi docente. ¡Quién se hubiera imaginado que una niña sin carisma ni otro talento que permitir ser pisoteada por todo el mundo hubiera realizado tamaña tarea a tan corta edad! Nadie me dio los merecidos créditos por mi hazaña, ni siquiera ese hijo de perra que me debe un título profesional que tiempo más tarde conseguí a base de mucho esfuerzo.
¿Te acuerdas de la carrera? Cuando recién entraste dijiste algo que nunca olvidaré: ayúdame y te prometo que estaré siempre agradecido. ¡Vaya que lo olvidaste! Yo hasta ahora recuerdo bien claro los primeros síntomas de tu resonada hipocresía. En primer año suplicaste en mi cara que por favor fuera contigo a las exposiciones para ayudarte a discernir entre un Monet y un Greco. La maestra de Historia del Arte estaba dispuesta a reprobarte para darte una probadita de lo que sería tu vida laboral siendo un real pendejo, pero fui y te detallé con puntos, pelos y señales las diferencias entre uno y otro hasta que lo aprendieras. Estaba tan conmovida por tu falta de comprensión y talento, que incluso compré manzanas para hacer diagramas con ellas, de ser necesario. A Dios gracias entendiste, tiempo, mucho tiempo después.
En segundo año te aseguraste de enamorarme porque jamás hubieras terminado la carrera de Diseño Gráfico de no ser por mí. Venías a mi casa a conversar con mi familia, para amigarte con todos ellos. Cuando te dije que no te veía como potencial pareja lloraste tanto en el sofá de la casa de mis padres, que todos convocaron a sesión familiar para extorsionarme emocionalmente. Jamás quise que tú y yo llegásemos a algo significativo, tu panza de borracho, las patillas oscuras que no te sabes quitar con el rastrillo, tus ojos semibizcos y tu odioso aliento me hacían querer vomitar cada vez que tenía tu patética presencia frente a mis ojos, pero algo han de haber visto en mi familia que los dejaste convencidos de que eras para mí. ¿Cómo pasó? ¿Cómo fue que en un mes después de aceptar ser tu novia comenzamos a tener relaciones? Te odio. ¡Te odio, estúpido!
En tercer año me dijiste que al terminar la carrera nos casaríamos, tendríamos todo lo que una familia aspira a conseguir, y te creí. ¿Por qué si soy tan inteligente caí con tremenda mentira? No lo sé, pero te creí, caí redondita a tus pies pensando que por las noches acomodaría mi cabeza sobre tu voluminosa barriga y con una mano sostendría tu pene fláccido mientras veíamos la televisión, como cuando sucedía cada vez que mi papá no estaba en la casa y teníamos tiempo para follar antes de su entrada.
Yo te hice la tesis, convencí al maestro para que pudiéramos titularnos con un solo trabajo de investigación supuestamente realizado en “equipo” cuando que en realidad la única que estaba realmente metida en la tarea era yo. No me acuerdo, por favor infórmame, qué chingados estabas haciendo cuando yo tenía la cabeza metida entre los libros de arte urbano. Hay un fragmento de vida entre la preparación de la tesis, la presentación de ésta y el dictamen del jurado que aún no comprendo, y es porque no te recuerdo. Solamente te vi el día que dijeron: proyecto aprobado por unanimidad, felicidades.
 Nadie nos quiso dar trabajo, hemos estado desempleados tanto tiempo que los proyectos ocasionales para empresas menores no cuentan. ¿Pero de quién fue la idea de poner una empresa de publicidad? ¿Quién te dijo que podríamos hacer unas cuantas sesiones de fotografía para bodas mientras lográbamos hacer que nuestra propuesta de arte visual callejero pegara? ¿A quién se le iluminó el cerebro para que pudiéramos conseguir unos cuantos pesos cuando más nos moríamos de hambre?
Dijiste que nos casaríamos apenas entraran los primeros billetes. No hemos padecido tantas penurias y aún sigo esperando que me compres el anillo que tanto quise, mas veo que ya no va a suceder. Dime, por qué con ella, entre todas las mujeres que hay en este mundo, por qué con ella. Entre tantas mujeres en el mundo fuiste a elegir a una compañera de clase. Dime, si en verdad ella era tu alma gemela, ¿por qué no la elegiste como compañera de la carrera o le pediste que te ayudara a distinguir entre las corrientes de la plástica, hacer tus ensayos…? Por supuesto, ella no tiene la visión empresarial que yo tengo, ni es tan buena enseñando a retrasados mentales como yo solamente lo puedo hacer. ¿Es buena en la cama? ¡Contéstame! ¿Es buena? Cuando me llevaste a la clínica para abortar clandestinamente, ¿era porque sabías que a ella sí le ibas a cumplir, verdad? ¡Por eso no quisiste que naciera nuestro hijo!
Aquí está el proyecto para la campaña de la Coca Cola, ¡que les aproveche a los dos! De todas maneras veo que sacaste anoche la impresión de todo el trabajo. ¿Me preguntas cómo lo sé? ¡Porque está grabado en la máquina que alguien leyó el documento y vi la impresora encendida, idiota! Esta mañana me hablaron los de la oficina para decirme que es una pena que yo no haya podido ir a dar personalmente la presentación como se los había prometido, y por cierto, me felicitaron por la gran campaña que vamos a desarrollar.
¿Cómo pudiste? Sé que no te importo, que no valgo nada para ti, que solamente soy un agujero de carne con dos neuronas para tu muy pulido pene de oro con incrustaciones de diamante. En serio, ¿cómo pudiste? ¿Creíste que no me iba a dar cuenta, qué nunca te iba a reclamar nada? ¿Que ahora que sé la verdad voy a aceptar calmadamente que ustedes se lleven el crédito de todo mi esfuerzo? ¿Que te cases con ella cuando que me has jodido tanto tiempo? No los quiero ver, no sé cómo piensan seguir con esto, lo único que les digo es que los maldigo para siempre y que sin mí esa campaña no será lo mismo, podrán tener el esqueleto de lo que se va a realizar, pero les falta mi brillantez para llevarlo al cabo.
Sí, a los dos les guardo rencor, juro que mientras me quede un gramo de vida en esta tierra no habrá nada que los pueda alejar de mi maldad, porque déjenme decirles que no sé aún qué es lo que haré, pero algo se me ocurrirá para devolverles todo el daño que me han hecho sufrir. Por el alma de mi hijo muerto juro que les devolveré el daño, que les causaré miedo, y no son amenazas, es la verdad. Han hecho de mí un ser miserable y pendenciero. No se imaginan lo mal que me siento sin mi hijo, sin el éxito que debo tener, sin el reconocimiento social por todo mi esfuerzo, sin mi trabajo y sin el matrimonio que una vez me prometiste.
Cuando vayan a dormir no esperen despertar pronto, si estoy cerca no lo harán. Si van a comer algo, no miento, prométanse que vivirán, quizá no sea así pero es bueno soñar. Cuando manejen tengan cuidado, a lo mejor estoy cerca y les causo daño. Ya lo verán, ya verán de qué soy capaz.
 Las palabras llovieron como torrente de cascada ante la pareja victoriosa que en las manos sostenían los papeles de su acreditación como creativos del corporativo de la Coca Cola. La mujer de cabellos cobrizos con mechas de luces entintadas en días previos mantenía la cabeza altiva mientras su rival de amores reprochaba, a quien fuera su amante, los tantos deslices e indiscreciones que mataron sus infructuosas esperanzas. Nunca soñó ni deseó tanto ser alguien famoso, por su mente jamás pasó la imagen de tener un buen empleo ni ser profesionista, las cosas del destino la hicieron diseñadora gráfica por pura casualidad, y ahora la fortuna le sonreía como siempre, dándole las bonanzas que Dios reparte entre los ingenuos y despistados, tal y como era su caso.
Él se sostuvo en pie apenas apoyando una mano en la cintura cuando con la otra masajeaba los dedos de la rubia por quien cambió a la autora de sus dichas. La barba rasposa mostraba unos incipientes vellos que sobresalían a la superficie como puntos negros del follaje capilar que pendía en curvas por su frente. Su prominente perfil corporal distaba de la diminuta figura de la mujer con la que estaba andando. Cualquier persona sin mucho gusto podría decir que la vedada en los amores y suertes era mejor pareja que la actual señora con la que andaba.
Las luces fueron degradando sus colores en la ríspida habitación. Sus porosas paredes exhalaban el aliento de quien se sabe cercano a la muerte, al menos así lo pensó cuando recordaba todas sus desventuras de la infancia.  Solamente por las mañanas el color amarillo de ese cuarto daba la impresión de entrar en las arcas doradas de un tesoro escondido, para el momento en el que comenzaron los reproches las nubes fueron acercándose tanto a las profundidades del trueno que los cielos grisáceos empañaron la alegría de tantos sueños dejados sobre la mesa del escritorio.
Un hilo de hielo recorrió toda su espina dorsal mientras hablaba con los dedos agitados señalando a puntos infinitos de su geografía corporal. Las tonalidades de sus mejillas fueron variando del carmín encendido a los pálidos ecos del bronce hecho carne. Entre las telas de la vestimenta asomaban sin reparo un par de erguidos pezones, otrora vez alabados en tantas muestras irrespetuosas de afecto. Por el espejo suspendido a mitad del suelo notó que una de las venas de la frente amenazaba con romper la piel para desperdigar la sangre circulante tantas y en todas las veces que se empeñaba por realizar bien un trabajo.
Pero las cosas se dieron de otro modo. Las calles sudaron desde abajo por el agua recibida, los vientos silbantes estrellaron los vidrios de la oscura recámara. Cual vaticinio, un pedazo de techo cayó sobre la pareja que por el impacto soltó los importantes papeles recién firmados. Ella gritó por los golpes en el cráneo, él miró atónito el escondite de las hormigas en el piso. Sus ruegos fueron escuchados, la justicia estaba adquiriendo forma y materia ante sus ojos.
El par de tacones recobró la salud y se fue acompañado por las toscas pisadas del patán que usó la juventud y talento del aprendiz de hechizos. Después de quince minutos de letargo emocional la tormenta huracanada pasó dejando detrás árboles caídos sobre las aceras, techos enmohecidos en las casas, perros mojados por las calles y promesas lavadas por falsas esperanzas, esta vez el traidor fue el destino.
Las voces vecinas del despacho de diseño corrieron el rumor de que por las noches escucharon a los gatos del edificio comiendo dentro de la sala del recibidor unas zozobras frescas de un animal herido. Nadie vio al animal ni sabían si en realidad se trataba de alguno, por los pelos ensangrentados de los felinos supieron que estaban devorando un exquisito platillo.
En el medio de las cuatro paredes, justo debajo del hueco realizado por la furia de la naturaleza, la luz de la luna se filtraba hacia dentro para reflejar a los gatos y roedores la vitalidad con la que el rojo avanzaba fresco entre los cojines. Ambas manos habían dejado de columpiarse cuando la suerte misma decidió abrirse paso en esta nueva empresa. Fue por los cortes donde salió altiva la muerte del cuerpo de la infortunada mujer que nunca supo ser madre, esposa, profesionista, diseñadora, jefa de campaña, novia, amante y amiga, no porque no haya querido, sino porque la mezquindad ajena no le dio permiso desde que nació.   



Erika López Rodríguez.
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