domingo, 27 de enero de 2013

Un gato bajo la sombra

He visto tanto que nada me sorprende. En otras casas, en el mismo barrio, la emoción, la alegría, todo retorna como un eterno presente. Ahora está feliz, pero eso no dura. ¿Quién se lo cuidará ahora? Los muros de las casas son como sus dueños, se reservan para sí sin dar para fuera. Sé que el niño habrá de chocar su hocico contra diversos puños familiares antes de reencontrar la seguridad que le daba su cariño.
Hace dos soles levantó sus ramas bajo los rayos dorados que iluminaban la concha en que vivía, desde que los cuervos acallaron su hambre. Nadie lo vio renacer. Ni el gran astro tuvo oportunidad de salir a su encuentro después de tantos días de ensueño entre los gránulos de la muerte.
La cara la tenía aún metida en polvos de otra vida cuando los saciados buitres se posaron sobre árboles más grandes. De un lado y del otro la vida estaba de pie como cada mañana, llegando desde el velo de los sueños y la necesidad de la esperanza.
Consciente de su nuevo estado, buscó la presencia del que lo puso en el eterno descanso y… Nada, no estaba en su despertar. Las bocas antes besadas quizá le hacían compañía en el camposanto, pero no había manera de saberlo. Como él, muchos ya estaban en alturas diferentes, a grandes distancias, inmóviles, atestiguando el paso de las nubes.
No está, se dijo. La agitación de sus hojas atrajo a las hormigas que lo usaron para pasar comida a los oscuros huecos donde moraban. Cerca de él acechaban algunas aves de patio mientras abrían su pico en espera de atrapar a los insectos que cargaban las migajas de pan.
En sus años de humano hubiera refunfuñado por tener un vecindario tan latoso, pero no sería este día. Hoy era el momento de celebrar con los vientos los cambios del clima, que con dulzura iba meciéndolo en una danza interminable mientras caía la lluvia.
Por la tarde sus extremidades fueron agigantándose mientras las sombras jugaban sobre su verde cuerpo. Un abultado abdomen salió vigorosamente de lo que parecía un sombrero enredado en la cabeza. Como el agua y yo nunca nos hemos llevado bien, durante toda la transformación permanecí oculto, con la cola entre las patas, mirándolo desde la cuna improvisada en el interior de una llanta tirada sobre la maleza.
Largo rato entornó su rostro hacia mí. A lo mejor me reconoce por las veces que pisé sus geranios, brinqué sobre su camión en busca de cama para la noche o por las múltiples ocasiones en las que me correteaba con la cazuela, a pesar de que le ahuyentaba a los ratones.
Estuve en su vida tantas veces, que una vez presencié cuando el niño le lanzó una flor sobre su estuche de madera, y en otra, sin quererlo, observé a Felipito por una callejuela buscando en el oscuro rincón la abrazadera del abuelo. Con la cara manchada de líquidos transparentes, emanados tanto de los ojos como de la nariz, sobó sus brazos amoratados todo el tiempo que el moho y la humedad se lo permitieron.
Las nueve vidas que he tenido me permiten asegurar qué pasará en menos de lo que cambian las estrellas. Antes de ser el árbol de ceiba más grande del pueblo, el amor que aún lo ata a la Tierra le servirá de fuerza para sacar el pecho hacia arriba durante la madrugada. Su presencia será tan imponente que ni las gallinas tendrán poder para derrumbarlo. La gallardía de su tronco será el comentario de los grillos que buscarán mecerse entre sus filamentos. Una que otra cucaracha nocturna entablará la infructuosa guerra alada contra sus refinadas hojas. Las ratas sacarán provecho para andar ocultas bajo su tallo, creyendo inútilmente que no las podré cazar.
Sin embargo, aún me faltan más horas para decir que todo lo he visto. Algo me indica que dentro de un par de estaciones su pasado quedará en el abismo del recuerdo. Y así como los críos abandonan el nido en busca de su propio vuelo, los niños sueltan los amarres del cariño para encontrar su propio destino. El nieto dejará de ver al abuelo encarnado en árbol, la gente enternecida por esta historia le colgará columpios para emprender otro ciclo de la vida, y él dichoso se les dará pensando que cumple con la nueva función que está obligado a emprender por la mudanza de cuerpo, tara cruel que persigue a quienes cargamos la pesada inmortalidad.
Hoy despierto con los bigotes remojados en el charco cristalino de la vaguada. Sus ramas acarician la cola de los pájaros en vuelo mientras éstos se dirigen hacia montes encumbrados para alimentar a los hijos. Amigo, has crecido, le digo. Su mirada se mueve de un lado a otro con asentimiento. Un par de hojas caídas estrechan mi alma.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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