Recogió a los niños del colegio apenas dieron las doce en el reloj de pulsera. En la cartera colgaba un billete de 500 pesos para pagar la gasolina. El mayor le gritó que quería almorzar en Burguer King; la niña estaba llorando porque no le compraron su helado en la puerta de la guardería. El adolescente no escuchó las discusiones, sus intereses musicales lo distraían mientras movía con ligereza los controles del radio de la camioneta. De golpe frenó en plena calle. Los demás automovilistas sacaron los puños al aire en señal de inconformidad. "Vieja puta, sigue manejando", escuchó. El policía de la motocicleta acercó su unidad al lugar y le levantó una multa. Con la frente llena de estrías azuladas contestó "disculpe" a cada palabra del oficial. Calles arriba reconoció el auto del marido. Los moteles a esa hora, en pleno día laboral, también registraban buena afluencia. Se estacionó a un costado dejando en sordera los ecos de los hijos que querían ver a su padre. El personal le permitió entrar a la habitación con previo pago. Un estruendo alejó a las aves que pendían de las redes eléctricas. "Listo, ¿nos vamos?", preguntó al subir al auto. Papá no regresó a dormir esa noche.
Erika López Rodríguez.
Escritora.
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