Un dolor punzante me llevó al baño cuando escuché su nombre. Lo que saqué en el bacín era justamente el ramillete de sentimientos que poseo cada vez que la escucho mentar. Su perfección me enferma, nadie puede ser así, ¡esa es pura fachada! Presume de una gran educación cuando no la tiene, todos hemos estudiado en buenos colegios, el precio de la colegiatura no significa nada. Pero parece que para el jefe sí, para los compañeros también. No es popular, pero su presencia irradia una luminosidad que me desconcierta en cada taconeo de sus zapatos Nine West de mil cuatrocientos pesos adquiridos en barata.
La voz chillona desgarra mis oídos las veces que la escucho hablar con ese dejo infantil que a sus veintiséis años aún posee. Supongo que hasta su novio debe hartarse de los agudos en las “oyes”, “sí”, y todas las palabras acentuadas que emite con total falta de armonía cuando eleva las átonas y deja el resto de las sílabas estamparse entre los dientes con la voz gangosa de las niñas de cinco años. Le faltaría dibujarse en la frente una estrellita por cada cliente que consigue para el bufete de abogados.
A mi casa la llevé una vez porque desafortunadamente me lo pidieron los compañeros en esos odiosos complots para echarle a uno la vida al traste. Ese día su carro último modelo que le regaló su papito, el oncólogo del IMSS que gana 30 mil pesos al mes, no funcionó y decidió lo que ningún humano había logrado: dejarla parada como mensa esperando que la fuerza divina cayera ante sus enrojecidos ojos entornados a punto de lanzar el berrinche contenido con una mueca en los fruncidos labios de la boca. Lástima, no he tenido tanta suerte como para deshacerme de ella.
Su tío consiguió meterla a la oficina porque la madre, quien pertenece a un reconocido club campestre, ha hecho labores de caridad en el asilo para enfermos con deficiencia mental donde acude la hija de mis patrones. Quizá si mi madre dejara de lavar ajeno y se dedicara más a las obras sociales de la Iglesia y de los múltiples patronatos que ésta soporta con su reconocida calidad moral, hace años hubiera yo podido estar en el puesto de jefa de asuntos jurídicos de lo familiar. Aunque llevo cinco años en esta empresa no dejo de ser asistente legal, no abogada civil como la preciosa, chulísima, queridísima, encantadorísísima y súper caprichosita nena de papi y de mami.
Ahora se acerca hacia mí con su desplante habitual para exigirme que regrese al Ministerio Público para buscar unas actas que desde la semana pasada le dije que hacían falta para integrar el expediente Parra-Lorenzana. Sus ojos vacíos me dirigen las órdenes con un chasquido tronador de sus pestañas gruesamente condensadas con el rímel que a lo mejor costó 27 dólares en uno de sus viajes a Los Ángeles en el Verano. Los dedos delgados y blanquecinos dejan paso para que el índice me apunte directamente a la cara señalando mi presunta inutilidad mientras la voz robustece el eco de sus palabras que resuenan en la habitación repleta de clientes, compañeros, y entre tanta gente mi propio jefe.
Veo luces; ráfagas de varios colores iluminan su cara y tengo que frotarme los ojos porque no doy crédito a las estrellas que de pronto levantan una falsa aura sobre sus cabellos recién entintados. Siento que el corazón me late con fuerza, demasiada diría yo, pues un golpe contenido de pura rabia se yergue debajo de la mesa dando punzadas al cajón que no se tiene la culpa del coraje que esta vieja me hace pasar. Ella se da cuenta de que no estoy bien, no me siento a gusto a su lado, y mis dientes amalgamados con sus pares superiores se frotan mientras le digo que no me grite delante de tantos desconocidos. -¿Qué, no quieres que te gríte?- la escucho decir mientras mi cerebro ordena a mis puños mantener la compostura para no trapear el piso con sus labios violáceos con brillo recién untado.
Opto por dejar la habitación con la cara granadina llena de vergüenza. Los transeúntes abren paso mientras me ven caminando con balbuceos y algo de sangre en la nariz. Saben mis amigos del Ministerio los problemas que paso en el bufete. Varias veces me han recomendado que me salga para que con ellos trabaje en el arduo negocio de meter inocentes a las cárceles. Y yo que me niego por un sueldo que me ofrece unos ceros de más en el cheque de la quincena.
“La Chupes ” sale a mi encuentro en mi solitario trabajo de desquitar mi rabia contra las paredes. –Calma, vas a tirar los barrotes con tanto zapatazo –me dice. –Deberías cobrárselas a la güerita; ya “chole”, ¿no te parece?- me susurra mientras reflexiono esas sabias palabras que llegan como bálsamo para mis heridas emocionales. Nunca había considerado que “La Chupes ” y yo tuviéramos tanto en común, hacía tanto tiempo que viene por la misma causa, que hasta se me olvida que es delincuente.
Salgo del Ministerio con ánimos renovados gracias a mi recién amiga. Dicen que los amigos se conocen en la cárcel y en la cama, ¡y no puede ser más cierto! ¡Qué gran consejo, señores! ¡Grande “La Chupes ”! Esta noche seguiré los siete pasos de la justicia.
Paso Número Uno: Conoce a tu Rival.
La nena sale de la oficina tintineando sobre el piso con esos zapatos de aguja que lleva puestos. Nadie la sigue excepto yo. Se sube al auto color rosa Barbie donde prende el aire acondicionado mientras con una mano manipula la radio para sintonizar la estación de su preferencia.
Paso Número Dos: Estate Cerca.
Me incorporo al asiento trasero que dejó abierto en el momento que se bajó para comprar golosinas antes de llevarlas a la reunión semanal que tiene con sus amigas del Club de Damas Unidas por la Juventud todos los jueves a las ocho de la noche. Ignora que la he seguido todo este tiempo, y como jamás he sido importante para ella, no reconoce mi auto estacionado justo detrás del suyo.
Paso Número Tres: Prepárate para la Acción.
El celular timbra dentro de su bolsa de dos mil pesos marca Cartier que trajo desde Europa. -¡Hóla! ¡Qué sorprésa, amíguis!- dice con esa voz que da fuertes sonidos de falsedad. Mira por el espejo retrovisor burlando la seguridad de los policías que vigilan en las esquinas la aplicación de los reglamentos de tránsito. Hasta ahora ha violado dos cosas: no trae puesto el cinturón de seguridad y habla por teléfono distraídamente mientras maneja.
Paso Número Cuatro: La Acción es Rápida y Silenciosa.
Estalla la llanta como lo tenía previsto en la calle que había planeado para mi fin. Como no sabe qué hacer en estos casos, maldice su “mala” suerte golpeando sus uñas de acrílico en el tablero. Suelta el celular que se queda marcando el teléfono de Papito. La mano agarró al aire el dispositivo que hubiera alertado a sus progenitores. Unas ráfagas de luz alumbran desde lo lejos, no tengo mucho tiempo. Forcejea para zafarse la mordaza que protege mi integridad acústica de sus improperios y desafinos. ¡Perra de mierda, me mordió! La puerta se desliza para atrás dejando que el par de huesudas piernas escapen del interior del convertible. Lanzo para adelante el asiento y escapo por la misma salida de mi víctima. Sus tacones la traicionan, cae sobre el pavimento teniendo cercana la muerte por atropello vial. La salvo.
Paso Número Cinco: Opera pronto si las cosas salen mal.
En realidad no recuerdo si “La Chupes ” enumeró estos pasos para tener el crimen perfecto, pero yo así los escribí en una hoja que tengo bien guardada dentro del interior de mi brassiere. Los años que llevo como abogada me han permitido tener una mente fría y analítica. Ella nunca ha sabido lo que es ser defensora de los derechos humanos, ni siquiera es capaz de defenderse, la única arma que posee para no ser pisoteada en el mundo es la prepotencia comprada con el dinero de sus padres, y ahora ante mi no tiene salida.
Las lágrimas no se detienen y menos la lengua que se suelta en insultos contra mi modesto origen y mi persona. Pretendo no escucharla para evitar que me cause más daños, como los gritos, los señalamientos, las calumnias, las ridiculizaciones, las críticas, las horas extras sin pagar, los abusos, todo, todo lo que me ha hecho sufrir. Solamente recuerdo que espetó algo así como: “no sabes quién soy”. ¿Ah, no sé quién soy? ¿Qué no lo sé? Y lo demás es historia.
Paso Número Seis: Limpieza.
Un charco rojo llenó la calle donde su cabeza estaba asentada. El cuello abierto desahogó todas mis penas y frustraciones contenidas. Nunca más me volverán a enjuiciar con saña los ojos vacíos que están en el asfalto distribuidos en polos distintos al sentido de orientación. Los dedos extraídos de sus muñones señalan a otros puntos de la geografía rural de ese camino poco conocido por la urbanidad. Sé que ella y su novio sostenían relaciones sexuales, pero jamás entendí lo de la voz fingida. Por eso, cuando le quité las bragas y le metí el puñal para destriparla por dentro juro por mi vida que no encontré restos de inocencia, pues por lo que pude sentir, ese camino fue transitado muchas veces. Por si las moscas, le saqué la garganta con las manos.
Paso Número Siete: Niégalo Todo.
Entré a la oficina como todos los días, temprano en la mañana y con ánimo de trabajar en lo que más me gusta. Mi vestimenta roja contrastaba con la sobriedad del momento. Mi jefe, su compadre, el novio y algunos compañeros estaban enlazados con los tentáculos de la abrazadera social llorando la memoria de mi jefa directa. Juro que no lo sabía, me apena tanto, les dije. Un momento estuve en la misa solemne haciendo gala de mal gusto con mi vestimenta inapropiada. Pero todo acabó, ahora es momento de rockear.
Erika López Rodríguez.
Mérida, Yucatán, México.
Registro en trámite.
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio impreso o virtual, así como su mutilación semi o completa de partes de la obra sin consentimiento del autor.
Erika López Rodríguez.
Mérida, Yucatán, México.
Registro en trámite.
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio impreso o virtual, así como su mutilación semi o completa de partes de la obra sin consentimiento del autor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario