martes, 26 de marzo de 2013

Los poderes del esclavo

Buenos días Su Alteza, ¿durmió bien? ¿Le sirvo un cafecito? Tengo entendido que anoche llevó a la joven Princesa al circo rumano. Espero que se haya divertido, ese tipo de atracciones son necesarias, me atrevo a decir, en la vida normal de todo niño de Bélgica. Imagínese a un infante que no haya conocido al hombre barbudo o visto un espectáculo aéreo de acróbatas. No creo que exista tal cosa en estos días, pero si así fuese, esa criatura estaría condenada a la exclusión social. Sí, tiene razón, estoy exagerando, disculpe usted Su Majestad.
Por cierto, ya que estamos hablando del circo, me enteré por su hija que desea traer un tigre de Bengala.  ¿Habían tigres en el circo rumano, mi Sire? Jamás he visto uno y sería, bueno, he escuchado de viajeros que han ido a la India que se trata de unos felinos con manchas anaranjadas con rayas negras, fieros, casi del tamaño de un león, y bueno, aunque en muchos castillos suelen existir jardines botánicos y zoológicos con especies de dimensiones moderadas, considero, si me permite la intromisión, que consentir ese tipo de caprichos a la señorita Carlota sería un grave error, mi querido Rey.
Veamos, por lo que sabemos de las inquietudes de la joven Carlota, como le dice usted: “el Ángel de Bélgica”… Sí, lo sé, sus ojos son hermosos, azules y grandes como el Adriático… Bueno, le decía, a ella ese tipo de inquietudes que no dejan de ser otra cosa más que lo que su nombre dice, le resultan pasajeras. Verá, con las clases que toma todos los días con la Condesa d’Hulst de religión, luego con sus lecturas de Virgilio, después con las sesiones de retórica y las de idiomas, no olvidemos que la Princesa se prepara para tomar su papel divino como heredera de la sangre de los Coburgo, ¿usted cree, mi Sire, que tendría tiempo para ir a jugar con esa pobre bestia? Y no digamos de los problemas que eso le acarrearía con el pueblo, sería altamente criticado si permitiese que la guardia real viajara a la India solamente para traer un animal que está mejor resguardado a la buena de Dios, que como sabemos, es el mejor gobernante que existe en el Universo, que dentro de los confines de su palacio, si me permite el comentario.
No, no considere mi Excelencia que pretendo importunarle con quejas caseras o que de manera alguna me opongo a que un buen y cristiano padre consienta a su preciada hija. ¡Eso jamás, mi Señor! Tenga siempre en mí, su Alteza, más que a un sirviente, a un confidente, aunque bien comprendo la posición que tiene usted en la historia de Europa y bien sé que yo solamente trasciendo en los linderos del cuidado doméstico del palacio de Tenreuven.
Lo que intento decirle, mi Sire, es algo muy simple: un tigre de Bengala es, para mí, una gran carga. Quizá no deba excederme en confianza con Usted, pero debe saber que esos hijos que tiene no merecen la dicha de haber nacido afortunados. La semana pasada su hijo Leopoldo tomó del brazo a “su ángel” y corriendo la estuvo jalando en círculos dentro del recibidor. Como se estaban divirtiendo en la vorágine de la velocidad ambos tiraron un jarrón de cristal traído de Rusia con incrustaciones de esmeraldas. Las piedras rodaron por el suelo y se perdieron, muy pocas pudimos recuperar. En eso salió la Condesa d’Hulst y sacó al criado del Palacio antes de sancionar a los pequeños. ¿Cree usted que así aprende a reconocer la justicia un futuro gobernante?
Me parece, querido señor, que los Príncipes deberían conocer las costumbres de los de abajo antes de pensar en traer tigres de la India, de irse a circos de gitanos y aplaudir los gestos que detrás de las mascarada encubren largas horas de hambre y dolor. Considero que las clases deberían ser no de filosofía, moral, religión, retórica e idiomas, sino de limpieza, cocina, jardinería y gendarmería, que aprendan a trabajar, a ganarse el pan con todos los dedos de la mano. Si el Corso estuvo peleando con sus soldados, ¿por qué un Coburgo tendría que rezagarse del progreso y mandar desde la silla imperial en vez de ir a la primera línea de batalla?
-         Nathaniel, Nathaniel… ¡Nathaniel!
Me parece que la joven heredera acaba de despertar, Ilustrísimo. Ahora me pedirá que le lleve las prendas que habrá de ponerse en el día. El vestido azul, su color favorito, las zapatillas blancas traídas de Francia, las medias albiazules y el lazo que servirá para amarrar las ballenas del corsé infantil. Como todos los días, espera que sea yo quien le sirva, le ayude en la vestimenta, le recomiende qué ponerse y le informe de los menesteres planeados para hoy. En caso de cambios, deberé informarle a la Condesa de las intenciones de su hija para que adapte su agenda a los quereres principescos de Car-lo-ti-ta.
No, no es que me queje, mi Sire, ¡que el Cielo me castigue si mis palabras le dan a entender cosa semejante!, es que me preocupa que me traiga un tigre. ¿No le parece que demasiado trabajo tengo con lo que hago? Ahora estoy caminando hacia la habitación de la Princesa.
-Buenos días, su Alteza. Su padre le espera para desayunar en el jardín. La Condesa d’Hulst está platicando sobre los progresos que ha tenido en sus clases de italiano. Sus hermanos Leopoldo y Felipe están también abajo. Su prima Ninette está de visita y desea verle. Le aconsejo que vista de azul para resaltar el hermoso color de sus ojos. Vea, mi Serenísima, este vestido con ballenas y lazo blanco es ideal para la ocasión. Si me permite, le recogeré el cabello en forma de trenza, descubriendo la frente y dejando cubiertas las orejas. Por cierto, guardo en mi bolsillo una carta que llegó para Usted, se la envía su prima la reina Victoria de Inglaterra. Por supuesto que no la he abierto, mi Señora.
Le decía, mi querido rey Leopoldo, no me parece conveniente traer un tigre de Bengala, es demasiado riesgoso hasta para la salud del Estado. En cualquier momento se podría salir de Tenreuvem y asustar a la gente. No hay jardines lo suficientemente grandes como para albergar una fiera de tales dimensiones. ¿Y cómo lo alimentaríamos? ¿Quién lo haría, yo? No, mi señor, no me parece conveniente y le digo de manera clara y con valentía, exponiéndome a que me considere desleal a la investidura que posee, jamás serviré de lacayo a un bruto. ¿Me entiende?  ¡Jamás! No pienso arrastrarme en el suelo a recoger heces fecales, lanzar carneros sangrantes, mancharme las uñas. ¡Ay, por Dios! ¡Habrase visto eso en Bélgica!
-         Nathaniel, Nathaniel…
 Otra vez me llama la responsable de mis desventuras. Padre Santo, creo que estoy enloqueciendo. ¡No puede ser que llevo más de tres horas hablando solo! De seguro no le gustaron mis rizos a los costados de su rostro; a mí me pareció que así se vería linda, digna de una belleza excepcional, como las que pintan los retratistas de la corte. ¡Madre Santa! ¡Es un dolor de cabeza esta niña!
-         ¡Nathaniel!
¿Molesta? No, no, no, la Princesa no puede estar furiosa conmigo, apenas es mi primera semana de trabajo en el castillo. Iré rápido, sí, pronto, pronto. Volveré a subir las escaleras, volveré a entrar a su habitación, a peinarle interminablemente, excusarla ante su padre y la comitiva real, y en cuanto a mi problema, creo que le diré al rey Leopoldo, a su Papá Leopich, como ella le dice, que no desea un tigre, que anhela una muñeca de madera para que pueda manipular a su antojo, para que pueda controlar como quiera, para que con ella extienda su poder y omnipotencia a la medida de sus antojos reales. Se lo diré apenas pueda, cuando vayan todos a dormir, cuando le sirva su chocolate caliente, a la hora en la que reza la Nona. A esa hora, cuando a Papá Leopich lo visita la señora X en su habitación. Lo abordaré momentos antes para que no se niegue, no me dirá que no, no cuestionará nada, y así como todas las mujeres, controlaré al hombre por el sexo.


Erika López Rodríguez.
Escritora.
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